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El pasado de Jesse Fuller

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El pasado de Jesse Fuller

Mensaje por Jesse Fuller el Jue Jun 07, 2012 11:09 am

Jesse corría, casi volaba, usando manos y pies al mismo tiempo. La respiración que salía de sus pulmones no podía ser la suya: estaba seguro de que, al ritmo que llevaba, hacía rato que había perdido la capacidad de respirar. Al menos así parecía, porque la garganta le sabía a metal y eso era lo único que podía sentir de su agotado cuerpo. Pero no podía detenerse. La eterna oscuridad se había hecho más profunda, lo que quería decir que estaba anocheciendo. Madre siempre le advertía que, para entonces, ya tenía que estar en casa. Por eso se abría paso como un poseso, valiéndose de su agudeza visual para esquivar los obstáculos que cualquier otro ser humano hubiera encontrado inesquivables.

Pero, ¿es que acaso él era humano? A sus catorce años, con aquél pelo tan rubio y esos ojos claros pudiera parecer que sí, que lo era, y además uno con cierto atractivo potencial. Sin embargo corría a cuatro patas, como los animales, y si se pasaba la lengua por los dientes hallaba dos colmillos bastante afilados. Su espalda aparentaba ser media coraza y sus instintos le empujaban a morder, arañar, arrancar y destrozar. Veía en la oscuridad y tenía reflejos felinos… ¿Hasta qué punto era humano un Más Alejado?

La crisis de identidad es algo por lo que todo adolescente debe pasar. Jesse había crecido pensando que su aspecto era el normal, pues no había conocido otro. Pero conforme iba creciendo, leyendo y escuchando, descubría que había algo de antinatural en el físico de su raza. Algo de antinatural en las costumbres que le habían inculcado. Principalmente le repugnaban las historias que se escuchaban en su pueblo: aquellas masacres que le contaban con aires de grandeza, pero que él vivía como la manifestación pura de la brutalidad. ¿Acaso él, como Más Alejado, debía alegrarse por la muerte de una persona a la que no conocía, que no le había hecho nada, y cuyo único delito era haber nacido con un aspecto diferente? Él mismo era demasiado rubio, demasiado delicado en sus facciones como para ser un Más Alejado, y sin embargo nadie le condenaba por ello. Más bien, le servía para ser objeto de toda clase de halagos y zalamerías por parte del sexo opuesto. ¿Por qué sus diferencias estaban bien, y las de las personas que vivían en otros territorios estaban mal?

Jesse era algo infantil e inocente para su edad. Una de esas almas sensibles que están sueltas por el mundo y que ven las cosas con ojos de bondad. Muchas veces no sabía por qué hacía lo que hacía, en el acto ingenuo de seguir lo que dicta el corazón. Quizás era ese corazón suyo lo que le impedía ver los motivos que tenían las razas para odiarse. O quizás simplemente tenía razón y el mundo estaba loco. En cualquier caso, aquél no era el momento de divagar ni de buscar explicaciones a las incoherencias de la vida. Llegaba tarde a casa y aun tenía que recorrer al menos un par de kilómetros. Con suerte, si no necesitaba parar a reponerse, llegaría en unos seis minutos. Y pedía, interiormente pedía al cielo, no toparse con cancerberos y otras criaturas indeseables que lo retrasaran aun más.

Él era así. Siempre con la cabeza en otro sitio; siempre metiendo la pata; siempre incapaz de darse cuenta de que se le iba la hora. Pero, todo hay que decirlo, siempre intentaba arreglarlo y si no podía, daba la cara y asumía sus responsabilidades. Eso es lo que estaba haciendo, el buen muchacho. Avanzaba en una carrera desenfrenada aun sabiendo que ya debían estar buscándole y que lo único que iba a conseguir era llegar antes para escuchar los gritos y reproches. Era lo suficientemente maduro como para entender que no debía preocupar innecesariamente a su familia.

El que se preocupó, no obstante, fue él. En seguida pudo ver los límites del poblado, pero no escuchaba nada. No era sólo que nadie le estuviera llamando, sino que reinaba un silencio tétrico y extraño, como en la calma que precede a la tempestad. En el aire también había algo sospechoso… Olía a peligro.

Poco a poco fue disminuyendo la velocidad y dejó de utilizar las manos, para apoyarse únicamente en los pies. Se alegró de su pequeño tamaño, apenas 1,79 todavía, porque le permitió meterse bajo una carreta. Cupo de milagro, y alguien un poco más alto hubiera tenido problemas para que no se vieran sus pies. Se oían voces lejanas, y la prudencia le había instando a esconderse: el tono era agresivo y poco tranquilizador. Pasados unos instantes se atrevió a salir, al no ver a nadie. Caminó con sigilo y discreción hacia una vivienda que destacaba por su tamaño entre las demás: su casa. La casa de una familia adinerada. Dedicó unos segundos a observar su hogar. Había velas encendidas en el interior, como cabía esperar. Siempre le había gustado su casa, era todo lo que uno asociaba con la palabra hogar. Todo en su aspecto te hacía querer entrar, y él sabía que el interior era aun mejor. No se demoró más, porque escuchó el llanto inconfundible de su madre. Se le encogió el corazón. Aquello era culpa suya. Olvidándose de los instintivos recelos que había tenido al entrar en el poblado, empujó la puerta con energía y exclamó:

- Mamá, ya estoy. Perdona que no…

Sus disculpas se perdieron ante el renovado sollozo de la mujer que había sido su madre, y que en ese momento sólo era un despojo humano; una sombra de lo que había sido, cuyas últimas esperanzas habían dependido de que su hijo no regresara aquella noche a casa. Jesse, por su parte, tuvo la intuición de que todo ese dolor no lo había provocado él. Al fin y al cabo, no era la primera vez que llegaba tarde. Trató de buscar la fuente del problema, y lo encontró muy pronto, al fondo de la habitación. Había un extraño en la estancia, un hombre que a primera vista le había parecido apenas un muchacho, quizá un chico del pueblo. El sujeto en cuestión no podía medir más de un metro ochenta y cinco, y esa era una estatura demasiado baja para un adulto… a menos que no se tratara de un Más Alejado. Para alguien que nunca había visto un extranjero, era difícil decirlo. Parecía demasiado suave en sus rasgos, pero el mismo Jesse era la prueba de que aquello no era muy concluyente. No podía saber cómo era su espalda si no se quitaba la camisa, y los colmillos no se harían notar hasta que los enseñara. A pesar de eso, y de que no hubiera razón para que un extranjero estuviera en su casa, Jesse sabía que no era un Más Alejado.

Intentó recordar cuál de las otras razas era la de los bajitos, y lo consiguió. De modo que su invitado era un Humano del Sur. Resuelto aquello, quedaba por ver qué había hecho exactamente para tener así a su madre, pues parecía lógico pensar que su presencia tenía algo que ver. El hombre le miraba con sorpresa, y tardó más de lo normal en decir algo, como si estuviera esperando a que Jesse continuara con la frase que había interrumpido. Como la continuación no llegó, finalmente fue su voz grave la que intervino:

- Mujer, me habías dicho que no vivía nadie más en ésta casa

En cuanto habló se hizo evidente su falta de colmillos, pero Jesse no se fijó: estaba ocupado enseñando los suyos, en señal de advertencia. No le había gustado el tono en el que había hablado a su madre. El hombre parecía feliz de haber provocado aquella reacción, y no se asustó de los gruñidos que empezaron a brotar de su pecho. Jesse sabía que debía ser cauto, pero le costaba… ¿Dónde estaba su padre y por qué había permitido la entrada a alguien tan grosero?

-No le hagas daño - suplicó su madre, en un tono tan desesperado que cualquier persona con algo de corazón habría sido capaz de bajarle la luna de ser eso lo que hubiera pedido.

Como no era tonto, Jesse empezó a entender la posición que ocupaba el extraño en aquella situación. No le gustaba ver a su madre rebajada a las súplicas, pero aquél no era el momento de sacar el orgullo de clase noble. Sintió miedo, y sobretodo desconcierto. ¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer?

El sureño le observaba, quien sabe si considerando la petición de su madre o por otros motivos. Jesse le devolvió el escrutinio, y creyó distinguir una espada bien oculta debajo de su abrigo. Puede que aquella arma no supusiera un peligro mortal para alguien como él, pero también era posible que no fuera su única arma y que no estuviera sólo. Además desconocía qué habilidades poseían los de su clase, y no le gustaba luchar con esa falta de información.

- ¿Cómo te llamas, muchacho? - a pesar del tono jocoso con el que habló, la pregunta exigía una respuesta. Pero sólo obtuvo silencio. El hombre se acercó hasta quedar a escasos centímetros de él. Tan sólo era un poco más alto que Jesse y no imponía demasiado; sin embargo agarró con firmeza la empuñadura de la espada, y aquello intimidaba un poco más. – Tu nombre.

- Jesse

- La has llamado mamá. ¿Es tu madre, chico?

Asintió. Le parecía obvio.

- Así que eres el mayor de los Fuller. El pequeño heredero. Vaya, vaya. ¿Sabes lo que he hecho con tu padre, chico?

Jesse abrió mucho los ojos y se quedó congelado al entender la insinuación. Miró a su madre, como buscando una confinación, o quizás, consuelo. Los ojos de color miel que tantas veces le habían confortado sólo le devolvieron tristeza. Una tristeza enorme y reveladora que destruyó cualquier principio de sublevación que Jesse pudiera estar experimentando hacia el invasor. Quiso gritar, pero los labios no se abrieron a la orden de su cerebro, empañado por alguna clase de velo que le impedía pensar con claridad. Se sintió cansado de repente. Su mente quería sumirse en una oscuridad que Jesse rechazó a duras penas. El corazón le latía deprisa, y quería, necesitaba, agarrárselo con las manos. Lloraba, claro que lloraba, y no como los héroes, que sólo derraman lágrimas sin llanto. No. El gimoteaba como un niño pequeño, con espasmos involuntarios que le recorrían todo el cuerpo desde el pecho. Llevado por un impulso, corrió a abrazar a su madre, pero aquél hombre no le dejó acercarse. Le agarró con fuerza y le arrastró. Silbó, y otro hombre vino en su ayuda, pues Jesse se resistía, sin saber si quería escapar o atacar. Le sacaron de la habitación y le golpearon en el estómago. Gritaban, y hablaban con él, pero no escuchaba. No era capaz de escuchar, y no sabía si volvería a serlo nunca más. En su mente estaba la mirada de su madre, vacía, ausente, que era el presagio de una serie de acontecimientos funestos de los que Jesse nunca se iba a recuperar.

Le encerraron en la despensa, que estaba inusualmente vacía. Allí tuvo tiempo de llorar a su padre, sentado encima de un baúl y diciendo frases sin demasiado sentido, pero que le confortaban. Cuando se calmó, se quedó dormido.

A la mañana siguiente se odiaba. Había perdido un tiempo precioso, no había protegido a su madre y – se horrorizó – ni siquiera sabía si sus hermanas seguían vivas. ¿Y el maestre? ¿Y el resto de la servidumbre, leales todos…amigos todos? Que egoísta había sido al dejarse llevar por sus emociones. Supo que tenía que hacer algo; al menos tratar de averiguar por qué la adorada paz de su día a día se había visto perturbada. Aporreó la puerta como si le fuera la vida en ello. Dejó escapar algún que otro insulto, y finalmente le abrieron. En la puerta había otro hombre bajito, diferente al del día anterior y con aparente peor genio.

- ¡Mocoso del diablo! ¡Te voy a enseñar a tener la boca cerrada! – se acercó a él, con gesto amenazante. Se detuvo al escuchar los mismos pasos que llegaron también a los oídos de Jesse.

- No vas a enseñarle nada. Le quiero vivo y consciente. Que suba en dos minutos a mis aposentos. ¿Entendido?

Parecía imposible que su salvador fuera el sureño del día anterior. Para diferenciarles, Jesse comenzó a pensar en ellos como “sureño aniñado” (el del primer día) y “sureño feo” (el que tan amablemente deseaba darle una paliza). Vinieron otros tres Hombres del Sur más, en los que pensó únicamente como “hombres”, y que le tiraron un cubo de agua encima. Después, procedieron a arrancarle la ropa para ponerle otra. Se sintió incómodo cuando se quedaron mirando el apéndice de su espalda. Hicieron intención de tocarle, pero el bufó, y se apartaron. Pasados dos minutos, estaba frente al dormitorio de su padre, que debía ser el nuevo “aposento” de su secuestrador. Retuvo las emociones que ello le provocaba, y entró sin llamar. A la mierda los modales.

La habitación estaba intacta. A un lado de la mesa estaba el sureño aniñado, y al otro la madre de Jesse. Estaba llorando, aunque más tranquila (y cansada) que el día anterior. Giró la cabeza ante el ruido y le miró con los mismos ojos sin vida del día anterior.

- Jesse – fue un suspiro de alivio, más que un nombre. No parecía del todo sorprendida de verle con vida; de hecho, no parecía capaz de sorprenderse por nada. Él la abrazo; esta vez nadie se lo impidió.

- ¡Qué bonito reencuentro familiar! ¡Y ahora siéntate!

Jesse obedeció, aunque con excesiva calma. Tras unos segundos de silenciosa observación, el hombre habló de nuevo, con franqueza y brusquedad, como si tuviera prisa.

- Tu padre mató una vez a alguien que era importante para mí. He cobrado mi deuda.

Más silencio.

- Estamos en paz. Hice lo que tenía que hacer. - ¿Trataba de justificarse, o de camelarse a Jesse? – Pero para mis hombres no es suficiente. Quieren un botín, y vuestra sangre. Si no hago lo que me piden, me tendrán por débil y me enfrentaré a una insubordinación.

Silencio de nuevo. Jesse no estaba dispuesto a decir nada hasta saber a dónde quería llegar.

-No me agrada asesinar niños, y tus hermanas no tienen la culpa de que tú seas un idiota insoportable que se cree capaz de hacerme frente. Mi lucha era con tu padre.

Ahora empezaba a entender. Jesse se mantuvo a la expectativa, y notó que su madre hacía lo mismo, llevada por una mínima esperanza.

- No puedo salvar su vida a cambio de nada. Ahora yo te pregunto, nuevo Señor de la casa Fuller, ¿estás dispuesto a jurarme lealtad por tu vida?

Jesse vio que su madre se derrumbaba de nuevo; sabía la respuesta que él iba a dar.

- No.

El hombre le miró con toda la intensidad de sus ojos oscuros.

- Lo imaginaba. ¿Por la de tus hermanas, entonces?

Dejó escapar el aire entre los dientes, y asintió. Era el paso lógico, y aceptó su derrota con estoicismo y dignidad.

- Y por la de mi madre.

***

Un juramento de lealtad era, por lo general, algo muy solemne. Si se trataba de un noble importante, podía acudir hasta el mismo rey. La familia de Jesse no tenía esa clase de importancia, lo suyo era más un poder económico bien conservado. Pero aun así, normalmente, se habría celebrado un banquete, se habría notificado al rey de los tipos de lazos que se adquirían para ver si tenía objeciones (era una formalidad, en realidad no podía impedirlo) y la fiesta se habría prolongado hasta altas horas de la noche. Como digo, eso hubiera sido lo normal. Pero en aquella ocasión fue una ceremonia clandestina, que contó tan sólo con la presencia de Jesse, su madre, y los Humanos del Sur.

El acto fue rápido; más rápido de lo normal. Se hizo aquél mismo día, y se redujo a un breve discurso, con la rodilla hincada. Yo, Jesse Fuller, Señor de mi casa, juro obedecer las órdenes de mi protector, con honor, valentía…bla bla bla. No hubo preliminares, ni palabras de agradecimiento. Aquello era humillante…podía ser considerado como una falta de respeto hacia Jesse y su familia. Pero había sido parte del acuerdo, así que no podía poner objeciones. En realidad era un trato en el que salía ganando, porque le habían prometido no herir a ningún habitante de la casa; empleados incluidos. Cierto es que iba a perder todo su patrimonio, y que iba a quedar al servicio de un hombre despreciable, pero él nunca había sido muy ambicioso, y el hombre despreciable había demostrado tener algo de honor, puesto que había cumplido con su palabra.

Sin embargo, a veces el pastor no puede prever lo que van a hacer sus ovejas. El que demostró no tener honor, ni respetar tampoco el de su señor, fue el sureño feo, el segundo al mando de aquél atajo de criminales. La noche después del juramento, Jesse escuchó gritos que le despertaron. Aquella noche le habían dejado en su dormitorio habitual, pero custodiado por dos hombres fornidos, y bien armados. Al día siguiente le informarían de cuál iba a ser el siguiente paso; qué iba a ser de ellos exactamente. Y podría, por fin, ver a sus hermanas. Al escuchar las voces, pensó que ya había llegado la hora, pero luego comprendió que aun era de noche. Decidió ir a ver qué sucedía, y los guardias se lo permitieron, acompañándole, por supuesto. Lo que vio le dejó horrorizado. Estaban masacrando a sus sirvientes, que no podían ofrecer resistencia ante un ataque por sorpresa, desarmados y en minoría.

- ¿Qué sucede? ¡Se me prometió que estarían a salvo!

Jesse tenía los ojos anegados en lágrimas. Esas personas le conocían desde que era un bebé. Siempre le habían tratado bien, y él sabía que hubieran dado la vida por protegerle a él. En cierto modo, lo estaban haciendo, porque podrían haberse rebelado contra él al tomar la decisión de rendirse ante los invasores, y en lugar de eso, silenciosamente, le habían brindando su apoyo. Incluso entonces le miraban como quien mira a un salvador, pero algunos Hombres del Sur le tenían asido por los brazos impidiendo cualquier posible intento desesperado de ayudarles.

- Yo no te prometí nada, muchachito – repuso el sureño feo, con una risa ahogada e histriónica.

- Quiero hablar con…

- No vas a hablar con nadie. Tu nuevo amo soy yo. Un capitán demasiado débil para hacer lo que debe hacerse no dura demasiado tiempo. Tranquilo, dentro de poco podrás reunirte con él, y con tu padre. Pero aun no. -le dedicó una sonrisa horrible, que se asemejaba más a una mueca – Lleváoslo.

Durante horas, encerrado en su recámara, Jesse tuvo tiempo para pensar. Llegó a varias conclusiones, unas más importantes que otras. Para empezar aceptó que, si él deseaba vengar la muerte de su padre, era lógico que el recién fallecido sureño aniñado quisiera vengar la muerte de esa persona a la que al parecer su padre había asesinado. Aunque jamás podría perdonar lo que había hecho aquél invasor, sí podía entenderlo. Lo que escapaba a su comprensión era la crueldad. La crueldad del sureño aniñado cuando le comunicó la muerte de su padre, pero sobretodo la crueldad del otro sureño, cuyas motivaciones no conocía, pero que no podían justificar aquello.

Pensó también en sus hermanas, a las que no había visto durante dos días. Ya no podía estar seguro de que estuvieran a salvo, y aquello le carcomía. Sabía, además, que su madre corría peligro igualmente. Y, por último, se acordó de su padre, de quien ni siquiera había podido despedirse. Por eso, en la tarde del tercer día de su secuestro, cuando le trajeron una bandeja con la comida – la primera comida en días – pidió que le dejaran ver el cuerpo de su padre. Casi se sorprendió cuando, minutos después, recibía el permiso para hacerlo.

Le llevaron a una habitación de la planta baja. Siempre escoltado, recorrió un camino que le era conocido, pues llevaba a la cocina, a la que acudía con frecuencia sabiendo que siempre le iban a dar algo para comer, cuando no podía aguantar hasta la cena. Dedicó un melancólico pensamiento a las amables mujeres que habían encontrado un trágico destino a manos de aquellos asesinos. Se detuvieron ante una puerta, y Jesse entendió que era esa la habitación que buscaba. Con lentitud, sentimiento, tristeza, y aprensión, la abrió.

Sobre una de las mesas donde no hace mucho estaba la comida, había ahora un cadáver. Pero Jesse sabía que aquél no era el fornido cuerpo de su padre. Era un cuerpo más menudo, el de una mujer. No entendía nada, hasta que una melena color caoba le reveló de quién se trataba.


- Ma…madre. – cayó de rodillas, derrotado. Apenas reparó en que no estaba sólo en la estancia.

- ¿Es verdad eso de que vosotros pensáis que al violar a una mujer antes de matarla, su espíritu no puede descansar en paz? Quise comprobarlo, pero yo no noté nada. Es una lástima porque seguro que era un buen espíritu. Desde luego, tenía unas buenas te…

- ¡Te mataré! ¡Te mataré por esto! – Jesse se abalanzó sobre aquél monstruo, y abrió la boca, dispuesto a cerrarla en su yugular. Los dientes chasquearon al morder tan sólo el aire, porque los dos hombres que le habían acompañado le sujetaban fuertemente, con la práctica de haberlo hecho ya varias veces en aquellos días. – ¡Te mataré con mis propias manos!

Con toda la tranquilidad del mundo, e ignorando los movimientos espasmódicos de Jesse, el sureño sacó un trozo de madera de un cajón, y se acercó a él. Era una especie de estaca, manchada de un líquido oscuro en la punta. Aunque no sabía lo que era, intuía que no podía tratarse de nada bueno, así que procuró mantenerse alejado de ello, pero ni aun así dejó de forcejear. Los guardas, sin embargo, hicieron bien su trabajo y le sujetaron. Finalmente, y pese a sus intentos de soltarse, el sureño apretó la madera contra su cuello, hasta hacerle un pequeño corte. Al contacto con aquél líquido oscuro, sintió que la piel le escocía. La sustancia se mezcló con su sangre, y comenzó a sentirse mareado. El cuerpo le pesaba y, finalmente, se desmayó.

Despertó en el patio de la casa. Tenía las manos atadas a la espalda, y le dolía la cabeza. Se incorporó; la mejilla sobre la que había yacido estaba entumecida. En aquél momento Jesse ya no era el mismo. Temblaba como un cordero y vivía su vida como si fuera la de otra persona. Pero se sobrepuso, al ver que venían dos de aquellos hombres - ¿cuántos serían? – arrastrando de mala manera a su hermanita más pequeña. ¿Y su otra hermana? ¿Dónde estaba Odette? ¿La… la habrían matado también? Tragó saliva. Ya no sentía dolor, tan sólo el débil eco de la injusticia: sentía que no se merecía lo que le estaba pasando, porque nadie merecía aquello.

La niña lloraba, y lloró más al verle a él. Jesse trató de acercarse, pero resultó que sus manos estaban atadas a la pared. Tiró hasta hacerse daño; se sorprendió de ser capaz, todavía, de sentir el dolor físico.

-¡Soltadla! ¡Soltadla animales!

Como respuesta, una risa sardónica.

-Ibas a matarme con tus propias manos. ¿Cómo exactamente? Parece que ahora mismo las tienes algo ocupadas. -más risas – ¿Dónde están ahora tus aires de superioridad?- Jesse comprendió que aquél hombre le tenía envidia. Su educación, sus modales, su forma de caminar, todo indicaba que él era un noble, y por lo visto eso era algo que el sureño no podía soportar - ¡Atadla muchachos!

Con horror, Jesse vio como colocaban a su hermana en una especie de mesa. La niña comenzó a gritar, presa del pánico.

- Tranquila Aye, voy a soltarte.

Aunque para eso, primero tenía que soltarse él. Vio, con orgullo pero con un miedo espantoso, cómo la pequeña mordía a uno de sus captores con sus pequeños pero ya potentes colmillos, hasta hacerle sangre. El hombre la golpeó con brutalidad innecesaria, y ató el último cabo con excesiva fuerza. Jesse se fijó en que preparaban un instrumento extraño, y observó que desnudaban a la niña rasgando sus ropas.

- ¡Soltadla! – fue un bramido. Jesse ya no oía su propia voz gritando. Ya no sentía la cadena lastimando su muñeca. Tan sólo miraba, impotente, cómo preparaban a su hermana para quién sabía qué.

Los acontecimientos posteriores se quedaron grabados en la retina de todos los allí presentes. Es un acto en contra de la sensibilidad humana. Un acto penado por todas las culturas y momentos de la historia. El traidor segundo al mando, ahora el primero, cogió el objeto y lo acercó a la niña, que se revolvía todo lo que sus ataduras le permitían. Sólo cuando el instrumento entró en contacto con la piel de la pequeña, Jesse entendió para qué servía. Y se desgarró la voz en un grito, que no llegó ni a la mitad de la potencia del de su hermana. La estaban desollando. Viva.

- ¡Que siga mirando! – gritó el hombre –Quiero que lo vea todo

Un hombre se puso al lado de Jesse. Cada vez que cerraba los ojos, aquél hombre se los abría. La tortura continuó durante horas. El torturador…no…el sádico sabía lo que se hacía. Sabía cómo hacer para que no muriera con rapidez. Jesse vomitó en varias ocasiones. Alguno de los hombres también.

-Por favor...por favor....soltadla

Era la primera vez que Jesse suplicaba. Le habían enseñado a no hacerlo, y ahora lo repetía incesantemente, aunque sin éxito. En un momento dado, se dio cuenta de que Aye ya no gritaba. La niña giró la cabeza, le miró, y movió los labios, incapaz de hablar. Temblaba de dolor. Con el siguiente corte su cuerpo ensangrentado se agitó, y de la agonía sacó las fuerzas para decir:

-Ibas a salvarme

Jesse nunca supo si fue un bramido o un susurro. Ya no podía fiarse de lo que percibían sus sentidos, porque empezaba a intuir que estaba perdiendo la lucidez. Veía imágenes que no eran reales. Veía a sus padres, sonriendo, y entonces la imagen se desvanecía para dejar paso a la dura, oscura, y terrible realidad. De haber tenido un poco más de fuerza, se habría arrancado las manos, con tal de poder ir en ayuda de su hermana. Pero no pudo. Tan sólo logró hacerse heridas, que en un momento determinado dejó de sentir, porque ya no sentía nada.

El ser humano no está hecho para soportar una visión como aquella. La sangre, los músculos, los huesos de una niña...Una parte de Jesse quería dejarse levar por las imágenes irreales, pero más positivas que le asaltaban. Empezó a creer que eso era la realidad, y la tortura de su hermana tan sólo una pesadilla. Finalmente, tras horas de agonía, Aye Fuller murió sobre aquella mesa. Y Jesse Fuller murió con ella.

Aun tuvo que ver, no obstante, como el cadáver era descuartizado. El cuchillo no parecía encontrar ninguna dificultad en atravesar el cuerpecito de la niña. ¿O era un hacha? Hacía rato que, aunque aquél hombre mantenía sus ojos abiertos, Jesse no miraba. Ya no veía, o al menos su cerebro no procesaba la información que absorbían sus ojos. Aunque tal vez en una prueba física no pudiera encontrarse el fallo, algunas conexiones de su mente ya no funcionaban. Oficialmente, Jesse Fuller estaba loco.

Cuando acabó el crimen, allí no se reconocía una niña humana. Desataron a Jesse, y algunos se dieron cuenta de que la mente del chico estaba muy, muy lejos. Pusieron una pala en su mano, y le obligaron a cavar, pero tuvieron que repetir la orden varias veces. Le dieron los trozos de su hermana para que los enterrara, y él no supo qué hacer con ellos. Era como si estuviera tonto, o no estuviera. Cuando su mente volvió a conectar con el mundo, estaba cerrando el agujero que hacía de tumba. Tenía que hacer algo importante. ¿Por qué había despertado de su letargo? Ah, sí. Tenía que matar a aquellos humanos.

Sus captores habían cometido un error: le habían dado libertad de movimientos, confiados en que sus heridas no le permitirían oponer resistencia. Sin importar las lesiones de sus muñecas (desgarro muscular, y una pequeña fisura), le habían hecho empuñar una pala. Tendrían que haberse dado cuenta de que, si podía hacer eso, podía apoyar las manos en el suelo y correr como sólo un Más Alejado podía hacerlo. Quién sabe si guiado por la locura, o por un repentino brote de lucidez, Jesse no se abalanzó sobre veinte hombres armados que podrían haberle reducido enseguida. Entró en la casa, y tiró todas las velas que vio a su paso. Cerró la puerta del patio. El fuego había comenzado.

Se quedó a pocos metros observando cómo su casa era reducida a cenizas. Como un perrito callejero, aun a cuatro patas se lamió las heridas de las muñecas. Y se limitó a mirar, mientras sus ojos claros se teñían del rojo de las llamas. Era incapaz de sentir placer, ira, alivio, o cualquier sentimiento que la venganza pudiera inspirar. Tan sólo pensaba, en algún punto de su mente, en aquella carrera días atrás, cuando llegaba tarde a casa y reflexionaba sobre la falta de humanidad de los de su raza. Su último pensamiento, como expresión de una mente cuerda, fue: “Si así son los humanos, entonces me alegro de no pertenecer a la humanidad”.
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Jesse Fuller
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