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Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

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Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Vie Jun 08, 2012 3:52 am

Eloisse sentía ese hormigueo especial del riesgo “sin peligro”. No quería que la pillaran, pero al mismo tiempo sabía que, si era descubierta, tampoco iba a sucederle nada malo. En definitiva, Eloisse disfrutaba de la libertad de ser una adolescente que desobedecía a sus padres. Una etapa de la vida en la que las acciones no tienen grandes consecuencias, y la palabra prohibido significa adelante, hazlo. De todas formas, y pese a no tener miedo, en realidad no deseaba en absoluto enfrentarse a la ira de su padre, así que iba a ser mejor que su pequeña escapada siguiera siendo un secreto.

Estaba en el bosque, tenía trece años, y se suponía que debía estar en su habitación, haciendo tonterías como coser y estudiar, donde lo más que podía pasarle era que se clavara una aguja, o se cortara con el papel. Sus padres pensaban, y hasta cierto punto Eloisse estaba de acuerdo, que “el mundo exterior”, en aquella época conflictiva, era peligroso. Pero tampoco creía que fuera a salirle un humano de otra raza en cada esquina.

Iba descalza: por alguna razón se había olvidado los zapatos en casa. Así era mejor. Podía sentir el suave tacto de la hierba (aunque también, dicho sea de paso, podía sentir el desagradable regalo del mundo animal si no se andaba con cuidado). Tenía una sonrisa en los labios, y respiraba profundamente, como queriendo acumular el valioso aire de libertad en sus pulmones, ya que no sabía cuándo podría volver a sentirlo.

En un determinado momento, quiso subir a un árbol que era ya como su segunda casa. Sin embargo, escalar no es tarea fácil con un vestido, así que se lo quitó, y se quedó sólo con la ropa interior. Sin ese obstáculo, estuvo en la copa del árbol en pocos segundos, tal y como habría hecho cualquier otro Humano del Norte. Llevaba ahí arriba pocos minutos, cuando escuchó que alguien atravesaba un arbusto, y removía la hojarasca. Pensó que sería su padre, o sus hombres, que iban en su busca. Pero no escuchó que la llamaran, así que se mantuvo a la expectativa, procurando estar bien escondida. Movió un poco las hojas del árbol, para ver lo que sucedía varios metros más abajo.

Para su sorpresa, se trataba de un hombre desconocido. El extraño se acercó al árbol donde Eloisse estaba subida, y cogió el vestido que ella había dejado ahí mismo. Quería morirse de vergüenza. ¿Pero qué…? Quería gritarle cuatro cosas a ese ladrón de ropa, pero aquello hubiera revelado su posición, y aun no estaba segura de que no fuera algún enviado de su padre, que ella no conociera. Amortiguada por la distancia, le llegó la voz del desconocido.

- ¡Vaya, vaya! Supongo que éste vestido no tiene dueño. A nadie le importará que me lo lleve, entonces.

- ¡No! – Eloisse sabía que era una trampa, pero es que, si ese hombre se lo llevaba de verdad, tendría que volver semidesnuda a su casa, y eso era algo que prefería evitar.

El desconocido rió, y miró hacia arriba. Hizo un gracioso gesto con la mano, a modo de saludo, como si fueran viejos amigos.

- ¡Dame mi vestido! – ordenó Eloisse, en el tono más exigente que fue capaz de poner.

- Tranquila, que no pensaba ponérmelo. ¿Qué, bajas? – hubo un segundo de silencio – No miraré.

Como prueba de su buena voluntad, dejó el vestido en el suelo, se alejó unos pasos, y se dio la vuelta, de forma que le daba la espalda al tronco, y por tanto a Eloisse, cuando bajara.

Con cierto recelo y evidente desconfianza, descendió del árbol poco a poco y se apresuró a coger el vestido. Corrió a esconderse, por si aquél hombre se giraba, y se lo puso. De todas formas tanto pudor era innecesario, puesto que con aquella ropa tan aparatosa que llevaba, lo único que se veían eran sus piernas y sus brazos. Una vez se hubo vestido, se enfrentó a aquél hombre, que ya se había girado y ahora la miraba.

- Vaya. Habría jurado que… Eres alta para tu edad. – se notaba cierta incomodidad en la voz.

Eloisse se ruborizó un poco, aunque también sintió algo de placer. Por la talla del vestido, aquél hombre debía de haberle echado más años de los que en verdad tenía. Una vez abajo, a la misma altura, se hacían evidentes sus rasgos aun infantiles. Ella examinó también a su interlocutor; era atractivo, aunque mayor. Tampoco le calificaba de “viejo”, pero con esa tendencia a exagerar las edades que tiene la gente joven, perfectamente le echó cuarenta años, cuando no eran esos los que tenía.

- Aun no sabes mi edad – replicó ella.

- No, claro que no. Pero me apuesto mi espada a que deberías estar en casa con papá y mamá.

Lo dijo en tono de burla, y ésta vez Eloisse se ruborizó de una forma menos agradable. El hombre debió pensar que había sido descortés, porque continuó.

- Aunque eso no quiere decir nada. Yo tendría que estar con mi padre, y me parece que soy un poco mayor que tú

Eloisse notó que, pese a que pretendía mostrarse simpático, decir aquella frase le había costado mucho, como si ocultase un gran cansancio o una gran preocupación. De pronto sintió ganas de consolarle. Aquél hombre, por algún motivo, le había caído bien.

- Bueno, yo soy Eloisse Yul, y tengo trece años.

Él la miró, y le dedicó una sonrisa. Estrechó la mano que ella le había tendido con una mirada pícara, aunque luego se inclinó y se la besó, como exigían las normas de cortesía.

- Robert. Robert Aspurg.

Aunque aquél hombre tendría que haberle dicho algo, Eloisse por aquél entonces no prestaba mucha atención en las lecciones de Historia Contemporánea. Para ella sólo fue un nombre más y, desde ese momento, Robert se convirtió en un buen amigo, aunque quizá ninguno de los dos lo sabía todavía.


Última edición por Eloisse Aspurg el Sáb Sep 22, 2012 12:08 am, editado 2 veces





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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Vie Jun 08, 2012 4:20 am

- Entonces, ¿nunca has saltado de un árbol a otro?

Estaban sentados en la rama de un árbol. Era la cuarta o la quinta vez que Robert y ella se encontraban, y los dos contemplaban un pino cercano; la una con ambición, el otro con ciertas dudas.

- Nunca.

- Pues tienes que probarlo. Vamos, Rob. No seas cobarde

Se conocían ya desde hace dos meses. Quedaban cada semana en el mismo lugar, donde se conocieron. Como los dos eran fugitivos, no siempre podían acudir al encuentro. Robert había fallado un par de veces, y la semana anterior fue Eloisse la que no pudo acudir; sus padres estuvieron a punto de pillarla, y no se arriesgó a salir de su habitación.

- No me llames eso

- Cobarde, cobarde, cobarde – canturreó.

Robert apretó los dientes. Parecía ofendido. Eloisse había aprendido en el corto tiempo desde que le conocía que su nuevo amigo tenía bastante genio. Pero como ella también, y además había demostrado que no le importaba cuánto se enfadara su compañero, ya había dejado de tener efecto. Robert sabía que rendirse era mucha mejor opción.

- Si salto y me caigo, mi fantasma te perseguirá eternamente

- Bah. No puede ser peor que tu “yo” completo.

Era asombroso cómo habían llegado a desarrollar tanta camaradería. No sabían mucho del otro; en especial, Eloisse conocía muy poco de él. Tan sólo sabía que él también tenía unos padres sobreprotectores, y que por lo visto ser un adulto no le liberaba. Ella pensaba que su amigo era demasiado bueno: ya iba siendo hora de que les hiciera frente. Pero por algún comentario había intuido que su padre estaba enfermo, así que tal vez no lo hacía por eso.

Dejó de pensar en ello en cuanto vio que Robert se ponía de pie con cierta dificultad, preparándose para el salto. Era tan ágil como ella, pero tenía demasiado miedo y parecía no conocer demasiado su cuerpo. No lo entendía. ¿Qué hacía ese hombre todos los días, quedarse sentado sin hacer nada?

Robert cerró los ojos, estiró los brazos, y se dejó caer al vacío. Era lo que Eloisse llamaba “estilo libre”, pero contra todo pronóstico le funcionó ya que, varios metros más abajo, encontró una rama del árbol contiguo a la que se agarró con firmeza. Gritó con entusiasmo, y se vitoreó por su hazaña. Eloisse dio un salto rápido y le siguió, pero de una forma mucho más prudente, con los ojos abiertos y dando un salto más grande. Cuando llegó junto a él, después de descender unos metros abrazada al tronco, le gritó:

- ¡Idiota! ¿Estás loco? Podías haberte matado. Cuando dije que saltaras no me refería a…

- ¿Qué me has llamado? – parecía más desconcertado que enfadado.

- Idiota. Es lo que eres. Has..

- Creo que es la primera vez que me lo dicen. ¡Dilo otra vez!

- ¿Idiota?

Robert sonrió. Eloisse le miró buscando signos de algún golpe en la cabeza. Hablaba del insulto como si le hubiese dicho “te quiero”. ¿A qué clase de persona no le habían llamado “idiota” en su vida? ¿De dónde había salido aquél amigo suyo?

- Tenías razón: tenía que probarlo. ¿Lo hacemos otra vez? – lucía realmente entusiasmado. Deseaba ser libre incluso más que ella... actuaba como si hubiese sido un preso toda su vida, y ahora quisiera vivir todo lo que no había podido hacer en los años pasados.

- No. Ya has tentado suficiente a la suerte por hoy.

Durante el resto de la tarde, Eloisse no podía dejar de darle vueltas al extraño comportamiento de Robert. Tenía que ser de clase noble, como ella, por su forma de hablar y de moverse, y por sus ropas. No le gustaba hablar de su vida, y había muchas cosas del mundo que no conocía, pese a tener 33 años. ¿Quién era exactamente Robert Aspurg?


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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Vie Jun 08, 2012 4:40 am

Robert Aspurg era el heredero al trono, por supuesto. Era tan evidente, que Eloisse no entendió cómo había tardado tanto en darse cuenta. Hicieron falta cuatro meses más, y en particular una lección de historia sobre el territorio del Norte, para que asociara “la casa Aspurg” con el hombre que había conocido en el bosque.

Por eso anhelaba ser libre, y por eso había muchas cosas que nunca había podido hacer: era el heredero, así que le cuidaban y sobreprotegían incluso más que a ella. Por eso le preocupaba tanto hacerse daño: sabía que tenía una gran responsabilidad, y que no debía jugarse la vida sin un buen motivo. Por eso nunca le habían insultado…¿quién insulta a la realeza, y después sigue con vida?

Pero además, explicaba muchos más detalles, como que no quisiera hablar sobre sí mismo: probablemente deseaba ser tratado con normalidad, y temía que Eloisse comenzara a comportarse de forma diferente si descubría la verdad. Indirectamente explicaba también su extraña amistad, pese a la diferencia de edad: ¿cuántos amigos de verdad tiene el hijo de un rey? ¿Cómo sabía cuándo le querían por sí mismo, y cuando por quién era? Con Eloisse no podía tener dudas, porque desconocía su identidad. Y sólo alguien joven, inocente, y sin experiencia podía no saber quién era él. En cierta forma, era lo mismo que le ocurría a ella. No tenía demasiados amigos y sabía que Rob era el único que la podía entender.

Cuando Eloisse averiguó todo, apenas podía esperar hasta el día siguiente, que era cuando tenían previsto verse. Le esperó dando saltitos, con las manos en la espalda, en una falsa actitud inocente. Cuando Robert llegó, se colocó frente a ella con ciertos recelos, sospechando que algo sucedía. Entonces ella hizo una reverencia, de las reservadas únicamente para el líder. Robert suspiró, entendiendo que ya lo sabía. La observó con algo de tristeza.

- En realidad, así sólo debes saludar a mi padre. Yo sólo soy su hijo.

- ¿Sólo su hijo? ¡Eres el futuro líder!

- Sí, bueno. Eso viene con el parentesco.

Eloisse le miró, en silencio. Trataba de buscar algo diferente en él. Algún rasgo que lo catalogara de “real”. ¿Debía llamarle “Su alteza”? Iba a ser bastante raro… entonces decidió que actuaría con normalidad. Intuyó que era lo que él quería. Así que, sin decir nada más, salto sobre él como un mono araña, y se agazapó a su espalda.

- Dentro de poco seré tan alta como tú, y ya no podré hacer esto. Tengo que aprovechar, majestad. – se rió, y le despeinó. Sólo con él se permitía ser tan infantil.

A partir de entonces, su amistad fue a mejor, si cabe. Ya no había secretos entre ellos, excepto uno involuntario, que no podían desvelar, porque ambos lo desconocían. El incipiente e imprevisto secreto del amor que comenzaba a surgir. Tal vez Robert, algo menos ingenuo y con cierta perspectiva, podría haberse dado cuenta. Pero no quería admitir que sentía algo por alguien que, en lo que a edad respecta, podía ser su hija.





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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Jue Jun 21, 2012 3:52 am

- No – Robert sonaba cansado, y parecía que hacía esfuerzos por seguir siendo amable, en vez de responder en tono enfadado.

- ¿Por qué no?

- Eres muy joven, ya te lo he dicho.

- Pero eso no es una razón.

- Es la única razón.

Eloisse tenía quince años. Hacía cerca de dos que Robert y ella se conocían, y él era todo su mundo. Se pasaba casi todo el día con él, y sus padres no podían impedirlo, ya que Robert se había ocupado de que durante aquellos encuentros ellos estuvieran entretenidos en la corte. Es útil tener un amigo con contactos. Aunque aquellas reuniones prohibidas siempre la habían satisfecho, se estaba despertando un lado adulto en Eloisse, un lado de mujer, que exigía que le prestaran atención. Estaba enamorada de Robert y hasta donde ella sabía, él la quería también. Pero siempre acababan en el mismo punto, cuando hablaban del tema.

- ¿No me quieres?

- ¿A qué viene eso ahora?

- ¿Me quieres o no?

- Sabes que sí.

- Vaya respuesta. “Sabes que sí”.

Eloisse se había enfurruñado, y con ello despertó la curiosidad de Robert, que no entendía el motivo.

- ¿Qué ocurre? Es la verdad, yo…

- Te pregunto si me quieres de verdad. Si me amas.

Se miraron a los ojos. Durante unos segundos, la mirada de Robert se mostró confusa. Ya habían tenido esa conversación, y Eloisse conocía la respuesta. Pero entonces el príncipe entendió que ella tan sólo quería oírlo una vez más, y sonrió. La contempló con dulzura.

- Te amo.

- ¿Ves? Eso está mejor. – ella sonrió también, pero fue una sonrisa pícara - Entonces ¿por qué no quieres besarme?

Robert se enfadó; lo que Eloisse no podía saber es que era más contra sí mismo, por haber caído tan fácilmente en su trampa, que contra ella. No podía enfadarse con ella, por desgracia. Sospechaba que Eloisse lo sabía y se aprovechaba de ello.

- No insistas. He dicho que no.

- Pues te beso yo. – afirmó ella, muy segura, y se abalanzó sobre él. Pero no fue lo bastante rápida, y él la sujetó, con delicadeza pero firmemente. La miraba entre divertido, asustado, y disgustado. Ella le devolvió una mirada llena de significado.

- No puede ser – ahora ya no sonaba tan convencido.

- Pero ¿por qué no? Los novios se besan…

- Yo no soy tu novio.

Por un momento, Eloisse se mostró dolida, pero luego volvió a la carga.

- Bueno, pues te nombro mi novio oficialmente. Ahora, bésame.

Robert suspiró. Benditos y condenados quince años.

- No. – se esforzó por sonar tajante. Algo en su voz hizo que ella por fin entendiera que él no iba a ceder, y se entristeció. Eloisse lo intentó una vez más, débilmente, esta vez totalmente en serio.

- Si me amaras como dices, lo harías.

- Porque te amo, como sabes no lo hago. Soy demasiado mayor para ti, y esta conversación ya la hemos tenido. Si no puedes aceptarlo, quizá sea mejor que…

Eloisse no le dejó completar la frase, por temor a las palabras que sabía que iba a añadir, y le abrazó. Al menos eso sí se lo permitía. Se acomodó en aquellos brazos que parecían hechos para ella y no se atrevió a mirarle, entre angustiada y vergonzosa. Notó como él ponía la mano en su pelo, y se lo acariciaba con suavidad.

- Pequeña… -murmuró.

Todo aquello iba mucho más lejos de un beso, por supuesto. Se trataba de la imposibilidad de que dos personas de edades tan diferentes estuvieran juntas. Les separaban veinte años y aunque eso no era mucho teniendo en cuenta cuál era la esperanza de vida, sí lo sería mientras ella tuviera quince años. Para cuando hubiera crecido, Robert ya habría salido de su vida, y otra persona más adecuada habría entrado. Así que un día, tras confesarle sus sentimientos, Robert había dejado claro que aquello no podría ser. Ambos suspiraron casi al unísono, y contemplaron el horizonte. Estaban subidos a la rama de un árbol alto, donde nadie podía molestarles sin que ellos lo vieran primero.

Precisamente, Robert percibió una figura que se acercaba, y le dio un toquecito a Eloisse para que se incorporara. Le indicó con un gesto que mirara al desconocido, que era poco más que un punto desde la distancia.

- ¿Te buscan a ti o a mí? – preguntó Eloisse. Se encontraban más cerca de su casa que del palacio, pero si requerían al príncipe para algún asunto importante buscarían por todo el bosque, que es dónde sabían que podía estar.

- Es difícil saberlo. Echaré un vistazo.

Se puso en pie y se agarró al tronco principal. Lentamente se deslizó hacia una rama más baja, mucho más prudentemente que aquella primera vez, tiempo atrás. Ahora era ya casi un experto, como buen Humano del Norte que se preciara de su agilidad. Se quedó en una de las ramas más bajas, asegurándose de que no pudiera ser visto desde el suelo. Mientras el descendía, la figura se había acercado, y gritaba algo. Robert escuchó atentamente, y volvió a subir junto a Eloisse; siempre subía más rápido de lo que bajaba.

- Es un soldado, pero te llama a ti. – se encogió de hombros. Era imposible imaginarse para qué.

Eloisse bajó del árbol, sin despedirse, pensando que enseguida podría volver a subir. Sin embargo, para el asombro de Robert, a los pocos segundos se marchó con aquél hombre que había identificado como uno de los guardias reales.


***

Dos horas más tarde Eloisse temblaba con la cabeza agachada, manteniendo una pose humilde frente al rey. ¡El rey! La joven se frotaba las manos, nerviosa. Sus padres estaban presentes a un lado del trono, y parecían saber algún secreto que ella desconocía.

- Mírame, muchacha. No te he mandado llamar para que contemples las baldosas del suelo – dijo el monarca, y rió. Robert no se lo habría descrito nunca como alguien tan amable, sino más bien como alguien propenso a los estallidos de furia. Eloisse obedeció y alzó la cabeza. El rey tenía muy mal aspecto, parecía evidente que estaba enfermo; algo que era un rumor para los norteños, y una certeza para ella, que lo sabía a través de Robert. – Bien. Lamento que mi hijo no esté presente. Los dioses saben dónde se ha metido.

Eloisse trató de permanecer impasible. Los dioses tal vez lo supieran, pero ella estaba segura, porque acababa de estar con él. Aquél soldado le dijo que tenía que acudir con él a palacio, y ella no había podido decírselo a Robert, porque habían partido de inmediato. Eso la había puesto muy nerviosa, pero no había podido hacer nada, más que dejarse llevar. Le había parecido muy curioso el hecho de que no corrieran, sino que el camino hacia palacio lo hicieron a caballo. Por lo visto correr no era elegante y otras ridiculeces más. El caballo era demasiado lento; ella habría tardado la mitad.

- Mi amor, responde. –era la voz de su madre, que le devolvía a la tierra. Eloisse no había escuchado la pregunta y el rey se la repitió.

- ¿Sabes por qué estás aquí?

- No, Majestad.

- ¿No te lo imaginas?

- No, Majestad.

Por favor, que no sepa lo de Robert.

- Tus padres y yo hemos estado hablando y…- el rey se removió en su asiento, incómodo. Miró a la derecha, como buscando apoyo en los progenitores de Eloisse.

- Cielo, tú madre y yo creemos que ya eres mayor y…

¡Ja! ¿Desde cuándo es eso? pensó con ironía.

…el príncipe Robert necesita una esposa, y el rey nos ha honrado al considerar que tú podrías ser la indicada.

Eloisse parpadeó. Quiso asegurarse de haber escuchado bien. Guardó silencio durante al menos medio minuto, hasta que el rey se impacientó.

- ¿Y bien? ¿No dices nada?

La joven hizo una pequeña reverencia, tratando de contener la inmensa alegría que la embargaba.

- Espero estar a la altura, Majestad. Aunque me consta que soy lo suficientemente alta, puesto que el príncipe no mide demasiado.

Sus padres se horrorizaron, pero el rey estalló en carcajadas, hasta el punto en que le dio la tos. Eloisse sonrió. Existía el rumor de que el príncipe era algo bajito, aunque Eloisse sabía que exageraban. Ella era muy alta para ser mujer, y era aun unos tres centímetros más baja que él. Conocía al dedillo la estatura del príncipe, y su peso, y su color de pelo, pero todo eso eran detalles que ella no debía conocer, así que se permitió aquella broma inocente, con la que se ganó la simpatía de su nuevo suegro. Aquél, era el día más feliz de su vida.









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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Mar Jun 26, 2012 11:22 am

En pocas semanas, Eloisse dejó de ser una niña. Nadie notó el cambio, pero este se produjo. Tuvo que organizar una boda, tuvo que completar su formación nobiliaria con cosas que sólo una reina debía saber y, por encima de todo, tuvo que enfrentarse al hecho de que su futuro marido le sacaba veinte años. Lo había sabido desde el comienzo, y no es que le hubiera importado… hasta entonces. En aquél momento el sueño se volvía realidad. Lo que Robert la había repetido tantas veces, se hacía evidente en el interior de Eloisse: “eres demasiado joven”.

A veces, cuando se encontraba memorizando el nombre de un montón de gente que como princesa debía conocer, o cuando la enseñaban el palacio que iba a ser su hogar, o cuando hacía cualquiera de las tareas aburridas que se la exigían en los últimos tiempos, sonreía con melancolía y pensaba en la euforia que había sentido cuando el rey le dijo que se casaría con el príncipe Robert. Qué ingenua había sido. Debía de ser el único preso que se abrazaba a los barrotes que iban a forjar su cárcel con enfermizo entusiasmo. Pensaba también en las lágrimas que había derramado al contarle a Robert, aquél mismo día, que serían marido y mujer. Aquellas habían sido lágrimas de alegría, pero las que derramaba durante los meses posteriores eran de una total, completa y asfixiante tristeza. Y esto tendría que haber sido un signo para alguien, porque Eloisse nunca lloraba.

Por las noches, el único momento del día que pasaba en el hogar de la infancia, la casa de sus padres, se levantaba de la cama entre sudores, se mojaba el rostro con agua fría, y se sentaba en el suelo, en una esquina. Allí, se agarraba el corazón con las manos y comenzaba a llorar de modo histérico, irrefrenable, involuntario. Se abrazaba a sí misma y repetía, entre llantos, un deseo; una voluntad que se transformaba en súplica

- Por favor, que esto no sea un error. Por favor, que esto no sea un error.

Hubiera sido difícil decir si estaba rezando, desahogándose, autocompadeciéndose, o simplemente dejándose llevar por una emoción que era más fuerte que ella. Aquellos sollozos compulsivos solían detenerse al cabo de pocas horas, cuando su cuerpo estaba muy cansado y los músculos le dolían de los espasmos provocados por el llanto. Sólo entonces se levantaba, volvía a lavarse la cara, se sonaba la nariz, trataba de peinarse un poco, y volvía a la cama.

En aquellas semanas, pocos meses, adelgazó. Siempre había estado delgada, pero comenzó a alcanzar cotas alarmantes. Jamás, nadie, le preguntó si le pasaba algo. Y ella casi lo agradeció, porque no hubiera sabido responder. Más allá del miedo a un compromiso forzoso, más allá del deseo de no abandonar el hogar, más allá de la súbita responsabilidad de convertirse en princesa, más allá del hecho de ser escandalosamente más joven del hombre con quien debía mantener ciertas relaciones de índole sexual, había un temor. Una aterradora sombra que era lo que la estaba matando: la seguridad de que Robert no iba a quererla. Como digo, Eloisse, con sus quince años, se había convertido en una mujer. A su madurez natural se le unió cierto buen juicio que la hizo llegar a ciertas conclusiones. No se trataba de tonterías adolescentes del estilo de “mi novio no me quiere”. Se trataba de la certeza de entender que un mundo entero les separaba.

Cuando se habían conocido, Eloisse tan sólo veía a Robert como un amigo. Fue él el primero en encontrar dentro de sí ciertos sentimientos menos puros, y también fue el primero en expresarlos. Aquello la honró, y la hizo feliz, cuando descubrió que se trataba de algo mutuo. Desde entonces su relación había sido un tira y afloja, en la que Robert ponía el límite, y la edad de Eloisse era lo que lo marcaba. Se veían a escondidas, y en realidad aspiraban a un noviazgo que tenía pocas probabilidades de suceder. Con el tiempo, Eloisse entendió que le quería con toda su alma, y entendió también que aquello no iba a durar para siempre. Asumió que un buen día Robert tendría que casarse, y ella también, pero estaba dispuesta a disfrutar de aquellos preciosos instantes robados, que la hacían vivir su propio cuento de hadas. Deseaba expresar físicamente aquellos sentimientos, pero ni eso le era permitido: su príncipe era demasiado caballeroso, formal, y decente (y mayor). Eloisse sabía que su historia con Robert tenía fecha de caducidad, y sabía también que jamás iba a olvidarle. Pero era una persona práctica que no se hacía ilusiones con imposibles.

Y entonces, el bombazo. El rey la quería como esposa para su hijo. ¿Qué fue lo primero que pensó? Que los dioses, los ancestros, o alguien bueno y poderoso la quería y la había favorecido. Felicidad. Plenitud. Deseos cumplidos. Y entonces, la realidad: Robert jamás le había pedido matrimonio. Es más, Robert ni siquiera había contemplado tal posibilidad, de la misma forma que nunca le había dicho “cuando crezcas estaremos juntos”, sino tan sólo “eres demasiado joven”. Ella no dudaba de que Robert, en el momento presente, la quería. Pero sabía, pese a su inexperiencia, que el amor no lo es todo. Sabía que aquél matrimonio iba a ser una equivocación, hasta el momento en el que fuera una decisión de ambos. Aunque estuvieran destinados a estar juntos, si las cosas se hacían demasiado pronto, o por los motivos equivocados, sería un error, y los destruiría.

Los dos, Robert y ella, se veían obligados a fingir alegría, cuando lo único que tenían eran dudas. Toda su historia de amor había transcurrido entre árboles. Eloisse no sabía ni qué clase de príncipe era Robert; no sabía cómo se comportaba con las demás personas. Desconocía alguna de las cosas más importantes: si había más mujeres en su vida, si bebía, si era violento, si era más adulto en su día a día que en los momentos que compartían juntos… No sabía si él la deseaba físicamente, si no tan sólo que era demasiado joven para que él la viera de ese modo. ¿Qué case de matrimonio iba a ser aquél? ¿Cómo iban a tener hijos si él no quería tocarla porque aun era una niña?

Definitivamente, aquello era un error. Quince años eran pocos para una boda, en especial si el novio tiene treinta y cinco. ¿Por qué no esperar a que ella cumpliera veinte? Porque él entonces tendría cuarenta, y siempre iba a tener, en fin, 20 años más. Y porque probablemente el rey actual no iba a vivir tanto tiempo. La boda, de hecho, se estaba preparando a un ritmo más rápido del habitual, como si corriera prisa. Como si quisiera acortar el tiempo que Eloisse tenía para escapar de ahí, si es que podía.

Como se suponía que no se conocían en absoluto, los padres de ambos habían pactado encuentros esporádicos con el fin de que supieran algo el uno del otro. La forma en que Robert la miraba la hacía tanto daño que deseaba arrancarse el corazón ella misma. No se trataba de odio, o de miedo…Ni siquiera manifestaba el deseo de detener la boda porque ya no la quería. Robert la miraba con lástima, y en ocasiones, con culpabilidad. Parecía pensar que aquella boda iba a destruir la vida de Eloisse. ¿Qué clase de boda destruye la vida de los cónyuges, en vez de animarla? En el mundo de Eloisse, ninguna, salvo la suya.

Tenía miedo de convertirse únicamene en "la esposa del príncipe". En ser un título y no una compañera; solía pasar en los matrimonios de conveniencia. Comenzó a odiar la palabra "princesa", puesto que estaba convencida de que cuando Robert se cansara de ella sería solo un atributo más de la realeza, como lo eran el trono o la corona. Sería como un adorno joven y bello al que todos desean contemplar, pero al que nadie tiene en consideración. Cuando se extinguiera la llama del amor -y se extinguiría, estaba segura- ella no sería nada. Puede que incluso Robert se volviera a casar. Estaba prohíbido, pero era el príncipe: probablemente podría cambiar las prohibiciones. Quizás por eso él la miraba con lástima, anticipándose a esos supuestos que eran ya certezas para Eloisse.
Había momentos, no obstante, en lo que todo iba bien. Esos instantes en los que él la estrechaba entre sus brazos y la aseguraba que la iba a tratar como merecía. Esos instantes en los que en vez de mentirla, le decía la verdad. Robert la hablaba de aquellas cosas que ella sabía vagamente. La hablaba de lo que hacían los esposos, pero la aseguraba que ellos no lo harían; no hasta que ella fuera más mayor. La decía, que tendría, por fin, su ansiado beso. Y la prometió que nunca la iba a abandonar ni a mirar a otras mujeres. Que iba a tratar de hacerla feliz pero la preparó al sugerirle que a lo mejor no iba a serlo, al principio. Y la dio fuerzas para enfrentarse a aquella boda inminente, con la esperanza de que el amor que sentían no desapareciera por un matrimonio inadecuado.


Última edición por Eloisse Aspurg el Miér Jul 18, 2012 11:33 pm, editado 1 vez





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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Dom Jul 15, 2012 10:34 am

Una mujer, probablemente una de sus nuevas doncellas, la cepillaba el pelo con maestría y delicadeza. El silencio reinante tan sólo se interrumpía por tarareos intermitentes en boca de la sirviente, que entonaba melodías inventadas de forma aparentemente inconsciente. Eloisse se miraba en el espejo, y observaba los movimientos de aquellas manos jóvenes y expertas alrededor de su cabello. En un determinado momento, la doncella miró también al espejo, y sus miradas se encontraron. Eloisse sonrió, pero la joven se ruborizó y apartó la vista.

- Perdón, mi señora ¿os molesta que cante?

- Para nada. Tienes una hermosa voz.

- Gracias, princesa.

La joven realizó una torpe reverencia, y Eloisse borró su sonrisa.

- Aun no soy princesa.

- Mañana lo seréis.

- Pero aun no lo soy – replicó, con voz tajante, fría y algo dura. Pareció, de pronto, tener muchos más que sus quince años. La doncella se sobresaltó, y adoptó una postura humilde y comedida.

- Tenéis razón. Disculpadme.

La joven continuó con su labor en silencio, y ya no hubo más cruces de miradas. Ambas se sentían incómodas. Eloisse lamentó haber sido tan brusca; las palabras de la mujer no habían ido con ninguna intención, y probablemente la pobre no había entendido lo que había pasado. A los ojos de aquella sirviente casarse con un príncipe debía ser algo maravilloso, y una debía desear ostentar el título cuanto antes. Era mucho pedir que entendiera la frustración y los temores de Eloisse. Deseando decir algo amable, para arreglar las cosas en vista sobretodo a que probablemente sería su doncella en un futuro, en un determinado momento Eloisse hizo un nuevo cumplido.

- Tienes unas manos habilidosas

- Gracias, princesa.

La respuesta no vino de la joven, sino de una voz masculina. Eloisse se giró. Robert la observaba, apoyado en el quicio de la puerta. Ella enrojeció, sin saber muy bien desde cuándo estaba observándola. Entrecerró los ojos, y se mostró lo más indiferente que pudo.

- No os lo decía a vos.

- ¿A vos? ¿Ahora me llamas así? Siempre he sido Rob, Robert, o “idiota”. Esos nombres me gustan más.

- No os lo decía a vos, príncipe Robert.

La doncella se había detenido, confusa, y sin saber si debía desaparecer discretamente de la habitación. Aquella conversación parecía privada, y ambos hablaban como si ella no estuviera presente. Robert, por su parte, se acercó a ellas con el ceño fruncido.

- Tampoco me llamabas príncipe.

- Bueno, aun no sois rey. Sería descortés por mi parte ignorar el título de vuestro padre y llamaros “majestad”.

Al observar que en el rostro de Eloisse no había ni rastro de humor, Robert se mostró preocupado.

- ¿Estás enfadada conmigo?

- No, mi señor. No creo que pueda estarlo.

- ¿Cómo dices?

- No creo que se me permita.

En éste punto Robert se molestó. Alzó ligeramente la barbilla y se acercó a ella con vehemencia, hasta salvar la distancia que los separaba. La agarró del antebrazo.

- Eres mi prometida, no mi sierva. Se te permite. Es más, ¡te lo ordeno!

- Eso es un poco contradictorio, mi señor.

Robert la soltó en un movimiento rápido, y hasta cierto punto violento. Se apartó de ella, repelido por su frialdad. La observó con ojos iracundos, preguntándose cómo aquella chiquilla de quince años había acabado tan rápido con su paciencia.

- Eres un infierno, mujer.

Eloisse no respondió, aunque se sintió dolida por la expresión, y la dureza de la misma. ¿De veras lo pensaba? Se decía que era mejor que lo hubiera averiguado entonces, a que lo hubiera hecho años después.

La doncella, deseando que se la tragara la tierra, hizo una reverencia y trató de salir de la habitación, pero Eloisse la retuvo.

- Habéis hecho que mi doncella se incomode. Ni siquiera me ha pedido permiso para irse; la habéis obligado a incumplir con su deber. Parece no disfrutar con vuestra presencia. Os ruego que os retiréis, mi señor.

- No es tu doncella. Es de familia noble.

Eloisse le miró sin comprender. Robert parecía enfadado, pero aparte de eso, estaba diciendo la verdad. Su expresión confundida pedía una aclaración.

- Está aquí para que no te sintieras sola. Tan sólo hasta la boda, y quizá unos días después. Ella se ofreció: sabe lo que es un matrimonio concertado.

Eloisse observó a la falsa sirviente, como tratando de confirmar si era cierto. Comprobó que sí con sólo un vistazo. Se sintió avergonzada y la miró con arrepentimiento.

- ¿Por qué no me lo habéis dicho?

- Una persona no merece un mejor trato por la posición de su familia, futura Alteza- repuso la aludida, con algo de veneno en la voz. Después, lentamente, abandonó la estancia. Eloisse y Robert quedaron a solas, y la tensión era evidente. Se miraron a través del espejo, de forma que en verdad ella le daba la espalda, pero sus reflejos se encontraban.

- Tus caprichos de adolescente han de acabar. No voy a permitir que pagues tus rabietas con terceros. ¿Está claro?

Robert jamás la había hablado así, en aquellos términos propios de un padre o de un tutor. Era ligeramente humillante, aunque también, por alguna razón, la hizo sentir protegida. Eloisse se mordió el labio, reteniendo su rebeldía. Respondió en un tono de voz que indicaba justo lo contrario a lo que dijo:

- Sí, mi señor.

- No soy tu señor.

- Lo sois, mi príncipe.

La paciencia de Robert se extinguió por completo. Se puso frente a ella, giró la silla, y la forzó a mirarle directamente.

- Pues, si soy tu señor, te ordeno que me digas qué diablos te pasa conmigo. Eres más fría que el hielo.

- Así es la mujer con quien vais a casaros. Si no os gusta, aun podéis anular el compromiso.


- ¿Lo haces por eso? ¿No quieres casarte?

Eloisse no respondió. Claro, claro que quería, en su mayor parte. Trató de mantener su expresión endurecida, pero no debió de lograrlo, puesto que la de Robert se ablandó, como si hubiera descubierto lo que en verdad ella sentía.

- Dímelo. Cuéntame lo que pasa. Puedes confiar en mí.

Pese a sus intentos, Eloisse no pudo resistirse a aquellos ojos oscuros, profundos, grandes, intensos. Sintió que sondeaban su alma, y que extraían de ella sus más oscuros secretos, obligándola a decirlos en voz alta.

- Otra habitación.

Aquellas dos palabras no tenían ningún sentido para Robert, que pedía más con la mirada.

- Has pedido que duerma en otra habitación. Sin ti.

Eloisse hubiera deseado que su voz sonara un poco menos infantil en aquella queja. Robert pareció comprender, porque abrió mucho los ojos y se alejó un poco. Adoptó un gesto dulce, atento y cariñoso, y no quedaba en él rastro del pequeño brote de ira que Eloisse habría provocado. Pareció dudar antes de hablar, y hasta se mostró un poco culpable. Se agachó, para estar a la altura de ella, que aun estaba sentada, y la tomó de las manos.

- Es la costumbre. Aposentos diferentes para el rey y para la reina; para el príncipe y para la princesa.

Como aquello no sonó muy convincente, y así lo manifestó Eloisse con su pose indignada, Robert continuó.

- Iba a romper la tradición. Pensaba dormir contigo, pero tú no dejabas de llorar por las esquinas, y tenías miedo, y yo te prometí que no iba a tocarte. Quería asegurarme de cumplir esa promesa.

Eloisse se relajó un poco, aunque trató de seguir pareciendo enfadada. Robert esperó a que dijera algo, pero como siguió en silencio se incorporó, tomó el peine que la no-doncella había dejado en el tocador, y reanudó la tarea que había interrumpido con su llegada. Cepilló el pelo de Eloisse con mucho cuidado, aunque con cierta falta de experiencia. Ella sintió que no era justo: aquello la encantaba y dificultaba un poco sus deseos de seguir molesta. Él debió de notar que se reblandecía, porque aprovechó la ocasión para preguntar:

- ¿Así que eso era todo? ¿Estabas molesta porque vamos a dormir en habitaciones separadas?

- Sigo molesta. Lo has decidido sin contar conmigo.

- Ah. ¿De ahí toda esa tontería de “señor” y “príncipe”?

Ella no respondió. Se sentía un poco ridícula. Robert, en cambio, estalló en carcajadas. Su humor había cambiado por completo.

- Sí que tienes carácter ¿no? Y eres un poco caprichosa.

Eloisse se ruborizó. Tenía miedo de haber ido demasiado lejos, y que él la recordara que era como un cero a la izquierda, y por tanto tan sólo podía acatar órdenes, sin protestar. El príncipe era él, y lo que el decidiera debía de ser acatado. Sin embargo, sus palabras la sorprendieron.

- Tienes razón. Debería habértelo consultado. Pero sabía que no ibas a estar de acuerdo y no quería que me convencieras.

Robert dejó de cepillarla, y le acarició el cabello, como para comprobar que estaba desenredado y bien peinado. Lentamente, depositó un tierno beso en su coronilla. Definitivamente, su enfado se había esfumado. Eloisse se sentía estúpida por la escena reciente, aunque a la vez sentía que su opinión era la correcta y no estaba dispuesta a ceder.

- Claro que no iba a estar de acuerdo. Es imposible estar de acuerdo con algo tan absurdo. Habitaciones separadas. Ya ves tú.

- Esta es la Eloisse que conozco – dijo Robert, sonriendo. – Me habías asustado.

A su pesar, ella sintió curiosidad. Notó que él parecía algo incómodo.

- ¿Por qué?

- Pensé que finalmente tus dudas te habían llevado al camino correcto: a no casarte conmigo.

- ¿Crees que es un error? La boda es mañana. ¿Por qué no la has detenido?

- ¿Por qué no lo has hecho tú?

- Porque te quiero.

- Y yo.

- Y por tu padre.


- Lo sé.

Robert acercó la cabeza a la suya, y apoyó su frente en la de ella. Se quedaron así, en silencio, por varios minutos.

- Yo no habría podido detener la boda. Sólo tú o el rey teníais el poder.

- ¿Deseas hacerlo? No te dejaré casarte por la fuerza.

- Es, realmente, la única forma de que nos podamos casar. Ambos sabemos que si tu padre no lo hubiera decidido, ahora no estaríamos planeando una boda. Puesto que no hay más opción, a no ser que queramos provocar la ira del rey, nos esforzaremos por que salga bien. Es, en fin, el resultado que más nos conviene, dadas las circunstancias.

En ese momento alguien llamó a la puerta y, sin esperar respuesta, entró en la habitación. Era la no-doncella (Eloisse se propuso averiguar su nombre) y estaba pálida, como si hubiera visto un fantasma. Eloisse iba a disculparse por lo sucedido anteriormente, pero no tuvo ocasión de decir nada.

- Mi señor, vuestro padre…

- ¿Qué sucede? – Robert se puso en pie con agilidad.

- Me temo que….él…nos está dejando. Desea veros.

Sin decir una palabra más, Robert echó a correr, como sólo un Humano del Norte podría hacerlo. Tras unos breves instantes de indecisión, Eloisse le siguió. Sólo cruzaron una mirada, pero los ojos de Robert estaban llenos de miedo.


***

El rey vivió aun unos días más, suficientes para asistir a la boda. Eloisse jamás podría olvidar la forma en la que Robert ocultaba su miedo, su dolor y su indefensión ante la enfermedad de su padre para que ella pudiera disfrutar de su casamiento. Sin embargo, empezaban a conocerse más que bien, y ella sabía perfectamente lo difícil que era todo para él. Lo sintió ausente en todo momento, salvo en la ceremonia: entonces fue suyo por completo, y allí no había nadie más. No prestaron atención ni a padres, ni a amigos, ni a reyes, ni a ninguna otra cosa que no fueran ellos dos y el amor que se profesaban. El nudo que Eloisse sentía desde hacía meses pareció aliviarse en el momento en el que, oficialmente, estaban casados. De pronto sus quince años no importaban; ni su inexperiencia; ni el hecho de ser princesa sin desear serlo. Le pareció que estaba justo donde debía estar, y aquello era una sensación maravillosa. Aunque siguieron rigurosamente los ritos y tradiciones, no merece la pena acordarse de ellos.

Al banquete acudieron más personas de las que nadie podría recordar. Todo estaba perfectamente adornado, y aunque no hubiera sido así nadie habría podido fijarse, puesto que todas las miradas se centraban en la ingenua e imposible belleza de Eloisse, que se había recogido casi todo el cabello, salvo dos mechones estratégicamente colocados, y se había puesto un vestido que dejaba claro que su cuerpo era ya el de una mujer. La joven observó con satisfacción como el mismo Robert tenía dificultad para hablar con coherencia en su presencia. Cuando por fin tuvieron un momento de tranquilidad, mientras todos comían y bebían a su alrededor, el joven príncipe y futuro rey se inclinó para susurrarle algo:

- Estáis muy hermosa esta noche, mi princesa.

- Lo has dicho por lo menos tres veces desde que terminó la ceremonia.

- Y a ti te encanta oírlo.

- No lo niego.

Eloisse le dedicó una sonrisa. Estaba de un excelente humor aquella noche. No era para menos; acababa de casarse, y se estaba haciendo bastante bien a la idea. Sabía que lo difícil vendría justo después, pero hasta el momento estaba disfrutando de su fiesta y de la compañía de su reciente esposo. Además, justo antes de la boda, había llegado a un acuerdo satisfactorio: admitiría que todos las llamaran princesa, Robert incluido, si a cambio podía dormir en la misma habitación que él. En realidad, no habría tenido más opción que aceptar el título y el nombramiento, pero Robert se había mostrado dispuesto a complacerla, y el hecho de haberse salido con la suya la colmaba de felicidad.

- No has comido nada

- No tengo hambre

- ¿Estás nerviosa?

- Más bien cansada

- Maravilloso. Casarte conmigo te produce sueño – se hizo el ofendido.

- Tu interminable lista de invitados es lo que me agota. No sé a cuántas personas he saludado.

- Yo tampoco, pero sé que aun quedan más.

Y quedaban. Desde luego, no se había escatimado en gastos, o eso parecía, porque allí estaba medio reino. Para su sorpresa, tenían además invitados extranjeros, del Oeste: el recién nombrado rey Roger, quien podía ser perfectamente de la edad de Robert, o quizá mayor, y su esposa Elahí, que rondaba los años de su esposo. Eloisse observó con curiosidad ciertos parecidos entre aquél matrimonio y el suyo propio, empezando por los nombres de ambos que sonaban similares. Pero lo que más la asombró fue la cordialidad con la que Robert les trataba; si no eran amigos, estaban muy cerca. Eloisse no había tenido tratos con extranjeros, y la habían enseñado que la única raza perfecta era la del Norte, sin embargo hizo un esfuerzo por encontrar simpáticos a los aliados de su esposo, y trató de aprender lo que pudo sobre ellos. Usó sus conocimientos sobre la política y las casas reales para entender que el hecho de que asistieran a su compromiso manifestaba un deseo de paz, pero el que estuvieran acompañados de veinte de sus hombres implicaba que esa paz no era tan real como se pretendía. Eloisse sabía que la guerra con el Oeste podía reanudarse en cualquier momento, si alguno de los dos reinos metía la pata. Por eso era tan fascinante la buena relación entre ambos reyes.

Pocas horas después, aunque parecieron muchas más, Robert y Eloisse disfrutaron de los primeros momentos de verdadera soledad desde la ceremonia. Se retiraron cuando fue prudente hacerlo, y se prepararon para una noche de bodas un tanto peculiar. Subieron las escaleras en silencio, y entraron en una estancia que Eloisse no conocía. Comprendió que se trataba de los aposentos de Robert; desde entonces también los suyos. Toda la habitación gozaba de una distribución armoniosa, con grandes espacios. El único elemento que parecía no encajar del todo era una enorme cama, de unos tres metros y medio de ancho, y Eloisse comprendió que seguramente había sido puesta recientemente, en deferencia a ella. Desde luego, parecía demasiado grande para que durmiera en ella una persona sola. Casi era demasiado grande para los dos.

Durante unos segundos, Eloisse se preguntó si Robert la dejaría sola, para que se desvistiera. Sin embargo su marido se quitó la camisa delante de ella, y luego hizo lo mismo con las botas. Ruborizada, Eloisse cogió un camisón que alguien había dejado en el baúl a los pies de la cama, y se preguntó si debía ponérselo en su presencia. En realidad, pocas veces se había desnudado ella sola: sus ropajes eran algo complicados, y solía contar con la ayuda de varias doncellas, y sobretodo con cierta privacidad. Mientras se debatía entre el pudor y la cordura, Robert se acercó a ella, y la desabrochó los botones de la espalda del precioso vestido que había llevado. Después se apartó, para dejarla su espacio. Rápidamente, o al menos así le pareció, Eloisse se cambió de ropa y solo entonces se giró: Robert ya estaba metido en la cama, y nada revelaba si había estado observando o si no. Con lentitud, la nueva princesa hizo lo propio por el otro lado. Robert posó en ella sus penetrantes ojos, y durante mucho tiempo no apartó la vista.

- La misma cama. Ya tienes lo que querías.

- Bueno, eso es relativo. Es tan grande, que bien podría tratarse de dos lechos diferentes.

Robert sonrió, y se aproximó a ella, debajo de las sábanas, hasta abrazarla, como diciendo “¿así mejor?”. Después, de nuevo, silencio. Eloisse tenía calor, pero se sentía incapaz de moverse. Tenía sueño, y cuando comprendió que Robert iba a mantener su palabra, y no la iba a tocar, se sintió aliviada.

- Te amo.

Como si aquellas palabras fueran un arrullo, poco después de oírlas, se durmió.


***

La mañana siguiente a su noche de bodas, Eloisse se sentía estúpida. Por alguna razón tenía vergüenza, y no se atrevía a girarse para enfrentarse a Robert, a quien creía despierto pero inmóvil, igual que ella. No habían hecho, literalmente, nada en su primera noche juntos, y cuando recordaba lo sucedido todo parecía extraño y con muchos silencios, como si hubiera habido más tensión de la que en verdad hubo. Haciendo acopio de valor, y recordando las últimas palabras que había escuchado antes de dormirse, Eloisse rodó en la cama hasta quedar frente a su esposo.
Robert la miraba con los ojos bien abiertos. ¿Habría dormido algo, o llevaba mucho tiempo despierto? Cuando ella se dio la vuelta, sonrió. Aquello la relajó visiblemente y ella también se permitió una pequeña sonrisa. Todo aquello era aterradoramente desconocido: otra casa, sin sus padres…Pero la presencia de Robert hacía que se sintiera mejor.

- Tenemos aproximadamente media hora hasta que venga un ejército de entrometidos a despertarnos, leernos nuestra lista de tareas, y hacernos la pelota un rato

- Estupendo – respondió Eloisse, con algo de sarcasmo. Pero Robert no había terminado.

- No es que no quiera pasarla contigo, pero me gustaría ver a mi padre. Se ha esforzado por sobrevivir al día de mi boda, pero creo que ya no queda energía en su cuerpo para resistir.

Eloisse asintió, incapaz de pronunciar palabra. Eso explicaba, tal vez, por qué tenía aspecto de no haber dormido. El rey se moría. Su padre se moría. Era un dolor que ella comprendía y temía. Los padres de Eloisse habían enfermado recientemente, pero aun eran jóvenes por lo que ella no estaba preocupada. Tal vez aprovechara para visitarlos, puesto que aquella había sido su primera noche separados.

Así pues, Robert salió de la cama y se puso una camisa para ir a los aposentos del rey. Pero no volvió a la media hora. No volvió en todo el día, porque aquella fue la fecha en la que falleció el monarca. Murió a altas horas de la tarde, casi en la noche, y Robert permaneció a su lado desde por la mañana, sin comer siquiera, y sin permitir que Eloisse estuviera junto a él. La joven princesa, desde entonces reina, pronto descubriría que Robert era un hombre que no compartía sus problemas.

Desde luego, el matrimonio no empezaba de una forma muy ortodoxa. Había quien auguraba aquello como un mal presagio. Eloisse no era demasiado supersticiosa, aunque desde luego le pareció cosa de mala suerte que su boda, con todo lo que le había costado aceptarla, se viera eclipsada por un funeral.

Días después fue la coronación del nuevo rey. Eloisse, que aun no se había acostumbrado a ser princesa, se veía de pronto en el papel de reina. Tenía miedo, pero debía mostrarse fuerte y tratar de ser atenta con Robert, que no manifestó su dolor en público ni una sola vez. De hecho, parecía que nunca había tenido padre, pues no hablaba de él. A las pocas semanas, se mostraba como si lo hubiera superado. Volvió a sonreír, y comenzó a ser más atento con su joven y abandonada esposa, que se estaba enfrentando a la separación del hogar familiar y necesitaba ciertas atenciones. Aquellos días fueron maravillosos, porque Robert fue el hombre ideal: romántico, simpático, alegre… Tanto es así, que Eloisse comenzaba a preguntarse cuándo dejarían de ser buenos amigos, y empezarían a hacer cosas de adultos, propias de quienes ya eran marido y mujer.






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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Jue Jul 19, 2012 12:03 am

La enfermedad que se llevó la vida del rey provocaba unas fiebres muy contagiosas. Los padres de Eloisse habían enfermado y pronto de descubrió que su mal era el mismo que el del ya fallecido monarca. Durante algunas semanas no le fue permitido visitarles. Finalmente, cuando llevaba apenas dos meses casada con Robert, ambos fallecieron. Con quince años era huérfana, como lo era también su hermana Eingel, de tan sólo tres. La niña pasó a vivir en el castillo, al cuidado de una nodriza, y Eloisse tuvo la oportunidad de acercarse más a esa pequeña con la que nunca había pasado demasiado tiempo.

Eloisse siempre ha tenido un lado frío, siendo su única debilidad sus sentimientos por Robert. Aunque amaba a sus padres, nunca se lo decía, ni pasaba apenas tiempo con ellos. Tampoco se dejó hundir por su muerte, por mucho que lo lamentara. Tal y como se afanaba en responder, era ley de vida, y ella “estaba bien”. Tal vez se pueda pensar que era una mala persona, o un mala hija, y quizás una mala hermana, pero parecía lamentar más su castidad obligada que su repentina soledad.

Pasaba los días tratando de negociar con Robert una supuesta preparación y buena disposición por su parte. Sin embargo él estaba muy ocupado con sus asuntos de rey, y se mantenía firme en su decisión de esperar a que ella creciera. El punto de Eloisse estaba en que, por mucho que ella cumpliese años, él siempre iba a ser veinte años mayor. Tarde o temprano tendrían que tener hijos, y Eloisse dedicaba sus horas a tratar de que fuera temprano. Para su frustración, seguía tan pura y virginal como el primer día.

Esto, por supuesto, era una fachada. Claro que deseaba tener una vida marital con Robert. Claro que quería una familia. Pero todo ello no eran más que intentos de llenar un hueco: el hueco de la soledad más absoluta. Su familia había muerto, y sentía el deber de llenar su espacio formando una nueva. El mínimo recuerdo de su vida con sus padres la producía un dolor inmenso, y por ello no hablaba del tema; no porque los hubiera olvidado o porque no le importase. Pasar tiempo con su hermana también era doloroso, y aunque siempre buscaba el momento, al principio le costaba demasiado.

En aquellos días de transición tan difíciles, el apoyo de Robert fue imprescindible. Le dedicaba cada uno de los segundos en los que no estaba ocupándose de algún asunto político. La llevaba a sitios hermosos, cabalgaba con ella…incluso le regaló una espada, y le enseñó a utilizarla, amplificando sus conocimientos de esgrima. Le dedicaba palabras románticas, y escogía los mejores momentos para regalarle un beso. Pero de aquellas caricias superficiales no pasaban. Puede que los mimos y las atenciones sirvan para curar un corazón roto por la muerte de un ser querido, pero ¿sirve para llenar el corazón de una mujer recién casada? ¿Y el de un hombre? Alguien se tendría que haber preguntado por cuánto tiempo podría el bueno y noble Robert mantener ese estilo de vida tan honorable.

Cuando por fin sus vidas comenzaban a adquirir algo de normalidad y rutina, una misión en los territorios del Oeste requirió la presencia del rey. Eloisse debía permanecer en palacio, actuando de regente, y como es natural, aquello no la gustó demasiado. No deseaba quedarse sóla en aquellos momentos, y mucho menos a cargo, aunque fuera temporal, de un reino entero. Pero no hubo mucho que pudiera hacer para evitarlo, así que Robert lo dispuso todo para su partida, y Eloisse se preparó a su vez para tener sus primeros contactos con el verdadero poder.





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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Dom Ago 26, 2012 12:26 am

Aquél era el día. Eloisse se puso sus mejores galas. Se perfumó el pelo, e hizo que se lo peinaran como en el día de su boda; creía que a Robert le gustaba más a sí. También se puso el vestido rojo, aunque ella prefería el azul, pero pensaba que aquél agradaba más a su esposo. Incluso se sacó la espada que su padre le había regalado de debajo de las faldas: hasta entonces Robert no había notado que la llevaba, pero si todo salía bien aquella noche él sería quien la desvistiera, y entonces, a la fuerza tendría que notarlo. Aquél era el día en el que el rey volvía a casa. Y Eloisse pensaba encargarse de que irse de nuevo le costara demasiado.

Había pasado un año. Eso era demasiado tiempo. Eloisse apenas recordaba a su esposo...Recordaba más a ese amigo con el que se escapaba. Aunque fueran la misma persona, había todo un mundo de diferencia. Antes de que se fuera, Robert y ella habían tenido sólo tres meses de matrimonio, empañado por la muerte de los padres de ambos. Prácticamente se podía decir que no estaban casados, tras tanto tiempo sin verse. Apenas habían podido mandarse tres cartas, dado que el rey variaba su posición constantemente. Eloisse sólo sabía que estaba en algún lugar del Oeste.

El rey había dejado en su palacio a una mujer que seguía siendo una niña en alguno de los aspectos más importantes. Para empezar, y aunque fuera extraño, todavía no había florecido. Fue a los quince años cuando tuvo su primera menstruación y lamentó que Robert no estuviera allí en aquél momento. Entendió que, aunque ella no se lo hubiera dicho, el rey sabía que no era una mujer en sentido estricto, y por eso se había negado con tanta vehemencia a tener relaciones. Eloisse maldijo su desarrollo tardío. Pero aquello ya había pasado. No tendría 21 años, pero ya era mujer. Sus pechos habían crecido, sus caderas eran buenas para dar a luz y Eloisse deseaba ser madre. Había comprendido que, como reina, iba a estar muy sola. No es que amara menos a Robert, pero aquella separación había servido para que entendiera que ella no iba a tener a su esposo a su lado como otras mujeres. Antes que con ella, estaba casado con su reino. Su única compañía serían sus hijos, cuando los tuviera.

Algunas criadas la habían instruido en "el arte del amor". Ella sabía lo básico, pero la enseñaron cosas que realmente le sorprendieron. De pronto supo cómo incitar a un hombre, y sabía que, aunque Robert quisiera negarse por alguna razón a acostarse con ella, podría convencerle con cierta facilidad y algunos trucos. Por todo ello, esperaba con ansias el momento de la llegada del rey Robert y su séquito. Deseaba, además, que viera lo bien que había hecho sus deberes de regente en su ausencia. Al principio había sido un caos, pero ahora ya lo tenía controlado. Eloisse se sentía orgullosa de sí misma, y necesitaba su aprobación, como un niño necesita la aprobación de su padre. Había sido un año duro, y ante todo Eloisse anhelaba la compañía.

Lo precedió el sonido de las trompetas. Eloisse estaba leyendo un pergamino que debía firmar, y de pronto lo dejó caer. Se le iluminó el rostro y salió corriendo, dejando asombrados a los miembros del Consejo que estaban con ella. Se recorrió todo el palacio y cruzó los jardines. Vio el carruaje real, pero sabía que él no iba a estar allí; habría venido corriendo o a caballo. Y le vio. Con la velocidad de un rayo se acercó a él, dispuesta a tirarlo al suelo de un abrazo. Pero se frenó en seco al ver su expresión, como triste.

"¿No se alegra de verme? ¿Es que ya no me quiere?
¿Ha salido algo mal y estamos en guerra con el Oeste?
Ha tardado algunos meses más de los que me dijo....¿ha pasado algo?"


Eloisse se dijo que no era nada. Que, simplemente, él había sabido mantener la compostura, y ella no. Aun estaba trabajando en "sus modales de reina". No debería haber corrido de aquella manera, no era propio de la esposa del rey. Sí, tenía que ser eso. Puede que incluso estuviera algo molesto porque lo hubiera avergonzado frente a todos. Eloisse se ruborizó, y esperó de pie, erguida, a dos pasos del monarca. Por fin, éste salvó la distancia, y la abrazó. Aquellos eran SUS brazos, no había duda. Pero ¿era ese su rey? ¿Y su sonrisa dónde estaba? Se separaron, y entonces vio una réplica barata de la sonrisa que tanto deseaba ver.

- Has crecido, mujer.

Ella sonrió. En realidad, no podía dejar de sonreír. Él estaba allí, él estaba allí. Casi canturreó en sus pensamientos. Por fin.

- No siempre iba a ser una niña, Alteza. Ha pasado todo un año.

- - el rey suspiró - Demasiado tiempo.

Eloisse se preguntó si él siempre había sido tan mayor. Desde el primer momento fue consciente de la edad que los separaba, pero esa distancia nunca había parecido tan grande. Ella no era la única que había cambiado, aunque los cambios de Robert no eran físicos.

- ¿Qué sucede? - preguntó, ya preocupada, echando un vistazo a los guardias que les rodeaban, como si ellos fueran a tener la respuesta.

El rey suspiró, como si no le sorprendiera su suspicacia, y llamó a uno de sus hombres. Eloisse esperó, con paciencia. Un joven se dejó ver y caminó hacia ellos....con un bebé en brazos.

-¡Oh! ¿Es vuestro hijo, Lord Kevan? ¡Es precioso! ¡Y parece sano! - Eloisse se contuvo para no hacerle arrullos y ñoñerías a aquella bolita preciosa. Tenía los ojos grandes y marrones y provocó un estremecimiento en su instinto maternal. Deseaba cogerle en brazos, pero se contuvo. Ella había preguntado qué pasaba y la respuesta había sido el niño. A lo mejor el bebé tenía algún problema, o había que protegerlo de algo...

- No, Eloisse. Es el mío. - respondió el rey, con voz apenada.

- ¿Qué? ¿Vuestro hijo? ¿...Tu hijo? - no lo entendía. ¿Cómo podía ser su hijo si ella no había dado a luz. Vamos, que se acordaría de haberlo hecho. Además llevaban un año separados y...- ¿Tu hijo...con otra mujer?

- Dirigiros al rey llamándole Alteza, mi señora.

- Williams, ella puede llamarme como quiera. Espera un momento y empezarás a oír los insultos.

Pero el rey se equivocaba. Lo único que hizo Eloisse fue observar la escena como si le estuviese pasando a otra persona. Un hijo... Un hijo que no era suyo. Un...un...un bastardo. ¿Por qué? Un año es mucho tiempo para un hombre. Habría... habría necesitado....

A Eloisse le dolía que hubiera tocado a otra mujer cuando a ella no le había tocado nunca. Le dolía no haber sido digna de darle un hijo al rey. Le dolía la traición. Le dolía la humillación de que trajera allí al bastardo, y todos supieran que el rey había yacido con otra mujer. ¿Y quién sería esa mujer? ¿Alguien más guapa que ella? ¿Más lista? ¿De noble cuna o plebeya? De pronto cayó en la cuenta de que con mucha seguridad sería una Humana del Oeste.

"Un Mestizo. El niño es un Mestizo."

Eloisse había sido educada para odiar a las demás razas, o al menos para considerarla inferiores. Había logrado vencer algunos de esos prejuicios, pero no del todo. Y aun así sabía que la mayoría de los norteños verían aquél Mestizo como una abominación. Y aun así Robert lo había preferido a un hijo suyo...¿En qué lugar la dejaba aquello? Miró al rey con rencor, profundamente dolida, pidiendo una explicación. Pero lo único que pudo decir, con voz ahogada, fue:

- ¿Por qué no has esperado a que estuviéramos solos para decírmelo?

Así hubiera podido gritar. Hubiera podido llorar, romper cosas, e incluso pegarle. Porque era lo que él se merecía. Era lo que necesitaba hacer. Era lo único que podía hacer. Dioses ¿qué iba a hacer ahora? ¿La repudiaría el rey? ¿Se habría traído a otra reina, la madre del niño, consigo? Y, aunque no fuera así, ¿quería ella permanecer al lado de aquél hombre?

Miró al niño, que se movía inquieto en los brazos de Lord Kevan. Los ojos marrones del bebé eran como los de Robert. Ese debería ser su hijo. Debería...Notó que los ojos la escocían, y frenó sus pensamientos. No podía permitirse llorar ahí. Tomó al niño en brazos y vio la mueca de espanto de los allí presentes. Esbozó una media sonrisa sardónica.

"¿Creen que voy a hacerle algo? ¿Qué lo voy a dejar caer? ¿Por qué clase de monstruo me han tomado? ¿Tan mala soy? ¿Es por eso por lo que Robert me ha deshonrado?"

Acunó al crío en sus brazos. Los ojos marrones la miraban, y parecía incapaz de hacer mucho más. Tendría apenas dos meses. Estaba totalmente indefenso, y era muy pequeño. Eloisse no podía ver si era fuerte.

- ¿Es Mestizo, verdad? - esperó al asentimiento de Robert. - ¿Está su madre aquí?

Robert negó con la cabeza.

- ¿Cómo se llama?

El rey guardó silencio un instante, y sin dejar de mirarla, respondió:

-Jon.

No se le olvidó el detalle de que el monarca no había dicho el apellido. Eloisse asintió, y dio un suave beso al bebé. Vio la sonrisa de Robert, como aliviado. Aquella fuera la primera sonrisa plena desde que había llegado, y se la dedicó al niño, no a ella.

- No te confundas. Es tu hijo, no el mío. Esta ha sido la única muestra de afecto que voy a dedicarle en toda su vida.





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Re: Vida y aventuras de Eloisse Aspurg

Mensaje por Eloisse Aspurg el Lun Ago 27, 2012 2:37 am

En el momento de decirlas, Eloisse no sabía que aquellas palabras iban a ser ciertas. Sólo las había pronunciado para hacer daño a Robert. Pero, efectivamente, aquél primer beso fue el último. Al principio, ella no quería culpar al niño. Incluso se permitió visitarlo un par de veces durante aquél horrible primer día. En las dos ocasiones el niño estaba dormido en una cuna, y Eloisse lo observó mientras se preguntaba de dónde había salido la cama de bebé. Supuso que el rey pedía, y los súbditos concedían, aunque hubiera que quitarle la cuna a otro niño. Probablemente iba a ser el único Mestizo con tantos privilegios. O puede que no, ya que “el príncipe Bradley” del Oeste compartía su suerte: era un bastardo Mestizo del rey Roger, que incluso en eso se parecía a Robert. Se preguntó cómo pudo perdonarle su señora esposa. Tal vez no lo había hecho. Tal vez todo era una tapadera y luego en la intimidad peleaban…. O tal vez le quería a pesar de la infidelidad. Eloisse no sabía si podía ser tan fuerte. Ni siquiera estaba segura de poder querer al bebé, aunque deseara hacerlo, allí, junto a su cuna, oyendo su suave respiración…

Se marchaba rápidamente en cuanto oía que los pasos de Robert se aproximaban. No quería verle, no quería cruzarse con él, no quería hablarle, no quería estar en su palacio, no quería ser su reina, no quería ser su mujer. Del amor al odio hay sólo una línea fina, y Eloisse no estaba segura de hacia qué lado se inclinaban sus sentimientos….¿Cómo podía haberle hecho eso? ¿Cómo, y con quién? Ni siquiera le decía el nombre de la mujer a la que debía odiar, o envidiar. Eloisse se había jurado a sí misma, y a todos los testigos que habían en aquél patio, que no hablaría con Su Majestad hasta que le diera un nombre. No es que le costara mucho cumplir su promesa; no podía ni acercarse a Robert sin sentir ganas de llorar, así que por eso le evitaba.

Durante los primeros días se sentía orgullosa de sí misma: no había llorado nada, al menos no con testigos. Estaba siendo fuerte, y eso la complacía: Robert no había sido fuerte. Había tenido una debilidad y todos podían verla en la persona de ese niño. Pero, a pesar de toda su fortaleza, a pesar de no derramar lágrimas, el dolor seguía siendo el mismo. Se negaba a comer, a salir de palacio, y se habría negado a respirar si aquello fuera humanamente posible. Aunque quizá nadie pudiera expresarlo con aquellas palabras, Eloisse estaba entrando en una depresión profunda. Se miraba desnuda ante el espejo – un espejo prestado, de una habitación prestada, puesto que no quería compartir cama con el rey-, y se insultaba a sí misma. Se empezó a ver fea: seguro que ese era el motivo de la deslealtad del rey. Todos pensaban que mejoraría con el tiempo, pero más bien parecía empeorar. Seguía sin comer, y entró en un estado de apatía que no la permitía ni hablar con sus sirvientes. Dejó de salir de su habitación, y muy pronto ni siquiera salía de la cama. Se pasaba el día tumbada, sollozando sin lágrimas. Parecía tener pesadillas, aun despierta. No; nadie podría llamar a eso fortaleza. No la quedaba ni el alivio de poder decir que al menos, se había mantenido fuerte.

Una tarde, tal vez dos semanas después del regreso del rey, aunque no podía estar segura, alguien llamó a su puerta. No abrió, pero quien llamaba entró de todas formas. Era Robert. Eloisse reaccionó a su presencia exactamente igual que habría reaccionado un cadáver. Permaneció inmóvil, y sólo su respiración indicaba que seguía con vida. Robert se sentó en la cama, junto a ella, que yacía encogida en posición fetal; el vestido, aun del día anterior, la envolvía, arrugado. El rey parecía estar esperando algo; tal vez que se echara a llorar. Como nada sucedía, empezó a acariciarla el pelo; sabía que ese era su punto débil. Otras veces le había perdonado cuando empleaba aquella táctica. Aquella vez no provocó en ella ninguna reacción.

- Pérdoname – le dijo –¿Qué puedo hacer para que me perdones?

Silencio.

-No me perdones, si no quieres, pero tienes que comer. El maestre está preocupado.

¿Así que por eso estaba allí? ¿El maestre le había enviado? Qué ideas más estúpidas tenía el anciano: pedirle al lobo que visite a la oveja a la que ha mordido.

- Si no comes, te morirás – insistió – Y tampoco bebes lo suficiente. No sé si duermes…porque ya no quieres dormir a mi lado. – aquello parecía dolerle. Como toda respuesta, Eloisse dirigió una mirada impasible a la bandeja de comida que descansaba en la mesilla. La miraba como si mirase a un enemigo insistente. Y es que todos insistían en que comiera. Qué pesados. ¿Por qué no la dejaban morir? - Si es… si es estar aquí lo que te provoca éste estado, anularé …anularé el matrimonio.

¿Anular el matrimonio? Dioses ¿tanto la despreciaba? ¿Tan mala esposa había sido que la quería alejar de su lado? Pero si apenas había tenido tiempo de ser su esposa…Apenas había tenido tiempo, y él ya había roto sus votos. Los votos…¿podía el rey anular el casamiento? Bueno, era el rey. Quizá pudiera hacerlo todo. “Todo no. Por lo visto no es capaz de amarme

- Dime ¿es eso lo que quieres? – el rey seguía con su monólogo, sin saber si dentro de aquél cuerpo seguía habiendo vida, o estaba hablando con un corazón de piedra. Resignado a no obtener respuesta, suspiró. Como estaba de espaldas a él, no podía ver la expresión de su rostro.

Eloisse ya pensaba que se iba, al notar que se movía el colchón de la cama. Pero a los pocos segundos el rey se sentó de nuevo, y ella oyó el tintineo de una cuchara sobre un plato: Robert había cogido la bandeja de comida. La obligó a darse la vuelta, con una sola mano. Él siempre había sido muy fuerte, y ella no oponía resistencia. Cuando terminó la operación, pudo ver su rostro, y se estremeció.

- Vas a comer – anunció el rey con voz firme; ni rastro de la desesperación anterior. – Vas a empezar por lo que hay en ésta bandeja, y a lo mejor después te traigo otra.

Eloisse prestó atención por primera vez a lo que había en la bandeja. Un trozo de pan, un plato de sopa, un plato de carne y uno de pescado. Un melocotón. ¿Quería que se comiera todo aquello? Eloisse le miró con rencor infinito, pero aquella mirada se parecía demasiado a la de una niña enfadada. Vio que Robert se esforzaba por no sonreír.

- Serás reina, pero sólo tienes dieciséis años. No tienes padres, así que yo cuidaré de ti, hasta que cumplas los veintiuno. Y después también, si tú me dejas.

Robert le acercó la bandeja, y se la sostuvo, ya que ella no hizo ademan de cogerla. Eloisse mantuvo su silencio, pero lo desafiaba con los ojos, como diciendo “oblígame”. El rey dejó escapar el aire, algo que hacía frecuentemente ante su testarudez. Ese empezaba a ser el rey que ella conocía.

- Si es lo que quieres… - Robert se encogió de hombros, y dejó la bandeja en la mesita. Cogió el plato de sopa, y lo sostuvo con la mano izquierda, mientras con la derecha metía la cuchara, y la llevaba hasta Eloisse, dispuesto a darle de comer como a un bebé. Pero este bebé tenía uñas, dientes y fuerza, así que apartó la mano del rey casi con indiferencia. Cabezota, el rey repitió la operación con el mismo resultado. Resopló, y trató de sujetarla mientras cogía la comida, pero se encontró con que le faltaban manos. Probó con otra táctica. Dejó el plato en la bandeja, e incorporó a Eloisse, que se dejaba manejar como si fuera un muñeco. La sentó a su lado, y la rodeó con un brazo. Con calma, cogió la sopa, y se la puso en la mano del brazo que sujetaba a su esposa. Con la otra, cogió la cuchara.

- Abre la boca. – ella negó con la cabeza – Abre – nueva negación. Y así estuvieron un rato, el sí, y ella no. Era casi divertido. Eloisse sabía cómo ganar a alguien tan poco paciente como Robert. Dejó que siguiera un rato, y luego, con facilidad y rapidez, se livió de su abrazo. Con el movimiento, al rey se le cayó gran parte de la sopa sobre el vestido de Eloisse.

- Te lo mereces. ¿Te has quemado?

La reina movió la cabeza a uno y otro lado, rodando los ojos. La sopa estaba casi helada, pues se la habían traído hacía horas.

Sin concederle tregua, Robert lo volvió a intentar. Alguien llamó a la puerta y el rey se distrajo, y Eloisse aprovechó su oportunidad y le empujó, de forma que el plató cayó al suelo, y se hizo añicos. El rey se levantó de un salto, al mismo tiempo que la puerta se abría. Estaba rojo de furia cuando miró al anciano visitante.

- ¡Se acabó! Maestre, ésta mujer es fría como el hielo, terca como una mula y escurridiza como una perdiz. Es…

- Es una niña, mi señor, y está jugando con vos, ¿no os dais cuenta? – intervino el hombre, con una sonrisa bondadosa. El rey lo miró sin comprender, y la misma Eloisse se encontró asomando la cabeza tras él, mirándolo de la misma forma – Rezuma vida. Los grititos se oyen por todo el patio. Los hombres pensaban que vos y ella…

¿Había gritado? Tal vez. Lo cierto es que estaba acalorada, sudando y con el pelo en la frente, como si acabara de tener una pelea a muerte o… como si por fin hubiera dejado de ser pura y virginal. Entendía perfectamente lo que habían pensado los hombres, y casi se sonrojó.

- Es una delicia verla así. Ha estado tan apagada…Y no sólo tras vuestro regreso…Lleva meses sin apenas sonreír, aburrida, solitaria…

Eloisse miró al maestre con cariño. Aquél hombre había estado pendiente de ella. Puede que engañara a todos los demás, pero él sabía como se sentía. Siempre sabía como se sentía. Robert pareció darse cuenta también, porque su expresión cambió por completo, y volvió a sentarse al borde de la cama. Puso su mano en su mejilla, con ternura.

- Has sido reina durante todo un año. Es lícito que ahora quieras ser una chiquilla. – suspiró – Pero sientes el dolor de una mujer. No es este el reencuentro que te merecías.

En un segundo, Eloisse volvió a su pozo de desesperación, del que había salido durante unos minutos, jugando, como decía el maestre, a ser una niña caprichosa. Silencioso como una sombra, el maestre recogió los pedazos del plato roto que se esparcían por el suelo, y salió de la habitación. De alguna forma, Eloisse había comprendido que Robert no iba a marcharse, y que ya no podía esquivarlo por más tiempo. Reunió valor.

- Hay muchas cosas que no me merecía, creo yo.

Robert casi pareció sorprenderse del sonido de su voz. Los ojos le brillaron, y asintió. Espero dos segundo, y al ver que ella no iba a añadir nada más, respondió.

- Es cierto. Y siento haberte herido, pero ya está hecho. No puedo cambiarlo

- ¡Deberías! – casi gritó ella – ¡Deberías poder cambiarlo! ¡No tendrías que haberlo hecho nunca!

- Lo sé – Robert parecía cohibido ante tanta vehemencia repentina.

- ¡Yo también pude deshonrarte! ¡Me dejaste sola por un año, y en ese tiempo me hice una mujer! Eran muchos los hombres que me deseaban y a veces…a veces yo les deseaba a ellos. Pero me sobrepuse.

- Fuiste más fuerte que yo. Siempre lo has sido.

- Al casarnos, pensaba que no me querías tomar por cortesía. Porque yo aun era muy joven. Ni siquiera había sangrado, aunque tenía mis dudas de que tú supieras eso. Pero ahora sé que era porque querías a otra. Pues haberla hecho tu reina a ella, y no a mí.

- ¡Eso no es verdad! – el rey parecía enfadado. – No quería a nadie más…No…no la conocía.

- ¿A quién, Robert? ¿A quién no conocías? ¡Dímelo, por los dioses! ¡Dime aunque sólo sea su nombre!

- No – y era un no tajante. Se hizo el silencio.

- ¿La quieres?

Él asintió. Eloisse se encogió. Al menos había sido sincero.

- ¿La quieres más que a mí?

- No.

Y Eloisse supo que mentía.



***



Esa fue, quizá, la razón por la que empezó a mirar al niño con otros ojos. No era el bastardo Mestizo de otra mujer. Era el bastardo Mestizo de la mujer a la que Robert quería más que a ella. Eloisse empezó a odiar a esa mujer, más de lo que creía que fuera posible odiar a nadie. Se dijo que quizá por eso Robert no la dijo su nombre; temía lo que fuera capaz de hacerle. Pero dudaba que él supiera la intensidad de sus sentimientos malignos; ni ella misma lo había sabido hasta que lo sintió. El deseo de la muerte de otra persona es un deseo poderoso. Casi parece que va a hacerse realidad con sólo pensarlo.

Siempre había sabido cuando Robert mentía u ocultaba algo. Por eso supo que él amaba a esa mujer, fuera quien fuera, más de lo que podría amarla a ella en la vida. Sin embargo, tras darle muchas vueltas, llegó a la conclusión de que a ella también la quería, y encontró en su corazón la fuerza para perdonarle. Tuvo que tomar la decisión de enterrar aquél dolor dentro de ella; sabía que si le perdonaba sería para siempre, y no podría recriminárselo en el futuro. Tuvo, también, que aprender a vivir con un hombre que tenía el alma dividida. Por alguna razón Robert la había elegido a ella. Tal vez porque tenía un deber como rey, y la había hecho su reina. Tal vez porque la otra había muerto. O estaba viva pero le había rechazado. No podía saberlo. Sólo sabía, y se aferró a esa certeza, que la había elegido a ella. Pero pronto entendió que el amor del rey era igual de intenso por ella que por el hermoso bebé; quizás incluso más. Tendría que aceptar eso. Y aprendió a aceptarlo.

Claro que, hay formas y formas de aceptación. Se descubrió a sí mimas odiando al pequeño. Deseándole cosas horribles que también le deseaba a su madre. Cada noche, cuando lloraba y despertaba a media palacio, Eloisse no hacía ni el menor ademán de levantarse. “Es tu hijo, no el mío” le había dicho a Robert en una ocasión, y por lo visto era cierto. Hizo lo posible por no ver al bebé: sabía que si lo veía le sería más difícil odiarle. Luego, cuando creciera, sería más sencillo. O tal vez, cuando creciera, hubiera logrado hacerse a la idea de tener un hijastro. Tal vez no fuera su madre, pero pudiera ser algo así como una hermana mayor. La hermana que no había sido para Eingel.

Pero se equivocaba. A medida que crecía, se hizo palpable que el hijo era la viva imagen de su padre. Mismos ojos, mismo pelo, misma constitución. La única diferencia radicaba en que el niño era monstruosamente fuerte. Encima, siempre tuvo unos modales envidiables. Nunca le dio la satisfacción de regañarle o pillarle en falta; aquél crío parecía haber nacido sabiéndolo todo. No pudo quejarse, con motivos, a su padre. Pero igualmente se quejaba. Y el rey siempre le defendía.

- Es un niño – decía – Ya crecerá, y se hará un hombre.

El Robert que volvió de aquél viaje no fue el mismo que se fue. Había cambiado. De pronto su forma de ser se correspondía con su edad, o le hacía incluso mayor. Y Eloisse culpaba al niño de aquél cambio. El mismo niño que con su presencia le recordaba el dolor de la infidelidad. Nunca podría olvidarlo, pues Jon era un Robert más joven. Ella lo sabía. Él lo sabía. Todo el reino lo sabía. Era la reina deshonrada. La niña que de pronto era madre de un bastardo Mestizo. Pero jamás ejerció de madre. Se lo propuso, y lo consiguió, aunque en ocasiones le fue difícil. No era tan malvada como para ver que un niño se hacía una herida y no conmoverse. Pero siempre dejaba que lo solucionara Robert.

Tuvo razón, cuando fue mayor fue más sencillo. Fue más sencillo odiarle.

El rey entendió la oscuridad que habitaba en el corazón de su mujer, y no mucho después entendió que en cierta forma era culpa suya. Por eso nunca pudo hacer nada por cambiarlo. Él también tuvo que aprender a amar a esa mujer que no le daba hijos, y no quería al único que tenían. Cuando yacían juntos en la cama, después de haber hecho el amor, se preguntaba por qué Eloisse no se quedaba embarazada. Tal vez era un castigo de los dioses por su traición. A veces se preguntaba si no era Eloisse, la que por castigarle deseaba no darle hijos y lo conseguía. Pero enseguida se odiaba por pensar aquello. Si había algo que Eloisse deseara por encima de todo era ser madre, y por eso toda aquella situación la causaba dolor y odio: Jon representaba todo lo que ella no podía tener. En una ocasión, estando Jon ya crecido, mientras el cuerpo desnudo de Eloisse reposaba sobre el suyo, y ella le acariciaba el pecho, el rey la dijo:

- ¿Le odias, verdad? A Jon.

Por un segundo pensó que iba a mentirle. Pero Eloisse solía ser sincera con él.

- Odio a su madre. A él deseo odiarle, pero se parece demasiado a ti como para conseguirlo. Aunque lo intento con ganas.

El rey se estremeció ante aquellas palabras. De pronto el cuerpo de Eloisse le pareció frío sobre el suyo.

- No vas a dejar que reine detrás de mí.

Ella se puso rígida.

- Pensé que había quedado claro cuando no le reconocí públicamente. – Normalmente importaba poco que una mujer no reconociera a un bastardo, bastaba con que el hombre lo hiciera. Pero al tratarse del rey y la reina, ambos debían aceptar que querían que el niño fuera heredero. Y Eloisse se negó.

- Es mi hijo.

- Exacto. Tuyo. No mío. – trató de que no sonara como una recriminación, sino como la constatación de un hecho. El rey suspiró, y Eloisse le miró. No deseaba verlo triste. – Entenderé que tampoco desees que reine yo. – ni siquiera trató de suavizar el asunto: él era mayor, iba a morir antes que ella. Ambos lo habían asumido. – No lo hago por ambición, espero que lo sepas. Pero quien debe reinar es nuestro hijo.

- No tenemos.

- Tendremos. Si yo tuviera un hijo con otro hombre, tampoco desearías que reinara.

- No sería hijo de un rey.

- Podría serlo, si me acuesto con el rey del Oeste.

- Entonces el niño sería rey del Oeste. ¿Qué pretendes, mujer? – Al monarca no le había hecho gracia la insinuación, como si temiera que el bastardo Bradley fuera en realidad hijo de ella. Sabía que no, pero…

- Sé que sólo soy la reina consorte. Pero también soy reina. Si tuviera un hijo ilegítimo, la ley te da tres opciones: repudiarme, matarme, o aceptar al niño. Creo que me repudiarías. En cambio la ley no habla de lo que debe hacer una mujer en esos casos. Yo también tuve tres opciones. Morirme yo, desear tu muerte dado que no tenía medios para matarte, y tratar de aceptar a un hijo que no era mío. Escogí las dos últimas, aunque no creo haber tenido éxito con la tercera. Nunca le he hecho daño. Nunca te he pedido que lo eches del palacio, porque sé que no tengo derecho a hacerlo. No vuelvas a pedirme que lo acepte públicamente y le deje reinar, porque no tienes derecho a hacerlo. He tomado mi decisión; la única decisión que puede tomar una mujer en éste mundo, puesto que la ley no la ampara contra las infidelidades y los bastardos. Por suerte para mí, si da cierto poder a una reina, aunque sólo sea consorte.


Robert caviló sobre el hecho de que ella hubiera deseado su muerte. Meditó también sobre todo lo que le había dicho. Había bastante razón en sus palabras, y lamentó que las mujeres no contaran demasiado en aquella sociedad. La acarició, casi inconscientemente. Se acordó entonces de algo que había dicho con anterioridad.

- Claro que te dejaré reinar. Eres mi mujer. Eres mi Reina.

- Gracias. Si el momento llega… asumiré la responsabilidad con honor.

El honor no basta, niña” Quiso decirle a su mujer, que tenía ya veintiséis años. “De hecho a veces el honor sólo nos trae problemas” Pero no dijo nada. Meditó mientras la hacía caricias, amando a esa mujer aun con todas las complicaciones que le traía. Tras un largo silencio, el rey añadió:

- No te insistiré con lo de Jon. Pero tienes que prometerme que le protegerás. No basta con que no le hagas daño: tendrás que impedir que otros se lo hagan, si está en tu mano. Es Mestizo, es bastardo, y es hijo de un rey. Son tres buenos motivos para que la gente le odie, y, sin que suene a reproche, tú no se lo has puesto más fácil. Protégele.

- ¿Qué harás si no te lo prometo?

- N-nada. No puedo hacer nada. – respondió Robert, que parecía súbitamente derrotado. No podría hacer nada, claro. Pero había tenido la esperanza…

- Te lo prometo.

Eloisse le sorprendió con aquella promesa, y en cierto modo se sorprendió a sí misma. El rey sabía que la cumpliría. Y ella también.





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