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Past and fate of a waif

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Past and fate of a waif

Mensaje por Brandon Oscuro el Lun Oct 01, 2012 7:20 am



Nunca había luz en las Llanuras Oscuras. Los colores del miedo estaban invertidos, o hubieran debido estarlo, puesto que las tinieblas significaban rutina, y la claridad implicaba peligrosa novedad. El carbón y el gris eran los colores predominantes, y por eso la muerte tenía que ser de color blanco. La luna también era de color blanco, y debido a eso había una inherente intranquilidad cuando el satélite se dejaba ver entre las nubes de polvo y ceniza, como en aquella ocasión. Los ojos de la mujer reflejaron la pálida esfera y luego se oscurecieron, aunque ya eran de por sí de un marrón espeso. Aquella no era, por desgracia, la más negra de las noches. Había incluso algo de malva en el aire, como si el cielo pretendiera amanecer por una vez. Pero el malva es también el color de la sangre.

- La luna del lobo – comentó el tullido. Ygritte casi se había olvidado de que le acompañaba.

- ¿Cómo dices?

- Así es como llaman a la luna llena del mes de Febrero.

Edd era alto, algo rechoncho y de piel muy morena, lo cual era extraño en aquél paraje privado de la luz del Sol. En algún momento de su vida, había sido atractivo; moreno, algo basto, pero atractivo. De niño, un cancerbero le había arrancado el pie izquierdo, y una considerable porción de su mejilla derecha. Nadie osaría decir que aquél rostro era hermoso desde entonces. Cualquier otra persona en su situación habría hecho lo posible por paliar aquellos rasgos distintivos con un poco de normalidad, pero en vez de eso él estudiaba los libros con más ahínco de lo que lo haría un Humano del Sur, y se teñía la barba de un blanco que aun estaba lejos de alcanzar de forma natural. El blanco de la muerte.

- Me da igual cómo se llame, Edd. Sólo quiero que desaparezca. Esos perros del infierno ya te probaron una vez; si vuelven a por ti hasta ellos podrán verte con ésta maldita luna haciendo de faro. ¿Qué harás entonces? Puedes darles a probar uno de tus libros; a lo mejor les gusta más que esa dura carne tuya.

Ygritte omitió el hecho de que, si venían a por él, irremediablemente irían también a por ella. Rezaba a los dioses (si es que había alguno escuchando) porque su olor no llamara la atención de ninguna de aquellas bestias; de ser así, tal y como había dicho la luz de la luna no haría más que facilitarles el trabajo a sus predadores. Un Más Alejado en buenas condiciones no tenía mucho que hacer en contra de un cancerbero, y ellos no eran más que un tullido y una mujer debilitada por un parto que acarreaba un bebé.

Después de aquella interrupción, el silencio volvió a adueñarse de la pareja. El cojo anadeaba por las rocas, apoyándose en las manos como si estuviera corriendo. Ygritte no tenía necesidad de hacerlo, pero tampoco hubiera podido puesto que llevaba el niño en brazos. El crío no dormía, pero estaba tranquilo. Cualquiera diría que era consciente de que sus berridos habrían podido atraer a cualquier criatura de las inmediaciones. Iba envuelto de cualquier manera en una manta fina y algo desgastada por el uso. No llevaba puesto nada más, así que cuando le quitaron su escasa protección contra el frío de la noche protestó débilmente.

- ¿Hemos llegado? – preguntó Edd, sin aliento, mientras Ygritte mecía al niño con brusquedad y recogía la manta; era una buena manta, tenía pensado quedársela.

- No me he detenido a contemplar el paisaje – replicó ella, casi zarandeando al niño, cuyas protestas se hacían más enérgicas. Parecía estar calentando las cuerdas vocales para lo que sin duda sería un largo y penetrante llanto que podía costarles la vida.

- Así no. Has de mecerle con suavidad, le vas a hacer daño.

El hombre quiso cogerlo en brazos, como para demostrar como tenía que hacerse, pero ya era tarde. El bebé había comenzado a llorar. Para ser una cosa tan pequeña, tenía buenos pulmones.

- Chist – gruñó Ygritte de forma desesperada. Comenzó a taparlo de nuevo, pensando que tal vez callaría al sentir calor otra vez. Pero el bebé siguió llorando, más alto si cabe, contrayendo los músculos de su carita debido al esfuerzo. Asustada, la mujer alzó al niño y le golpeó en la parte baja de la espalda. Fue un golpe suave, pero contundente. El bebé calló por un momento, pero luego lloró con chillidos que rasgaron la noche.

- Pegar a un recién nacido no es la mejor forma de lograr que se calme. – le reprochó Edd. La mujer le fulminó con la mirada y se llevó el niño al pecho, por si la leche lo calmaba. Pero el crío no estaba por la labor de ponerse a mamar, o no encontró la ubre de su madre, que no hizo mucho por ayudarle. Los llantos continuaron.

Segundos después, se escuchó el ruido de unas pisadas, o más bien se sintieron sus vibraciones en el suelo. Lo sucedió un gañido, algo así como un ladrido furioso que delataba la cercanía del animal que lo había producido. El pánico se apoderó de los dos, y la mujer dejó al niño en la roca.

- ¿Qué haces? – preguntó Edd, que movía la cabeza con nerviosismo, buscando algo que sus ojos no llegaron a encontrar. – No tardará en venir…

- Al cuerno, Edd. No voy a arriesgar la vida por unas monedas de oro. Si quiere al niño, que sea más rápido que esas bestias y lo coja. Yo me largo de aquí.

Tras decir esto, comenzó a marcharse. Edd vaciló unos segundos, mirando a la criatura que lloraba, indefensa en el suelo. Su único delito había sido llegar al mundo. Se parecía mucho a él, más que a su madre. Por un momento, quiso cogerlo y estrecharlo contra su pecho, pero no llegó a hacerlo. Finalmente, cojeó tras la mujer tan rápido como le permitió su cuerpo.

- Le devorarán, es lo más seguro

Ygritte se encogió de hombros.

- Mala suerte. Que no se hubiera puesto a llorar.

- ¡Eres su madre! ¿Acaso no sientes nada, mujer?

- Sí, siento miedo. Tú también lo has oído: esas criaturas andan cerca y no me apetece ser su comida. Oye, yo no quería esto. Accedí a venderle, pero tu amigo no ha llegado, y el crío se ha puesto a llorar. Cambio de planes.

El hombre sintió asco, pero no supo si hacia ella o hacia él mismo. Lo único que podía hacer era seguir huyendo. Si Oswel hubiera llegado un poco antes…El niño podía estar a salvo, en unos brazos cálidos, y ellos serían dos bolsas de oro más ricos. ¿Seguro que habían quedado en aquella roca? A él todas le parecían iguales…

No pudo evitar echar un vistazo a la espalda, buscando al niño al que habían abandonado. Estaban ya lejos, así que no pudo verlo. Pero sus agudos ojos captaron movimiento, y el brillo de unas pupilas rojas. De tres pares de pupilas, para ser más exactos. El primer cancerbero había acudido a la llamada de su retoño, y olfateaba el suelo. Edd pensó que comenzaría a perseguirles, pero en lugar de eso la bestia rastreó… y encontró. Aunque no alcanzaba a distinguirlo, Edd sabía que estaba oliendo a su hijo. Que le había encontrado. Que lo iba a matar. Supo, en ese momento, que no podía permitirlo. Su instinto protector pudo más que su miedo. Olvidó el dolor de los dientes arrancando su carne, olvidó la pesadilla de su infancia, y dio media vuelta.

- ¡Eh! ¡Eh tú, chucho apestoso! – gritó para llamar su atención. Los cancerberos veían mal, incluso con luna llena, pero tenían buen oído y mejor olfato. Edd no tuvo duda de que la bestia sabría elegir a su presa: un hombre adulto suponía más comida que un bebé. No obstante, los cazadores saben que tienen más probabilidades con los débiles, así que al principio no le prestó atención a él, y se centró en su hijo. El perro de tres cabezas observó al bebé, y le lamió la cara. Súbitamente, el niño dejó de llorar y al mismo tiempo o quizá debido a ello, el cancerbero perdió el interés en él. Se dirigió hacia el hombre adulto que hacía aspavientos en su dirección.

- ¿Qué pretendes, Edd? - Ygritte había seguido huyendo, pero por fin se dio cuenta de que el tullido no iba con ella y trató de hacerle entrar en razón. Cerró la boca al ver que el monstruo se les acercaba. Dando al hombre por perdido, echó a correr a la desesperada, aunque el bajo vientre aun le dolía tras el alumbramiento del día anterior.

Edd tenía razón; aquella era la luna del lobo. Pero las Llanuras eran un lugar inhóspito incluso para las pretensiones lobunas, así que allí lo que había eran perros. Perros del Infierno. El hombre espero su destino con toda la valentía de la que fue capaz. Ni siquiera trató de correr: su único pie no se lo permitía, y ya que iba a morir, lo haría con algo de dignidad. Su último pensamiento fue para su hijo, cuyo llanto se escuchaba de nuevo, aclarando que seguía con vida. Edd sonrió, sin entender qué es lo que estaba mal en el cuerpo de Ygritte que le impedía sentir el instinto materno de proteger a sus vástagos. Él lo sentía con fuerza, y sabía que era lo último que iba a sentir.

Pero se equivocaba. Lo último que sintió fue dolor; un dolor agónico en el bajo vientre. El ataque fue repentino, porque no vino de frente, sino por la espalda. Dos cancerberos en vez de uno. Casi lo sintió por el que le había acechado, que observaba impotente como su hermano cazador se hacía con su presa. O tal vez cazaran juntos; no pudo saberlo. Edd se orinó encima, y después, murió. Su cadáver fue arrastrado a una madriguera, donde sirvió de alimento a la progenie del animal, junto con el cuerpo de la mujer que no había amado a su hijo. La sangre de Ygrette no era malva, sino de un rojo muy oscuro. Y el cachorro que se alimentó de ella era del mismo blanco que la luna que se había reflejado en sus ojos.

El único que les lloró fue su hijo, expuesto al frío de la noche sobre la roca en la que había sido depositado. Era el único sonido en varios kilómetros, y no tardaría en atraer a otras criaturas. No fue encontrado, no obstante, hasta el día siguiente. Lo que diferenciaba el día de la noche en las Llanuras era una tenue claridad azulada, que era como la luz diurna para los ojos diseñados para apreciarla. Y bajo el amparo de esa luz se acercó una anciana, atraída por el potente llanto. La mujer no supo nunca lo que había pasado aquella noche, puesto que no había rastros ni tiempo para hacer indagaciones. Cogió al niño y lo envolvió como pudo para darle calor. Debía darse prisa, o el pequeño moriría de frío, o tal vez de hambre, o…

- ¿Quién eres tú, pequeño? – preguntó la anciana con el tono agudo con el que se habla a los niños mientras le hacía carantoñas. – ¿Quién eres tú?

La mujer tuvo una vez una vida y una esposo, y una familia. Una vez, años atrás. Aun sabía cómo cuidar un niño, y estaba claro que aquél necesitaba cuidados, o estaría condenado a morir. Le había sido entregado a ella, o al menos así lo sintió. Le acunó con cariño, sintiéndose absorbida por los ojos castaños del pequeño.

- Conocí un niño como tú – comentó, acompañando el recuerdo con una lágrima – Lo llamé Brandon.

El bebé hizo un gorgorito, como si hubiera entendido. Como si el nombre le gustara. La anciana desanduvo el camino, llevando al niño consigo. Sintió que la observaban, pero su vista ya no era la que fue en su día, y no pudo estar segura.
A pocos metros de ahí, las tres cabezas de un cancerbero observaban. Reconocieron el olor del cachorro humano, y aullaron, como los lobos aúllan a la luna. Cuando el sonido terminó, donde había habido un niño no había más que penumbra. Nunca había luz en las Llanuras Oscuras.




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