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This is a man´s world but it wouldn´t be nothing without a woman or a girl

Mensaje por Mireia Hanvon el Vie Sep 21, 2012 11:11 am


- ...Yo tendría unos cuatro años. Me puse muy pesada con Padre, porque quería asistir al banquete. Normalmente no me hubieran dejado, pero como era el duodécimo cumpleaños del príncipe Bradley, e iba a haber otros niños, hijos de caballeros, me permitieron asistir. Creo que era la única niña. No sé, pero sí recuerdo que ninguno de esos niños eran amigos del príncipe, eso seguro. Tampoco se hicieron amigos míos, porque me empujaron para que me cayera, y todo porque no podía alcanzarles cuando corrían. Pero el príncipe Bradley les ganaba a todos ellos. Él es mitad norteño ¿sabes? y por eso es muy rápido. Y él no me empujó. Fue muy amable conmigo, aunque no me hizo mucho caso porque quería estar con un tal Jon. A ese no le conocí, pero le ví de lejos y era muy guapo, al igual que el príncipe.

Mireia se interrumpió al ver moverse la mno del maestre, que le acercó el cuenco de gachas, como para recordarle su existencia. La niña cogió la cuchara y la hundió en la masa pastosa. No le hacía especial ilusión comerse aquello, pero era obediente y lo tomaba sin protestar. Se llevó la cuchara a la boca y tragó, sonriendo al hombre que la acompañaba, y que era siempre tan amable con ella. El maestre Lion era muy mayor, muy exigente y severo, y pese a todo siempre tenía bien guardada una sonrisa para ella. La desenvolvió en aquella ocasión, dejando ver el diente de oro que sustituía una pieza de su verdadera dentadura.

- No sé qué tiene que ver todo esto con vuestra madre, pequeña señora.

- Espera, que aun no he terminado - protestó, y volvió a dejar la cuchara para proseguir - Digo que el príncipe fue bueno conmigo, y por eso me cayó muy bien. Incluso me sentó en sus rodillas. Me trataba como un bebé, pero a mí no me importaba. Yo, simplemente, no podía dejar de mirar esos preciosos ojos azules que tenía... que tiene. Pensé que era una lástima que nos viéramos tan poco a menudo. Yo entendía lo suficiente como para saber que Padre era alguien "importante", así que yo podría haber sido amiga del príncipe, o al menos ir a palacio más a menudo, como otros niños de la corte. Se me ocurrió decirlo, y a Padre le encantó la idea, pero Madre se enfadó mucho conmigo. Recuerdo que me encerró en la torre. - se estremeció. "La torre", era una vieja edificación en los terrenos del hogar de Mireia, que años atrás estuvo habitada por la gente del servicio. Un antepasado suyo decidió que allí estaban muy lejos, y los instaló en el sótano de la construcción principal, y desde entonces el torreón estaba abandonado. Aquél era el lugar donde la enviaban cada vez que hacía algo mal, y a ella le daba mucho miedo. La dejaban allí sola durante horas; si había hecho algo muy malo durante días, y ni siquiera podía hablar con el criado que le llevaba la comida. A veces Mireia pensaba que iba a estar ahí sóla para siempre, y eso la aterraba. - Fue la primera vez que lo hizo y es...es la primera cosa que recuerdo.

- Como primer recuerdo es algo triste - reconoció el maestre - pero sigo sin entender lo que queréis decirme.

- Mi primer recuerdo debería ser un abrazo, o un beso, quizás una caída....No una torre oscura y sucia, con ratones y otras cosas que he procurado no identificar. Los ratones no me molestan, pero como allí dentro no se ve nada, no sé si hay también ratas, y como un día me muerda una...

- Mireia, una dama no debe hablar de esas cosas desagradables. Y mucho menos en la mesa. Vamos, coge la cuchara.- en el tono del mestre se vislumbraba que estaba perdiendo la paciencia. La niña agachó ligeramente la cabeza, como siempre que la reprendían y asintió con delicadeza, apresurándose a coger la cuchara. Pero no la llenó de comida ni se la llevó a la boca esta vez.

- Lo siento, pero ¿cómo voy a contarlo si no puedo hablar de eso? Decía que, si un día me muerde un..."animalito encantador, gris y con cola" justo después de haber estado revolcándose en los desechos , me pondré muy enferma. - probó a ver si con los eufemismos tenía más suerte. Eso de no hablar de cosas desagradables era más difícil de lo que parecía, porque habá muy pocas cosas que le estuviera permitido decir. Por lo visto, sus intentos no fueron muy eficaces, porque recibió una mirada de advertencia que la impulsó a llevar la conversación por otros caminos - Me lo dijiste tú. - dijo, como para defenderse - Y también lo dijo Padre. A él no le gusta que Madre me castigue allí. Lo veo en sus ojos. Los ojos de Padre son muy sinceros, aunque son oscuros y no azules como los míos.

- Todo esto es muy interesante, pequeña señora, pero aun no habéis desayunado y no consigo llegar a ninguna conclusión...

- La conclusión es que Madre no debe de quererme. Ella debía desear una hermosa niña que hiciera todo lo que ella hace; que odie al príncipe como ella le odia. Y en cambio me tiene a mí.

No había tristeza en ella, sino tan sólo serenidad. La invadía la certeza de saber que tenía razón. El maestre la miró con sus grandes ojos de búho, escandalizado y durante unos segundos no dijo nada. Mireia hundió la cuchara en las gachas, y comió. Por debajo de la mesa agitaba sus piernecitas, como si el hecho de acabar de ponr en duda el amor de su madre no la traumatizara ni la causara mal alguno. Tras un tiempo que Mireia midió como "tres cucharadas de gachas", el maestre habló por fin.

- Habéis sido muy injusta con vuestra señora madre. No me esperaba algo así de vos, niña. Quizá sea algo dura con vos, pero todo lo hace porque desea ....

- No. Tú eres duro conmigo, porque deseas mi bien - aquella pudo ser la primera vez que le interrumpía en los años que llevaba siendo su pupila. Sabía que tenía razón, y no quería que se la quitaran. - Deseas que sea mejor persona. Mi madre quiere que sea otra persona. Otra niña. Y yo no puedo complacerla, ni creo que deba. - se llenó la boca con ás gachas, y se apresuró a tragarlas. No era de buena educación hablar con la boca llena. - No estoy diciendo que no me quiera. Soy su hija, me quiere por eso. Pero no me quiere por ser Mireia.

Pensó que el maestre se lo iba a discutir, pero no recibió respuesta alguna. Seguía mirándola de una forma muy extraña, con una intensidad que la ponía nerviosa. Se concentró en su plato de gachas, y casi lo había terminado cuando volvió a escuchar la voz de Lion.

- Eso os duele ¿verdad?

La niña alzó los ojos, que de pronto se humedecieron al ver la ternura en el rostro del maestre. Aquél hombre la leía con facilidad, como si fuera un libro. Se vio reflejada en sus pupilas y casi le tembló la voz al responder:

- Mucho.

El resto del desayuno transurrió en silencio, y Mireia limpió su plato como si fuera su comida favorita. Por su mente pasaban los recuerdos de los que había estado hablando. Su madre siempre la había tratado como si fuera una constante decepción, y aun así Mireia no dudaba de que, a su manera, la quería. Por eso lamentaba no ser la hija que ella esperaba.

Como si quisiera compensar lo habladora que había estado en el desayuno, apenas pronunció una palabra durante sus lecciones, más allá de las necesarias para responder a lo que le preguntaban. Para sus siete años, tenía ya muchos conocimientos en lo que a Historia se refería, aunque tenía la manía de discutirlo todo, porque le parecía que todo se lo contaban para engrendecer a los Humanos del Oeste, y humillar al resto de las razas. Aquél día, en cambio, no discutió en absoluto. Cuando terminaron sus lecciones, le tocó el turno a la costura, pero también aquello terminó y fue libre; libre para recibir sus lecciones de esgrima. Su padre había contratado un maestro de armas para ella al ver el interés que demostraba por aprender a luchar. Era buena. Tenía aun algo de torpeza infantil, pero con los años eso cambiaría de forma natural. Sin embargo ella se consideraba poco hábil y se exigía demasiado. Pese a que luchaba con espadas de madera, frecuentemente terminaba con magulladuras.

Esa mañana falló más veces que de costumbre; su mente no estaba del todo en el campo de entrenamiento, sino que seguía en aquél plato de gachas y las confesiones que había hecho ante él. Su madre detestaba verla manejar la espada y el entrenamiento generalmente la provocaba un fuerte sentimiento de culpabilidad. A esa culpa se sumó la provocada por las palabras de su maestro, que básicamente la tachó de inútil. Así que cuando terminó de practicar, su estado de ánimo era bastante peor que el de otros días. Entró en casa, y se topó con su padre, que la esperaba en su habitación.

- Padre - saludó, entre contenta y sorprendida. Esperó en la puerta hasta que le anunciara el motivo de su visita.

- ¿Qué clase de saludo es ese? ¡Ven aquí y dame un abrazo!

Mireia correteó hacia él y le complació. Lord Richard estaba sentado en la cama, y terminó tumbado sobre ella, con su hija encima. Soltó una carcajada y se incorporó, aun abrazado a ella.

- Estoy sucia - explicó ella - Iba a tomar un baño.

- Diré que te lo preparen enseguida. Pero antes queria hablar contigo.

La niña esperó, con paciencia. Por la forma en que lo dijo, adivinó que se trataba de algo importante. Su padre no la hizo esperar demasiado.

- Hemos recibido carta de palacio. Tu también. El príncipe te invita a su quince cumpleaños....

- Y yo no puedo ir. - no había ido a ninguno desde aquella primera vez, tres años atrás - Lo entiendo.

Pero su padre negó con la cabeza.

- Esto es diferente. El príncipe te ha invitado a ti también. Nadie puede ordenarte que no vayas, si es tu deseo asistir.

- ¿Voy a ir? - se le iluminó el rostro. Esa mañana había tenido aquella conversación con el maestre por una sencilla razón: sabía que era el cumpleaños del príncipe Bradley y que su madre no la dejaría asistir. Sabía que sólo con preguntarlo la enfurecería y ahora la estaban diciendo que podía ir.

Su padre asintió, pero parecía preocupado por algo. <<Madre>> aventuró ella <<Sabe que se disgustará mucho por esto>> Ella también se preocupó, pero al poco tiempo estaba feliz y relajada en la bañera, atendida por sus doncellas y comentando el "gran cumpleaños" de su Alteza el príncipe. Descubrió que estaba muy ilusionada. Ya no era un bebé grande; el maestre decía que era muy alta para su edad, y aquél día no se quedaría al margen. Correría con los demás invitados e incluso participaría en los combates amistosos, demostrando que valía tanto como cualquier chico. No se paró a pensar en que el príncipe también había crecido, y ya sería casi un hombre. Iba a ser un poco difícil que se pusiera a jugar y a correr como si aun fuera un chiquillo.

Bajó a comer con el hambre de seis semanas, y la emoción en los ojos. Había pocas cosas emocionantes en su vida; el cumpleaños de un príncipe era un acontecimiento grandioso, sobretodo si ella estaba invitada. Parte de su alegría se disipó cuando vio la expresión de su madre, sentada ya en la mesa. <<Lo sabe>> Mireia caminó hacia la mesa y ocupó su lugar, saludando a su padre y a su madre con la cabeza. Aquél día comían sólos. Eso era extraño, pero en cierto modo agradable. Había pocas ocasiones en las que los tres coincidieran.

El principio de la comida transcurrió en un tenso silenció. Mireia mordisqueó el pan y picoteó su plato de carne preguntándose si se había muerto alguien. De pronto su burbuja de felicidad le pareció inapropiada, así que se olvidó por un rato del cumpleaños del príncipe, y adoptó una expresión circunspecta, como sus dos progenitores. Por fin, su madre dijo algo.

- ¿No tienes nada que decirme? - preguntó. El suyo era el tono de quien sabe algo malo y espera que se lo confirmes. Mireia se sintió confundida.

- Claro, madre. Pensé que ya lo sabíais: el príncipe Bradley me ha invitado a palacio, para celebrar su cumpleaños.

- No me refiero a eso - frunció el ceño. Evidentemente, eso ya lo sabía, y la disgustaba. - Prueba otra vez.

- No sé...no sé qué quieres decir - su madre parecía molesta, y si no era sólo por la celebración, ella no sabía por qué era.

- Tu doncella me ha dicho que necesitas un vestido nuevo para esta noche. Mandé hacer uno nuevo el mes pasado.

Lo que dijo le pareció tan trivial, que Mireia no entendió por qué su madre utilizaba un tono tan afilado para decirlo.

- Es cierto. Se me rompió.

- ¿Se te rompió? ¿Y ya está? ¿Tú rompes vestidos y yo mandó hacer uno nuevo?

Mireia no lo entendía. Básicamente, era así. Siempre que una ropa se le quedaba pequeña, o se le rompía, recibía una nueva al día siguiente. Pensó que tal vez no debería darlo por supuesto. Que su madre se había enfadado porque rompiera aquél vestido tan bonito con razón, porque ella era una torpe y una descuidada. Agachó la cabeza.

- Lo siento. Me lo pisé y....

- Te lo pisaste. ¡Si no fueras por ahí peleando con espadas como un muchacho no se te romperían los vestidos!

Quiso replicar, pero sabía que no debía hacerlo. Pero aquello no era verdad. Nunca llevaba vestidos en los entrenamientos. su maestro se enfadaría con ella. No eran la ropa adecuada para pelear. Por alguna razón y sin acabar de entenderlo del todo, sintió que el enfado de su madre era injusto.

- ¡Mírame cuando te hablo!

Mireia alzó los ojos, entre avergonzada, arrepentida, confusa, e indignada. Pero no dijo nada. Nunca decía nada.

-Para ti no tiene importancia haber estropeado un vestido ¿verdad? ¡Pues no tienes otro para esta noche!. No puedes ir a palacio de cualquier manera.

La niña comenzó a entender, y se sintió ofendida, dolida, y tonta. Miró a su padre en busca de ayuda.

- Si necesita otro vestido, no será difícil conseguir...- comenzó débilmente Lord Richard.

- ¡No se trata de que sea difícil! ¡Ese es precisamente el problema! ¡Ella rompe un vestido, y se la da otro, y no pasa nada!. No. No hay vestido, no hay fiesta.

Mireia se vio invadida por la rabia. Su padre había dicho que nadie podía obligarla a no ir. La habían invitado. Ella...¡ella no había hecho nada! El vestido... había roto muchos y nunca la habían dicho nada más que "¿de qué color quieres el próximo?" A su madre nunca la había importado...¡Aquello era injusto! ¡Lo hacía porque no quería que fuera a ver a Bradley! ¡Era injusto, y su madre era mala!

- ¡Pero Madre, el príncipe me ha invitado!

- Pues rechazas la invitación.

- Pero ¿por qué? - sentía que las lágrimas querían desbordarse, pero no las dejó.

- Porque lo digo yo. No voy a darte otro vestido.

Mireia se levantó de la mesa con brusquedad, para no echarse a llorar allí mismo. Con la precipitación, sin embargo, se llevó por delante la servilleta y los cubiertos, que cayeron al suelo. El tiempo se detuvo y el silencio fue casi mortal. Su madre la fulminó con la mirada.

- ¡Maestre! - llamó, y segundos después Lion acudió; nunca estaba muy lejos. - Llevad a mi hija al torreón. Tiene cosas en las que pensar.

Era injusto. Era tan injusto. Aquél iba a ser un buen día. Le había hecho mucha ilusión saber que podía asistir, y en un momento todo había acabado. Había vuelto a ser la hija que no debía; la hija que admiraba al príncipe al que su madre odiaba. Se conocía el caminó hasta el torreón, y lloró en silencio mientras la obligaban a recorrerlo. Odíaba aquél lugar y odiaba... ¡odiaba el odio! Su madre despreciaba a Bradley porque era un Mestizo, porque era diferente, pero ella también era diferente a su manera....y por eso su madre también la despreciaba. Por eso la enviaba otra vez a aquél horible lugar. Bradley cenaría en la mejor compañía, y ella lo haría entre ratas. Sintió el impulso de rebelarse. Quería gritar, quería... el maestre la apretó el brazo, como percibiendo sus intenciones. Habían llegado a la puerta del torreón, y ella debía entrar. Tenía que hacerlo. ¿Y si no lo hacía?

- Obedecer, Mireia. Tu deber es obedecer.

Y obedeció.




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Re: This is a man´s world but it wouldn´t be nothing without a woman or a girl

Mensaje por Mireia Hanvon el Vie Sep 28, 2012 9:56 am


- ¡Repíteles a todos lo que me has dicho, si es que te deja la vergüenza.

Su madre la tenía firmemente agarrada del brazo. Dolía un poco, pero además era una situación cómica. Era como si un babuino pretendiera agarrar a un gorila.
Teniendo apenas diez años, Mireia era tal alta como su madre, casi tanto como su padre y más corpulenta de lo que debía. Aun no se había desarrollado, y había adquirido la costumbre de ponerse una armadura - la de un joven escudero o un hombre pequeño- ; esto hacía que fuera difícil definir, para quien no la conocía, su sexo. La duda la resolvía la espesa melena rubia, cuando se soltaba el pelo o se quitaba el casco. Aunque no era más que una niña, era bastante sensata y prudente, y su tamaño solía hacer que la adjudicaran más edad de la que la correspondía. En muchos banquetes y ceremonias varias la trataban como una doncella florecida, y era capaz de mantener una conversación de adultos. Por eso era tan frustrante y humillante cuando al trataban como una niña tonta en público. Como sucedía en aquél momento. La niña no llevaba su armadura, sino un vestido tonto y eso hacía que se sintiera más pequeña. Aun así, había estado conversando con un caballero y su joven esposa hasta hacía dos minutos, y en ese momento estaba quedando en ridículo frente a ellos. Pero Mireia no tenía nada de orgullo, así que se limitó a bajar la cabeza y a obedecer. Eran las dos cosas que mejor se le daban, superando incluso su habilidad con la espada.

- No quiero cantar, madre. - fue una súplica. Ignoró a todos los presentes (unos cien invitados) y la miró sólo a ella, rogando porque la entendiera. Pero se topó con un muro, igual que la primera vez que lo había dicho, segundos atrás.

- Tú harás lo que se te diga.

- Sí, madre, siempre, pero...

- Sin peros. Hazlo.

La mujer pensó que había ganado. Mostró una evidente satisfacción, y aflojó la presión que ejercía sobre su brazo. Mireia la contempló con horror. Ni siquiera podía explicarse. ¿Era tan dificil entender que no quisiera cantar delante de aquellas personas? Era muy tímida y la sóla perspectiva hacía que quisiera morirse de vergüenza. Decían que no tenía mala voz, pero ella no era tan positiva. Además siempre le había parecido que esa clase de exhibiciones femeninas eran una humillación para ella. Era como invitar a que se burlaran de la mujer con cuerpo y alma de caballero. ¿Quién iba a tomarla en serio si iba por ahí cantando cancioncitas como la doncella dulce que no era?

- Por favor, madre.

Enojada cuando se veía tan cerca de la victoria, la mujer reafirmó su agarra e incluso le clavó las uñas. Por un momento Mireia pensó que la iba a pegar, aunque el hecho de ser noble la protegía de semejantes tratos.

- Me estás dejando en evidencia. ¡Obedece!

La primera frase fue un susurro furioso. La segunda, un grito. Todos la miraban. Todos los presentes habían dejado de comer. Su padre también, pero no hacía nada. Pero sus ojos parecían decir "ten cuidado" y "quizás es mejor que hagas lo que dice". Aunque se odió por pensar así, se odió y se odió mucho, ¿cómo podía su padre llamarse hombre? En privado le daba la razón a ella; en púbico callaba y permitía que su madre hiciera aquellas escenas. Aquello no había hecho más que confundirla durante años, y ahora que crecía no podía evitar pensar que la actitud de su padre era cobarde. Curioso es el hombre que puede enfrentarse a una espada, pero es incapaz de enfrentarse a una mujer.

Se sintió culpable por estos pensamientos. Su padre amaba a su madre, por eso no podía oponerse a ella. Es más, no debía oponerse a ella. Pero siempre que se topaba con el silencio de su padre, se hundía. ¿Y si su madre tenía razón? ¿Y si era ella la equivocada? ¿Y si su padre no la defendía, simplemente porque no merecía ser defendida? ¿Porque era sólo una niña caprichosa que merecía la lección que su madre le estaba dando? Generalmente una persona sabe distinguir cuando actúa bien y cuando actúa mal. Aunque trate de engañarse a sí mismo, en el fondo lo sabe. Pero a un niño le cuesta más, y más si se trata de un niño como Mireia, cuya autoestima dejaba mucho que desear. Solía pensar que todo era siempre cupa suya. Que todo lo hacía mal. También lo pensó aquella vez.

- Discúlpadme madre, por favor. Lamento haberos desafiado.

Todo podía haber acabado ahí. Si su madre hubiera aceptado sus disculpas, todos habrían seguido comiendo y aquello hubiera quedado en un conflicto entre una niña en edad difícil, y su madre algo exigente. Pero todo el orgullo que le faltaba a Mireia le sobraba a su madre.

- Y más vas a lamentarlo. Canta para nuestros invitados, y luego acompaña al maestre al torreón. La cena ha terminado para ti.

La niña abrió y cerró la boca como un pez que luchaba por respirar. Aquello era inesperado. Conocía bastante bien los límites y creía que no los había sobrepasado. Sí, había contradecido a su madre en público, pero se había disculpado. Además, todo habría quedado en privado si su madre no hubiera alzado la voz. Pero su madre adoraba el público en sus representaciones teatrales. Mireia abretó las uñas contra la palma de su mano. Se hizo daño.

- Vamos. - apremió su madre.

La niña abrió la boca. El arpista se preparó, nervioso, pensando que iba a empezar a cantar sin comunicarle a él la canción elegida. Pero ninguna melodía salió de sus labios. Jamás supo por qué lo hizo, pero gesticuló un claro y sonoro:

- No.

- ¿Cómo has dicho? - pese a hacer como que no había entendido, el tono de su madre era peligroso. Era un tono que Mireia conocía, y odiaba.

- He dicho que no. Quiero sentarme y terminar mi cena. Y no es justo que me lo impidáis.

Se esforzó por alzar la barbilla. Algo así como un intento de desafío. A falta de convicción en la postura, mostró fuerza en las palabras, y en la mirada. Pero no engañaba a nadie. Tenía miedo, y además se estaba ruborizando por momentos. La forma de expresarse fue infantil, más adelante se daría cuenta. "Quiero esto" o "quiero lo otro" era la forma en la que hablaban las niñas caprichosas, y las reinas. Y ella no era ni una cosa ni la otra. Pero se sintió muy bien al enfrentarse a su madre. Era la primera vez en su vida. No creía merecer el acabar la noche en el horrible torreón, lejos de todos, como un ratero o un malhechor. En una ocasión, su padre le enseñó unas mazmorras, y aquella torre se parecía demasiado.

Esperaba que su madre se enfureciera, claro, pero jamás preveió aquella reacción. Su madre alargó la mano y la puso en su cuello. La empujó contra la mesa, obligándola a doblarse. La mejilla de Mireia se apoyó y se aplastó en la mesa. Aunque pequeña en cuanto a tamaño, su madre seguía siendo una Humana del Oeste adulta. Tenía mucha fuerza. No pareció costarle nada aquél furioso movimiento, como si Mireia fuera de mantequilla. La niña, además, no había estado preparada, así que no pudo oponer resistencia. "Me va a pegar" pensó con un fugaz sentimiento de temor. Había visto como colocaban así a algunos muchachos desobedientes, para golpearles. "¿No manejas espadas como un chico? Entonces, sé fuerte se dijo. Pero se equivocaba. No la golpearon. Su madre acercó los labios a su oído, y susurró:

- Vas a cantar. Y luego vas a ir al torreón. - acompañó las palabras con un empujón, que hizo temblar la mesa. Después, la dejó levantarse. Mireia tenía los ojos muy abiertos. Estaba roja de vergüenza. Contempló a su madre con miedo, que luego se transformó en rabia. La niñ se alisó el vestido, con fingida calma, como si no hubiera pasado nada. Una vez más abrió la boca, pero ninguna nota musical saldría ese día de sus labios.

- ¿Queréis canciones? Está bien. A ver qué tal suena ésta. ¡Antes muerta, bruja!

Es difícil saber la clase de locura que se apoderó de ella para decir aquello, aunque algunos lo llamarían pre-adolescencia. Puede que la sensación inicial fuera liberadora, gratificante, pero no duró mucho. Los gritos de su madre fueron como música para ella. Salió con aire triunfal, sin apenas percibir la estupefación de los presentes en la sala. Pero su atisbo de sonrisa se esfumó enseguida. La estaban arrastrando al temido torreón cuando recuperó el sentido común, y supo que se había sobrepasado hasta niveles inadmitibles. Sus carceleros no dijeron nada. Eran hombres de su madre, pero de ella no había ni rastro. Entró en la torre, y cerraron la puerta tras ella, con llave.

Mireia subió al piso superior. Se engañaba pensando que allí había algo más de luz, pero al menos lo único que se le podía caer encima era el tejado, y no el techo de otro piso. Se movía tanteando la piedra con las manos. Alcanzó una esquina y se sentó. Dos segundos después, comenzó a llorar. Ella no era así. Ella no respondía de aquella manera. Nunca.

Y nunca la habían empotrado de aquella manera contra una mesa. Aquello iba en contra de todo lo que la habían enseñado sobre el comportamiento de una dama. Debía de haber enfurecido mucho a su madre para que hiciera aquello. Lloró aun con más fuerza, al recordar cómo la había hablado. Se sentía tan....miserable. Lloró con tanta intensidad que no escuchó el correteó de las ratas hasta muchas horas después, cuando los sollozos se consumieron y la habitación quedó en silencio. Ratas. Y a saber qué más.

No la llevaron el desayuno. Lo supo a la hora de comer, cuando la informaron de que era mediodía. Fue lo único que le dijeron. El críado tenia prohíbido decir nada más; ni podía fingir que la escuchaba. Aunque apenas había cenado el día anterior, no comió. No tenía hambre. Cuando el criado se fue, llevándose la bandeja, se echó a llorar de nuevo. Se sorprendió de que aun le quedaran lágrimas.

Tampoco probó la cena, aunque bebió un poco de agua. Así pudo llorar un poco más antes de dormirse. La noche anterior no había dormido, así que sus ojos se cerraron en seguida, aun húmedos. Se despertó a media noche, o eso calculó ella horas después, cuando vino el desayuno que tampoco probó.

Las horas pasaban con lentitud. Mireia tenía mucho tiempo para pensar, que era justo lo que no quería hacer. Aquella era la primera vez que sentía que de verdad se merecía estar ahí, y eso la hacía sentir aun peor. Las ratas estaban en compañía de las ratas...Comenzó a tararear, involuntariamente, como para entretenerse, y cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo soltó una carcajada en la que sólo había ironía.

"¿Ahora te pones a cantar? ¿Tanto te costaba hacerlo cuando te lo pedían? "

Se sintió estúpida. Pero sabía que más estúpida se habría sentido allí, cantando, si es que la voz llegaba a salirle. Lo más probable es que a la primera nota del arpa ella hubiera salido corriendo, y el resultado habría sido el mismo: hubiera acabado en la torre. Pero al menos no habría dicho aquellas cosas tan horribles contra su madre.

Oyó los pasos del criado, que ascendía despacio en la oscuridad. Ella ya se había acostumbrado y distinguía sombras. Se puso en pie para recibirle, pero quien entró en la habitación no fue el criado, sino Lion, el maestre. Mireia bajó la cabeza, como si él pudiera verla. Pensó que tenía que estar muy decepcionado con ella. y no se equivocaba. El maestre dejó la comida en el suelo, y la miró. Mireia estaba segura de que sus ojos no podían verla, acostumbrados a la luz, y aun así sabía dónde estaba. Siempre estaba en el mismo lugar.

- Niña, esperaba más de ti.

Y así Mireia empezó a llorar de nuevo. Se había esforzado por no derramar lágrimas delante del criado. Nunca lloraba con testigos, pero la lista de cosas que nunca hacía se estaba reduciendo a pasos agigantados. Lloró y una vez empezó ya no la importó nada. Contra todo pronóstico, Lion se acercó y la abrazó. Aquello la confortó y la consoló más que cualquier palabra que pudiera decirle. Llevaba mucho tiempo necesitando un abrazo.

- ¿L-lo viste? - preguntó, entre espasmos.

- Estaba al fondo de la habitación. Lo vi.

Mireia se concentró en dejar de llorar. Más o menos lo consiguió y se limpió la cara con la mano, que debía de estar llena de polvo y tierra así que probablemente se la ensució. No tenía reflector para mirarse y comprobarlo, pero casi era mejor. Debía de tener un aspecto horrible, toda hinchada, despeinada, sucia y llorosa.

- Yo... no sé... Sólo...No pude más - terminó confesando - Una parte de mí sabía el tremendo error que estaba cometiendo, y aun así tuve que hacerlo.

El maestre se sentó, e indicó que hiciera lo mismo. Era ya un hombre mayor.

- Así sólo le distéis la razón a vuestra señora madre. ¿Entendéis?

Mireia asintió; luego se dio cuenta de que con la escasez de luz probablemente el maestre no lo hubiera percibido, así que lo vocalizó.

-Sí.

- Sois muy inteligente para eso. No os dejéis llevar por las emociones pasajeras; son siempre un error.

La niña guardó silencio, y se abrazó las rodillas con las manos.

- De todas formas, no fuistéis la única en perder los papeles aquela noche. Vuestra señora madre no tenía razón desde un principio, pero perdió la que pudiera tener al empujaros sobre la mesa. No sé en qué estaba pensando.

Mireia neceistaba oír algo como eso. Algo que la sonara a "no eres tan mala después de todo". Algo que sirviera como mínima justificación. Mínimo consuelo. Se sintió mejor.

- ¿Es correcto que un maestre hable así de su señora? - preguntó ella con cierta picardía. Normalmente Lion era bastante imparcial; siempre demasiado correcto para hablar de más. El maestre contento de ver que volvía a ser la misma, emitió un sonido parecido a la risa.

- Sí, si lo hace con la hija de su señora.

Sólo entonces Mireia recordó que se suponía que nadie podía hablar con ella.

- ¿Y mi voto de silencio forzoso?

- Me han enviado para forzaros a comer. He pensado que en vez de eso podría, simplemente, convenceros.

- ¿Y cómo piensas hacer eso?

- Ya lo he hecho

Y se fue. Y debía de tener razón, porque de pronto el hambre volvió y ella empezó a comer de la bandeja que el maestre había dejado. Estaba más animada, y eso era lo único que necesitaba.

Dos días después, Mireia pensaba que iba a enloquecer. Nunca la habían tenido allí tanto tiempo, y lo peor era no saber cuándo iba a terminar. En la noche del quinto día de su encierro, vinieron dos criados en vez de uno. Transportaban algo, aunque ella no sabía qué era. En completo silencio, uno la sujetó firmemente mientras el otro dejaba algo en el suelo y se acercaba a ella con lo que parecía un objeto enorme.

- ¿Qué me vais a hacer? - preguntó, sin saber contener su miedo. Desarmada, agotada, y desorientada, estaba indefensa ante aquellos hombres. No consiguió respuesta, pero de pronto sintió una considerable cantidad de agua cayéndole encima. La estaban lavando, aunque el método era un tanto cuestionable. Pese a la brusquedad, la agradeció. Se había insensibilizado contra su propio olor, pero tras cinco días sin bañarse tenía que oler como un porquerizo.

Su castigo había terminado. La dejaron salir, pero no fue libre. La condujeron directamente a los aposentos de su madre, donde ésta la esperaba, sentada y rígida.

- Cerrad la puerta - ordenó, tras mandar retirarse a los sirvientes. Y después, silencio.

- Madre, lo siento mucho - dijo Mireia por fin, pero su madre alzó la mano, para callarla.

- Si me entero de que vuelves a engarte a comer, ordenaré que te den de comer como a un bebé durante más de una luna. ¿Queda claro?

- S-sí.

- Bien. Y ahora ven aquí, y siéntate. - hizo un sitio a su lado, y Mireia se apresuró a ocuparlo. La mirada de su madre era suave cuando volvió a hablar. - Mi niña - la acarició la cara- No. Mi mujer.

Mireia sonrió con timidez, sin saber qué esperar de aquél recibimiento tan ¿inesperado?

- Lo lamento mucho - volvió a disculparse.

- Lo sé. Yo también. Me excedí.

No estaba acostumbrada a oír las disculpas de su madre. Fue extraño. En silencio, se fundieron en un abrazo.




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Mireia Hanvon
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