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Idas y venidas: mis memorias

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Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Dom Jun 10, 2012 11:25 am

Había sido una mañana realmente agotadora; desde poco después del amanecer había tenido que bloquear las estocadas de su maestro de armas y contraatacar a una velocidad tremenda, casi inimaginable, para que a este no le diese tiempo a bloquear su ataque. Jon tenía una gran destreza con la espada, pero el ejercicio de bloqueo y contraataque no era su fuerte. Ya harto, su maestro le había castigado obligándole a hacer bien el ejercicio si no quería quedarse allí encerrado hasta que se le empezasen a pudrir los dientes. Entonces, jon había recordado al anciano que trabajaba en las cocinas de palacio y casi se había echado a llorar del susto. Desde ese momento, con su cara de concentración (ceño y labio fruncidos, mirada seria enfocada en el objetivo), había decidido tener a ese hombre en mente para NO acabar así, no aquel día.

- Tienes suerte de que no sea uno de esos forasteros salvajes, chico, si no estarías más que muerto

Frases como aquella le enfadaban, le llenaban de una repentina energía que tenía que quemar; entonces, se lanzaba gritando enfurecido contra él, apuntándole con la espada,... para luego ser bloqueado con insultante facilidad y acabar cayendo al suelo de un culetazo. Por mucho que lo intentara, no podía evitar ruborizarse. ¿Qué pensaría su padre si le viese así?

- Vamos, chico, levanta - mientras, el maestro le daba pequeños toquecitos en los costados, realmente molestos, con la espada de madera de los entrenamientos - Las caídas tienen que ayudarnos a levantarnos con mayor rapidez, no a dejarnos tirados en el suelo como los excrementos de los caballos

De nuevo se ruborizó. ¡Ya sólo le faltaba eso! "Tú sí que serás caca de caballo", pensaba con los ojos llorosos. Se levantó, llenó de fuerza, listo una vez para seguir con su entrenamiento. Y allí estuvo confinado varias horas, con las tripas rugiendo como una fiera salvaje, hasta que finalmente se obró el milagro: era la enésima vez que el maestro le hacía caerse de culo al suelo, e iba a responderle cuando un repentino estornudo le hizo cambiar de planes. Jon, agotado, aprovechó su oportunidad, y se levantó y, haciendo un esfuerzo descomunal para levantar la espada, acabó rozándole con la punta la nuez.

- Está muerto, maestro - ¿Quién era ahora la caca de caballo?

- Menos mal, llegas a tardar un poco más y quizá no hubiese llegado a ver el final de tu entrenamiento. Ya sabes, a mi edad,...

Como si de un tomate se tratase, la cara de Jon se tornó roja de nuevo. No le gustaba nada el maestro de armas de su padre, siempre era así de "educado" con él mientras que con su padre le faltaba tiempo para lamerle las botas. A él y a la reina. Suspiró, mientras su maestro de armas le decía algo moviendo efusivamente los labios, pero estaba harto de escuchar sus regañinas. Asintió con la cabeza cada cierto tiempo para dar la sensación de que le estaba escuchando mientras distraídamente hacía girar la espada sobre sí misma, y le faltó tiempo para salir corriendo de allí cuando su maestro le dijo que podía irse. Por fin, ¡libertad!

Subió a su habitación a dejar la espada de entrenamiento y volvió a bajar corriendo a los jardines. En el camino se cruzó con el criado de su padre, que le gritó algo, pero Jon no prestó atención: tenía los ojos clavados en los ventanales, desde donde se veía el paisaje, nevado y helado, del exterior. Era un paisaaje realmente hermoso, lleno de matices; nunca había visto nada más bello.

Fue entonces cuando, al doblar la esquina del penúltimo pasillo, chocó contra algo sólido y cayó al suelo de culetazo. No pudo evitar soltar un gemido, pues después de tantas horas de entrenamiento con la espada, cayendo una vez y otra y otra en aquella posición, lo que menos falta le hacía era volver a caer así. ¿Es que no había otras partes del cuerpo? Se llevó una mano al trasero y se lo frotó con gesto lastimero mientras se incorporaba con lentitud; demasiada, ya que tenía todo el cuerpo magullado.

- Discúlpeme, mi lady, yo no quería...

Comenzó a disculparse tal y como sus maestros le enseñaban que tenía que hacer en ocasiones como aquella, pero se interrumpió en cuanto vio el rostro de la mujer contra la que se había chocado. No era una mujer cualquiera, ni siquiera una de las criadas. Era la esposa de su padre, la reina, lady Aspurg. Se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta de la sorpresa, y se apresuró a cerrarla en cuanto se percató. Basante cariño le tenía la mujer como para que encima le tomase por estúpido. Además, aquel día ya había tenido bastante con lo de la caca de caballo...

- Discúlpeme, Alteza. ¿Se encuentra bien? Ha sido una imprudencia por mi parte, no debería haber ido corriendo por el pasillo sin mirar antes si venía alguien; por favor, perdóneme - dijo todo eso de carrerrilla, una vez que empezó fue imposible parar, con la vista fija en las juntas de las baldosas de piedra del suelo. Hola, arañita.

- Ten más cuidado la próxima vez... y lárgate de mi vista si no quieres que se lo diga a tu padre.

Jon estaba tan cortado que aún habiendo pedido disculpas no hacía ni un minuto por haber ido corriendo por los pasillos sin mirar, empezó a correr en dirección a los jardines, alejándose lo antes posible de allí. En cuanto el frío aire norteño le dio en la cara, se paró en donde se encontraba, sintiéndose estúpido. Ni siquiera se había llegado a fijar si lady Aspurg estaba bien; ni siquiera había llegado a enterarse si ella también se había caído después del choque. Tonto. Miró hacia atrás un par de veces, mordiéndose el labio, indeciso. ¿Debería volver? Al final decidió no ir: le había dicho que se largara cuanto antes si no quería que se lo dijese a su padre, y tenía miedo de desagradarla si iba a su encuentro y se lo contase al rey, no quería que se enfadara con él. Y además... evitaba cuanto podía a lady Aspurg, tanto como ella lo evitaba a él.

Ya había sido bastante duro crecer en palacio siendo de sobra sabido por todos que era fruto de un amorío de su padre con una mujer distinta a lady Aspurg: eso le había granjeado el desprecio de muchos hombres al servicio de su padre y de la reina, y también de los ciudadanos que apoyaban a la reina. Sería el resultado de ser guapa y agradable con la gente, suponía. pero entonces, ¿por qué no podía serlo también con él, o al menos intentarlo? Ahí, sospechaba, influía el problema número dos: su madre, al contrario que su padre, no era una norteña. Lo sabía desde bien pequeño, cuando durante uno de sus berrinches dio un puñetazo con todas sus fuerzas contra la pared de su dormitorio y acabó destrozando media pared. Recordaba como si fuera ayer la mirada de la reina al ver aquello por primera vez, y el año y medio que tardaron los constructores norteños en devolver la pared a su normalidad... o casi, ya que el color de las piedras nuevas contrastaba con el de las viejas. Al menos, se decía, su habitación volvía a tener cuatro paredes.

Aquel incidente le había serivdo para darse cuenta de algo: su madre no era norteña. Y tal y como le dijo su padre en la charla que tuvieron inmediatamente después, su madre era un humano del Oeste. No le desveló ningún detalle más, pero Jon tampoco quiso insistir mucho en cuanto vio una sombra de dolor invadiendo el rostro habitualmente feliz de su padre. Ya habría más ocasiones para hablar de aquello.

Después de aquello, y tal y como alguna gente, como por ejemplo su maestro de armas, le recordaba, Jon supo que su lugar estaba allí... pero no con aquella gente. Pero no tenía amigos. Tampoco conocía el apellido de su madre, pero estaba seguro de que no era como ella: todos los días, al despertarse, corría el comedor y se echaba sobre su padre para darle los buenos días con un buen abrazo, y allí se quedaba colgado como un mono; entonces, la sirvienta exclamaba: "¡Mire al pequeño Jon, Alteza, cada día que pasa se parece más a su padre!". Entonces Jon no podía evitar mirar a la reina, pero su padre siempre conseguía distraerle devolviéndole aquel abrazo de oso. Pero eso no quería decir que fuese un aspurg, aunque su padre, y ahora la reina, sí lo fuesen. Debido a su condición de bastardo, jamás podría llegar a convertirse en sucesor de su padre (y, aunque hubiese podido, estaba seguro de que la reina no se lo permitiría). Y entonces, ¿quién era él, quién era Jon?

Comenzó a nevar. Al principio eran copos pequeños, del tamaño de una pulga, pero luego comenzaron a caer cada vez más y más gordo. Sonrió. Aunque no tuviese amigos, aunque no tuviese madre ni apellidos, aquel era su sitio. Echó la cabeza hacia atrás, con la boca abierta y los ojos cerrados, y extendió los brazos. Comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, lentamente, mientras los fríos copos de nieve se depositaban suevamente sobre su rostro, sus manos, sus brazo y el resto de su cuerpo. Rió. Le encantaba aquello. Le encantaba el invierno.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Miér Jun 13, 2012 11:19 am

La última escapada al bosque, para “disfrutar” el frío invernal norteño, le había acabado saliendo cara: al día siguiente, una gripe terrible le había despertado en medio de la noche, y la fiebre y los escalofríos no le dejaban volverse a dormir. Se levantó lentamente; era lo más deprisa que su estado le permitía, además de que, al menor movimiento brusco, todo comenzaba a darle vueltas. Fue dando tumbo por el pasillo, cerrando los ojos con fuerza cuando chocaba contra las paredes o las antorchas, apagadas, y el sonido retumbaba molestamente por toda la estancia. No supo como, en sus condiciones, logró llegar hasta el dormitorio de lady Aspurg y su padre, pero al final lo consiguió.

Al principio, en la puerta, se topó con dos guardias que, en cuanto le vieron y adivinaron sus intenciones, intentaron hacerle volver por donde había venido.

- Los reyes están durmiendo, y usted también debería, joven señor. ¿No sabe la hora que es?

- Ya sé que es tarde; no buscaría al rey a estas horas si no fuese importante.

Los guardias se miraron a la cara unos instantes, entre divertidos de que alguien tan pequeño como Jon, que por aquel entonces tendría seis años, hablase como alguien adulto, y curiosos por saber qué sería aquello que el joven Jon tenía que contar a su padre a esas horas de la noche. Claro que eso fue porque no había una iluminación demasiado buena: de haberla habido, habrían visto el rostro pálido y sudoroso de Jon y sus marcadas ojeras y seguramente habrían actuado de modo distinto.

De cualquier modo, cuando Jon entró en la habitación y los guardias cerraron la puerta tras de sí, se movió a paso lento pero seguro hasta el lado donde dormía su padre y alzó una de sus pesadas manos para tironearle de la manta con la intención de despertarlo. Sin embargo, la que se despertó fue su esposa, la reina.

- ¿Qué quieres a estas horas, Jon? ¿No sabes la hora que es?

Y dale con la hora. ¿Por qué a todo el mundo le había dado por lo mismo?

- No pretendía molestar, Alteza. Sólo quería hablar con mi padre…

- ¿Y para qué, no decías que no querías molestarle? – lady Aspurg se movió con brío entre las sábanas y se apoyó en su codo, mirando de frente a Jon desde la cama – El rey llegó ayer de una larga expedición en tierras lejanas y estará demasiado cansado como para tener que oír ahora mismo las…

- ¿Qué está pasando aquí?

La voz adormilada del rey interrumpió a su esposa. Se formó un tenso silencio entre ambos, mientras el rey se giraba en dirección a la reina y después, entre maldiciones, se giraba para el lado contrario, a ver que era lo que estaba mirando.

- ¡Jon! ¿No deberías estar…? – el rey enfocó bien el rostro de su hijo y enmudeció repentinamente. Su cara se transformó en preocupación al ver el rostro de su hijo - ¡Santo cielo! ¿Por qué no me has despertado antes? Te voy a llevar a tu habitación; Eloisse, ve a buscar a los sanadores y llévalos a la habitación de Jon.

Rápidamente, el padre alzó en brazos al hijo con gran agilidad y pusieron rumbo rápidamente a la habitación del niño. Con la cabeza apoyada en el hombro de su padre, agotado por la fiebre, Jon vio la mirada fulminante de la reina segundos antes de que se girase y saliese de allí en busca de los sanadores.

Al fin llegaron a la habitación de Jon; Robert tendió a su hijo con delicadeza en la cama y lo arropó bien con las mantas, pero como su hijo seguía teniendo frío mandó al criado a por otras tantas más. Mientras llegaba, Robert se sentó en el borde de la cama de su hijo, que lo miraba con gesto triste y no hacía más que estremecerse.

- A partir de ahora se acabaron los paseos por el jardín, Jon. Ya me encargaré de que no se te deje salir hasta que no vayas bien abrigado.

- Pero padre, ¡no es justo! Yo no…

No sabía como decirle a su padre que le daba vergüenza ir abrigado como una cebolla cuando el resto de hombres norteños se las apañaban con una simple camisa de manga larga, así que calló. Pero su padre debió de verle la vergüenza en el rostro, porque le sonrió con ternura y le cogió una de sus manitas.

- No tienes que preocuparte de lo que piensen los demás. ¿Sabes, Jon? A lo largo de tu vida vas a toparte con todo tipo de gente, alguna de confianza y otra en quien no confiarías ni tu sombra, y te tendrás que llevar bien con ellos porque no te quedará otro remedio; entonces no te vas a preocupar de lo que piensen de ti o no, porque te va a dar completamente igual: sólo harás lo que te convenga y sea mejor para ti.

- Eso es egoísta – puntualizó Jon, que había escuchado muy atento a su padre; siempre lo hacía.

- Exacto. Pero en el fondo es lo mejor para cada uno.

Se acercó a darle un beso en la frente mientras Jon cerraba los ojos, notando el aliento de su padre por encima de sus cejas. Entonces, un murmullo de voces acercándose comenzó a oírse por el pasillo, cada vez más y más alto, hasta que un sanador muy anciano entró en el cuarto de Jon y avanzó a zancadas amplias y decididas en dirección al rey, sin reparar ni un momento en Jon.

- Lady Aspurg dice que me necesitais, Alteza. ¿Os encontráis bien?

- Es mi hijo quien debería preocuparos, Lewis. Está ardiendo de fiebre y frágil como un pajarillo. ¿Se pondrá bien?

En sanador avanzó con decisión hacia la cama del niño, al que miraba como si hubiese aparecido de repente en la habitación como por arte de magia. Después de comprobar su pulso, de oír sus respiraciones y de palpar su frente, tras haberse tomado su tiempo, se incorporó de nuevo y se dirigió al rey, dándole la espalda al niño.

- El joven señor tiene una mala gripe, Alteza. Con mucho descanso y tomando cuando despierte uno de mis brebajes de hierbas, el joven Jon recuperará la buena salud en cuestión de días.

El rey se mostró satisfecho con el veredicto del sanador, y esperó en el marco de la puerta mientras el sanador Lewis le administraba el brebaje al niño, que puso cara de asco nada más rozó los labios.

- Sé que el sabor es horrible, mi joven señor, pero vuestra salud es frágil y si no lo tomáis me temo que vuestra gripe no hará más que empeorar.

Jon asintió, aceptando con valentía que tenía que beberse aquello, no le quedaba otra opción. Pudo haberse tapado la nariz, pero no lo hizo: bebió a pelo todo el cuenco de brebaje. Al principio pensó que acabaría por vomitarlo, pues notaba como se le revolvía las entrañas nada más tragarlo, pero por suerte no fue así. El sanador ayudó al niño a recostarse en la cama, y entonces su padre tomó el relevo y el sanador abandonó la habitación. De nuevo Robert y Jon estaban solos.

- Ahora descansa, ya has oído al sanador – lo dijo en un tono que no admitía discusión, mientras arropaba a su hijo con las mantas que le había traído el críado.

- Pero… - Jon todavía no quería dormir. Estaba cansado, pero podía aguantar un poco más para preguntarle a su padre por su madre, por la de verdad.

Robert miró a su hijo negando con la cabeza, y por fin Jon apoyó la cabeza en las almohadas y admitió la derrota. Dejó que su padre le diese un beso de buenas noches antes de abandonar la habitación, mientras Jon tenía la vista fija en el techo, pensando en como sería su verdadera madre y en como la acabaría conociendo, de casualidad, acompañando a su padre en una de sus expediciones, con una espada de verdad enganchada al cinto. Al final, el brebaje del sanador hizo efecto y Jon se quedó dormido.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Vie Jun 22, 2012 10:33 am

Hacía unos días que todo era revuelo en el castillo. No hacía falta que nadie dijese nada: a sus seis años de edad, Jon era lo suficientemente consciente de que aquello significaba problemas… ¿o no?

Aquel día se encontraba enfurruñado. Por un lado, su padre no había tenido tiempo para ir a despertar a su hijo a la cama, como había podido comprobar cuando la nariz ganchuda y la verruga de su cuidadora casi le provocan un infarto nada más despertar. Por otro lado, después de desayunar, Jon había ido a buscar a su padre, pero este le había rechazado con un simple movimiento de la mano (“Ahora no tengo tiempo para juegos, Jon, el destino de nuestro pueblo pende de un hilo muy fino”, había dicho con aquel tono autoritario de rey) y su escolta, formada por soldados de su ejército, no le había dejado acercarse más. De modo que ahí se encontraba, sólo, sin otra compañía que la de su sombra… a no ser que se metiese en estancias completamente a oscuras.

De modo que, aburrido de estar solo, decidió colarse sigilosamente en el salón del trono, donde había visto que se había dirigido antes la comitiva de su padre con sus soldados. No supo como consiguió entrar sin hacer ruido, pero lo hizo. Rápidamente, se escabulló hacia una de las columnas y se quedó allí oculto, aunque asomado lo justo para poder cotillear que era lo que mantenía tan ocupado a su padre para no poder pasar tiempo con él.

La presencia del rey Robert sentado en su trono era una imagen digna de admirar, Jon no había visto nada más deslumbrante: su padre, junto con su atractivo físico y su don de gentes, poseía un… algo, una pose especial, que recordaba a los antiguos dioses de las leyendas que le contaba su cuidadora. En ese momento, Jon comprendió el enorme peso que caía sobre los hombros de su padre y se prometió no volver a enfadarse nunca con él. Pero el rey no estaba solo: había otro hombre, más o menos de su misma edad, charlando animadamente con él al fondo de la sala. Y también llevaba corona.

Jon se asomó un poco más desde detrás de la columna para poder examinar mejor quien era aquel supuesto rey y que tipo de relación tenía con su padre, pero entonces algo le tocó la espalda y Jon se volvió sobresaltado.

- Vaya, hombre, tampoco era para tanto… – el desconocido, unos años más mayor que Jon, se rascó la parte trasera de la cabeza algo cohibido por la reacción de Jon. Por su parte, Jon se quedó mirando hacia arriba al niño mayor, que medía unos palmos más que él. – ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí escondido? No estarás intentando robar o algo, ¿verdad? El rey podría detenerte por traición, y te meterían en una sucia y oscura cárcel y te podrían acabar colgando en la plaza del pueblo y…

Jon escuchaba a medias lo que decía el chico mayor, aunque lo de la cárcel y lo de después no le gustó como sonó, mientras le miraba con detenimiento. Llevaba ropas caras y lujosas, como las que tenía Jon para las ocasiones especiales o puede que incluso un poco más caras y lujosas, pero lo que más llamó la atención de Jon fue la corona que llevaba aquel chico en la cabeza. Sus ojitos infantiles brillaban de la emoción, era muy muy bonita, no como la suya, que era transparente porque no existía. ¿por qué no tendría él una corona? Igual se la estaban haciendo con todas las joyas y el oro de las minas del Valle y por eso estaban tardando, o igual unos bandidos habían asaltado a los mineros cuando estaban llegando al Norte con el oro y se lo habían robado, o quizá la reina le había confiscado su corona como castigo por el lío que había montado hacía unos días en las cocinas. Sí, sin duda algo habría pasado, pero Jon estaba seguro de que pronto tendría su corona…

- ¿Hola? ¿Me oyes? – el chico mayor miró a Jon desconcertado – ¿Eres sordo o algo?

En ese momento, cuando el chico mayor comenzó a hacer aspavientos exagerados con las manos, Jon no pudo evitar soltar una tremenda carcajada que resonó por todas las paredes de la sala. El murmullo de voces entre los dos reyes, al fondo de la sala, paró de golpe mientras ambos se dirigían hacia donde estaban los niños para ver a qué venía ese alboroto, pero ninguno de los niños se dio cuenta.

- ¿De qué te ríes? – preguntó el chico mayor, visiblemente molesto

Jon no pudo evitar ruborizarse cuando el otro niño se dirigió a él de forma tan brusca y poco delicada, y paró de reír tan deprisa como había empezado a hacerlo.

- Pe… Perdóname, es que ha sido muy gracioso – Jon se irguió y se puso serio; parecía aparentar muchos más de los seis años que tenía, quizá casi tantos como el otro niño, aunque le fallaba la diferencia de estatura. Estiró una mano en dirección al otro niño y se presentó con solemnidad, tal y como hacían los reyes según mandaba la antigua tradición – Mi nombre es Jon, y soy el hijo del rey Robert Aspurg, el rey en el Norte.

- Bradley – contestó el otro chico, sorprendido por la aparente madurez del que se suponía que era más pequeño, estrechándole la mano. Pero la sorpresa le duró poco, y pronto se recuperó y volvió a su gesto aburrido anterior – Bueno Jon, y dime, ¿qué…?

- ¡JON!

- ¡BRADLEY!

Los niños se quedaron blancos del susto y por un momento no hicieron otra cosa que mirarse el uno al otro con caritas asustadas, como pidiéndose ayuda el uno al otro, y después miraban también a sus padres, delante de ellos, entre sorprendidos y molestos.

- ¿Qué diantres haces aquí, Jon? Creí haberte dicho que hoy no tenía tiempo para jugar contigo…

- Lo siento, padre, yo…

Jon miró al chico mayor como si estuviese a punto de echarse a llorar, al fin y al cabo todavía tenía seis años, aunque no lo aparentase la mayoría de las veces; el otro niño, Bradley, no se lo habría pensado dos veces, pero su padre le interrumpió cuando iba a abrir la boca.

- No sé qué vamos a hacer contigo, Brad. ¿Qué parte de “estate quieto” no entendiste?

- Pero padre… ¡es que me aburría mucho! – entonces Jon entendió el porqué de la expresión de aburrimiento de su amigo, y no pudo evitar mirarle unos instantes sonriendo inconscientemente. Mientras, Bradley seguía intentando explicarse ante su padre – Y entonces vi a Jon detrás de la columna observando a ver que hacíais el rey Robert y tú y… y…

Jon miró a Bradley con expresión de enfado que luego sustituyó por una de miedo cuando miró a su padre, que lo observaba severo. Entonces, Bradley se dio cuenta de que había metido la pata y cayó, arrepentido. Jon se preparó para recibir una reprimenda por parte de su padre… pero nunca llegó. Por su parte, el padre de Bradley miraba sonriendo a los dos niños, aunque aún seguía un poco molesto con su hijo.

- ¿Qué opinas, Roger?¿Deberíamos castigar a estos delincuentes por sus viles actos?

Jon miró a su padre con temor mientras recordaba lo que había dicho antes Bradley sobre las cárceles y lo de colgarlos en el pueblo. Bradley también lo recordaba y, aunque lo había dicho bromeando, temía que le acabasen pagando con su misma moneda. Aunque aquella expresión de su padre, sonriente, no supo como interpretarla… ¿Acaso el rey Roger se alegraba de que castigasen a su hijo?

Los niños vieron, paralizados de miedo como estaban, como el rey Robert hacía llamar a los soldados que estaban custodiando la puerta. A paso lento, o por lo menos para los niños, que no hacían más que mirarse y tragar saliva, los soldados se acercaron y se colocaron frente al padre de Jon.

- Sir Harold, sir Andrew, acompañad a Jon y al príncipe Bradley a los jardines; que jueguen allí si quieren mientras el rey Roger y yo tratamos nuestros asuntos…

Los soldados escoltaron a los niños afuera mientras estos no dejaban de volver atrás la cabeza, sin entender a sus padres. Una vez cerrada la puerta al salón del trono, los niños dejaron fija la vista hacia delante y no intercambiaron ni una sola palabra, concentrados en sus asuntos. Pero cuando los soldados del padre de Jon se retiraron, Bradley soltó un suspiro y negó con la cabeza

- ¿Qué sucede? – preguntó mirándole con curiosidad

- Nada, es sólo que… no hay quien les entienda. ¿No crees? – se encogió de hombros y, tras suspirar una última vez, dio un toque a Jon en el brazo y salió corriendo hacia el lado contrario con una sonrisa burlona en la cara – ¡Tú la llevas!

Jon se quedó desconcertado, sin entender muy bien qué acababa de pasar, pero enseguida comenzó a reír fuertemente mientras corría detrás de Bradley concentrado al máximo, intentando pillarle.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Mar Jun 26, 2012 9:49 am

El día llegaba a su fin mientras el castillo volvía a su tranquilidad habitual, recuperándose del frenesí del día. Jon aún seguía enfurruñado con su padre por no haberle querido hacer caso en todo el día, y aunque durante el rato que había pasado con Bradley se le había olvidado el enfado hacia su padre, tan pronto este se fue volvió a recordarlo todo y una expresión de enfado volvió a su cara. Robert no tenía la culpa, aquello era parte de su misión como rey, pero no podía soportar que terminase el día sin que su hijo, habitualmente charlatán e inquieto, no le dirigiese más que un gesto serio y hosco.

De modo que, tan pronto llegó la noche y pudo deshacerse de su papel de rey, fue a la sala de juegos a buscar a su hijo. Pero Jon no estaba allí. Fue a mirar a las cocinas, pero le dijeron que hacía rato que Jon se había marchado, no sin antes, como bien le acusó una de las cocineras, robar un par de muslos de pollos y una manzana. El rey no pudo evitar echarse a reír mientras salía de allí y ponía rumbo al único sitio posible que quedaba donde podía estar Jon, sin dejar de pensar que su hijo comía más que cualquiera de sus caballeros y, sin embargo, estaba demasiado delgaducho para todo lo que comía. ¿Sería de tanto moverse?

Robert se detuvo al llegar a los establos y entró sin hacer ruido, saludando con un gesto con la cabeza a los guardias. Un sonido ronco, acompasado, llegaba desde el pasillo de la izquierda, y Robert fue hacia allí. Su hijo Jon estaba tumbado junto a su caballo, Pluma, mientras este intentaba arrebatarle delicadamente la manzana a medio comer de la mano del niño. Robert sonrió con ternura al ver la escena, y su sonrisa se amplió más cuando advirtió los restos de los muslos de pollo junto a la barriga de su hijo, que se agarraba con las dos manos. El caballo, que entonces se dio cuenta de la presencia de su amo, dejó de intentar comerse la manzana y se incorporó poco a poco, mirando al rey con solemnidad. Por su parte, Jon resbaló y quedó completamente tumbado sobre el heno, pero no pareció darse cuenta: tenía la boca entreabierta y roncaba profundamente. Robert se acercó, acarició un par de veces a su caballo y se agachó para recoger a Jon, que se agarró firmemente al cuello de su padre, tanto que incluso le hizo un poco de daño. “Tiene la fuerza de su madre…” pensó con un suspiro.

Minutos después, padre e hijo salían del establo camino del castillo, y media hora después Jon seguía profundamente dormido mientras Robert le quitaba las botas, le metía en la cama y le arropaba con las mantas. Dio un beso de buenas noches a su hijo, y se disponía a salir por la puerta cuando tropezó con algo duro: el escudo de entrenamiento su hijo. Robert intentó cogerlo, pero no llegó a tiempo: el escudo rebotó contra el suelo, sonando estrepitosamente unos segundos que se hicieron eternos hasta que al final quedó quieto sobre el suelo.

- ¿Padre? – preguntó Jon, adormilado, al verle de pie junto a su cama – ¿Cómo he…?¿Qué haces aquí?

El rey volvió a sentarse al borde la cama de su hijo, colocándole bien las sábanas y acariciándole el pelo, no sin antes volver a dejar el escudo en su sitio, bien colocado.

- Te quedaste dormido en los establos, así que te he traído aquí. Siento haberte despertado, choqué contra tu escudo – el rey dio otro beso a su hijo en la frente y se dirigió hacia la puerta – Duérmete, es tarde y mañana nos espera un día muy largo.

- No tengo sueño – era verdad; el niño era incapaz de volver a conciliar el sueño en aquel momento, se había desvelado. Miró a su padre, implorando – No te vayas, por favor.

El rey suspiró y, con la sonrisa que le dedicaba siempre a su hijo, asintió con la cabeza y volvió a sentarse en el borde de la cama. El niño se arrebujó como pudo contra el cuerpo de su padre, poniéndose cómodo.

- Te perdono

- ¿Cómo dices? – preguntó el rey, confuso.

- Que te perdono. Estaba enfadado contigo porque no me habías hecho caso en todo el día, pero la verdad es que en cuanto ha venido Bradley me he olvidado de todo eso. Y me lo he pasado muy bien – añadió el niño con un brillo de emoción en los ojos, alegre, como si con esa frase se zanjase la discusión

- ¿Ah, sí? Cuéntame, ¿qué habéis hecho?

Jon le contó emocionado todo lo que había hecho con Bradley, desde donde se había escondido cada uno jugando al escondite y las veces que habían muerto como terribles piratas jugando a los reyes hasta las conversaciones de niños que habían mantenido. Sin embargo, inconscientemente, el rostro del rey se ensombrecía por momentos al abordar ciertos temas de conversación, y llegó un momento en que no escuchaba a su hijo. El rey Roger había tenido una relación extramatrimonial con una norteña y juntos habían engendrado a Bradley, y aunque a su esposa no le hiciese gracia, había cuidado de ese hijo como si fuese suyo y estaba destinado a ser su heredero. Pero con Jon no pasaría eso, jamás, Eloisse no lo permitiría. Jon nunca se podría convertir en su heredero cuando él faltase, no a menos que le legitimasen, y Eloisse no daría su brazo a torcer, no por Jon. Y Jon nunca podría llevar una corona de príncipe, como Bradley, que tanto le había gustado a Jon porque Jon nunca podría ser rey. Y lo peor era que Jon aún era demasiado pequeño para entender nada, aunque hasta entonces nunca le había preguntado; en su fuero interno, rezó para que ese día tampoco fuese aquel.

- … pero Bradley me encontró detrás del seto e intenté escapar, pero se me enganchó la capa en el seto y me caí, y Bradley me intentó agarrar pero perdió el equilibrio y caimos juntos al suelo y se le cayó la corona y todo. Fue muy chuli

El rey intentó dejar sus preocupaciones a un lado y dedicó una gran sonrisa a su hijo.

- Me alegra que el príncipe Bradley y tú os llevéis tan bien – con una mano, revolvió el pelo de su hijo – ¿Sabes? Creo que si todos hiciéramos lo que el joven príncipe y tú, las guerras no tendrían cabida en El Valle.

- No te preocupes, Padre; cuando sea rey intentaré llevarme bien hasta con los Más Alejados, no te quepa duda. Aunque… antes necesitaré una corona bonita y brillante como la tuya o como la del padre de Bradley o como la de Bradley – en ese momento recordó a lo que había estado dando vueltas todo el día, y miró atento a su padre – ¿Por qué Bradley tiene una corona y yo no?

El rey miró a su hijo con gesto de dolor, triste de que los dioses no le hubiesen escuchado. Suspiró y se quedó callado un momento, intentando hacer caso omiso de las muecas apremiantes de su hijo. ¿Tenía que darle la verdadera respuesta o le soltaría una mentirijilla piadosa hasta que estuviese preparado? Suspiró de nuevo. ¿Cuándo iba a estar preparado? A sus ojos, ojos cariñosos, tiernos y atentos de padre, nunca lo estaría, y era un rey valiente, que le hacía frente a todo tipo de demonios como su padre le había enseñado; ya era hora de que enseñase a su hijo a combatir a los suyos.

Antes de hablar se acomodó mejor en el borde de la cama.

- Jon… ¿nunca te has preguntado por qué a ti nunca te han llamado “príncipe” mientras que, por ejemplo a Bradley, se le conoce como tal?

El niño se quedó mudo, anonadado; esa era otra de las cosas a las que había estado dando vueltas aquel día. La única respuesta a la que llegó era que Bradley tenía once años y era lo suficientemente mayor para que se le reconociesen esos títulos, pero no le convencía del todo: recordando sus clases de Historia, todos los príncipes, reyes y grandes señores habían nacido ya con aquel título. Incapaz de dar una respuesta coherente a su padre, Jon asintió lentamente con la cabeza.

- Verás… el príncipe Bradley y tú tenéis muchas cosas en común, más de las que crees. – paró antes de seguir para tomar aliento, sin poder evitar acordarse de Roger y su hijo, y la misteriosa desconocida que era la madre del niño – Tanto el rey Roger como yo nos hicimos… eh… amigos de dos mujeres de otros territorios extranjeros, y de esa…. Eh… amistad nacisteis vosotros. Ambos volvimos a nuestros palacios con un nuevo bebé debajo del brazo, pero las dos criaturas no tuvisteis las mismas acogidas.

El rey Robert se detuvo, con los labios fruncidos en una línea, mientras el pequeño Jon intentaba atar los cabos.

- ¿Lady Aspurg? – su padre asintió con gesto enfadado – ¿Por qué? ¿Acaso era un bebé muy malo que lloraba cada dos por tres y despertaba siempre a todo el castillo?

- No, Jon, nada de eso; es muy complicado – Robert se secó el sudor de la frente con la manta y cambió de posición, incómodo; en ese momento Jon le miró y le pareció estar viendo a una versión envejecida de su padre, como si de golpe hubiese envejecido diez años – No te hace falta saberlo por ahora, pero el caso es que, como ya sabes, lady Aspurg no es tu madre, y tú eres un bastardo.

- No me gusta esa palabra, Padre - el niño tenía expresión de miedo y ojos llorosos – En el pueblo se cuentan historias horribles sobre los bastardos – No, no podía ser, ¿cómo iba a ser él un bastardo?

El rey, leyendo la expresión de miedo y desconcierto de los ojos de su hijo, tuvo ganas de callarse y atraer al niño contra su pecho hasta que se quedase dormido como hacía varios años atrás cuando Jon era más pequeño y se despertaba asustado en medio de la noche y no podía dormir. Pero ya no podía quedarse callado, y tenía que terminar de contar su historia.

- Pero es lo que eres

El rey tenía la voz rota de dolor y miraba a su hijo con tristeza. En ese momento recordó a su madre como volviese a estar nuevamente delante de él, el uno frente al otro, como la noche en que concibieron a Jon.

- Entonces…¿nunca podré ser rey? – el rey negó con tristeza con la cabeza – ¿Nunca seré príncipe?¿Nunca podré llevar una corona bonita y brillante como la de Bradley?

Los ojos se le anegaron en lágrimas mientras veía a su padre negando nuevamente con la cabeza; en ese momento, no se sabía quien tenía una expresión de mayor tristeza: el padre o el hijo.

- La única solución sería legitimarte, y eso sólo lo puede hacer un rey; yo lo haría encantado, y lo sabes, pero… la reina no dará su brazo a torcer. Y ante eso yo no puedo hacer nada, Jon. Lo siento.

El rey apartó en ese momento la vista para que su hijo no le viese llorar; en ese momento, Robert, que amaba con locura a su joven y bella esposa, también sintió algo que nunca había sentido hacia ella y que no se veía capaz de sentirlo nunca hacia esa mujer. Odio.

- Pero, ¿por qué? Tú eres su marido, Padre, y los dos os queréis. Convéncela – tal y como lo planteó Jon, el rey no sabía si reír o llorar; parecía algo tan fácil dicho así… y en cambio la realidad no era tal, por desgracia.

- No puedo, Jon

- Claro que puedes, eres el rey

- Y ella la reina; estamos en igualdad de condiciones, y si ella no acepta no tengo nada que hacer.

- Eso es mentira. Ni siquiera lo has intentado, lo sé

Las lágrimas impidieron al rey seguir hablando, y Jon interpretó su silencio erróneamente. Se giró con brusquedad entre las sábanas hasta que dio la espalda a su padre, enterró la cabeza en la almohada y se tapó con las sábanas hasta la cabeza como buenamente pudo.

- Márchate, Padre; es tarde y ya debería estar durmiendo – dijo esas palabras sin rastro alguno de emoción, intentando que no se le notase que estaba llorando.

El rey, incapaz de replicar, apagó la bujía y salió a paso lento de la habitación y cerró la puerta al salir. Tan pronto como Jon oyó que estaba solo, se destapó la cabeza de las sábanas y comenzó a llorar abiertamente, sin contenerse, sin ser consciente de que el sonido retumbaba de forma macabra entre las cuatro paredes de su habitación. Ahora entendía por qué nadie le llamaba “príncipe”, por qué tanta gente le miraba como si no se hubiese duchado en días mientras que otros le miraban con una sonrisa burlona en la cara u otros tantos con expresión de pena mientras negaban con la cabeza. Entendía muchas muchas cosas. Pero aún había una cosa que no entendía. ¿Por qué la reina lo odiaba tanto?

Jon estuvo tan ocupado dándole vueltas a sus problemas entre lágrimas que no se durmió hasta casi el amanecer, cuando el cansancio y la pena pudieron con él.






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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Vie Jul 06, 2012 3:55 am

Aquel era el día, ese sí. Por fin, Jon iba a salir de expedición, de verdadera expedición, con su padre y sus caballeros; llevaría su propia armadura, su propia espada y su propio escudo, y pelearía y mataría a sus enemigos como un miembro más de la misión.

Desde hacía varios años ya acompañaba a su padre en partidas de caza junto a algunos otros grandes señores, o en alguna que otra misión diplomática, sobre todo al Oeste, ya que su amigo Bradley, era el rey y estaba encantado de recibirles en cualquier ocasión… aunque desde que estaba en su cargo, Jon lo notaba algo más serio, comprometido con su causa, menos dado a realizar las travesuras de antaño (aunque eso no significaba que no hiciese alguna que otra). Pero no, aquella expedición no era al Oeste, y tampoco era en compañía de Bradley. Se dirigían a los territorios del Este, a su castillo a realizar, o más bien intentar, una misión diplomática: su padre, el gran rey adorado por todos, el magnífico Robert Aspurg, iba a intentar establecer la paz con el líder del Este y así poner fin a las relaciones bélicas que llevaban manteniendo ambos territorios desde tiempos innombrables. Jon se enorgullecía tanto de él, era tan valiente y caballeroso…

Fue una jornada de viaje larga, ya que al día y medio habitual que se tardaba en llegar había que sumarle los descansos que tenían que hacer para comer algo y que descansaran ellos y sus caballos. En total, tardaron poco más de dos días en llegar, pero recibieron una cálida acogida por el rey de los Humanos del este, que incluso les dispuso de unas habitaciones con criados para que se lavasen y descansasen después del largo viaje. Pese a los reparos de Robert, a Jon no se le permitió acompañar a su padre durante las negociaciones con el rey del este, y también notó como su recibimiento fue algo más frío que el de los demás; naturalmente, ya sabía por qué era: mestizo e hijo ilegítimo del rey. ¿Para qué quería más? De modo que, mientras sir Brandon Flynt, uno de los caballeros de su padre, ocupaba el lugar que por derecho le habría correspondido a él, Jon se dedicó a deambular por los pasillos… hasta que se cansó de las miradas entre repugnancia y lástima que le dirigía la gente con la que se cruzaba. Le hacía sentirse sucio, impuro. ¿Acaso se merecía él todo aquello, sólo por ser hijo de quien era… o por no serlo de quien debía?

Jon permaneció en sus aposentos, muy cómodos y luminosos, aunque más pequeños que sus aposentos de verdad en el palacio de su padre, hasta que ser Brandon fue a llamarle a su puerta.

- Mi señor Jon, vuestro padre os espera en el patio y ya está listo para partir

- ¿Ya? ¿Tan pronto? – apenas había pasado una hora desde que la reunión entre los dos reyes comenzase; lo normal era que durasen entre medio día y dos días, pues eran muchas las cosas a debatir – ¿Tan mal ha ido?

- Esperemos que no, mi señor. Vuestra padre ha expresado maravillosamente sus condiciones para el tratado de paz; el otro rey no le ha interrumpido ni por un momento, y ha prometido enviar a un emisario en unos días con su respuesta, pues, según ha dicho, son demasiados asuntos en los que pensar como para decidirlo en un mismo día.

Jon despidió a ser Brandon y se empezó a colocar de nuevo su armadura con una sonrisa torcida asomando en su boca. Su padre era un gran hombre y un gran rey, pero tenía caballeros que no se quedaban atrás…. como ser Brandon. Era el hombre del ejército de su padre que mejor le caía, seguramente porque era de los pocos que le trataba como una persona normal, sin importarle tres pimientos quien fuese o no su madre; además, también influía el hecho de que su hijo Lucas y Jon fuesen amigos desde bien pequeños, ya que ambos habían padecido juntos desde bien pequeños al excepcional maestro de armas de Robert. Sea como fuere, Jon veía en Brandon, aparte de a un gran caballero, a una gran persona, incluso puede que hasta a un amigo. De los pocos amigos que podía llamar como tal.

Jon se reunió con su padre en el patio y, tras esperar a que acudiesen el resto de caballeros (Jon observó el despido cariñoso que le dedicaba una criada a uno de ellos desde detrás de una columna), pusieron rumbo al Norte, rumbo a casa.

Si el camino de ida había sido duro, el de vuelta fue peor. Tan pronto como se iban acercando al Norte se iba haciendo notable en el clima el cambio en la temperatura y en paisaje exterior. Un cálido y resplandeciente sol que bañaba a verdes y frondosos bosques dejaron paso a un cielo encapotado con nubes de tormenta que se alzaba sobre unos árboles desnudos, sin hojas, sobre los que siempre era invierno; además, la nieve también estaba allí para recibirles, formando una gruesa capa que les dificultaba y ralentizaba en el camino de vuelta a casa. Sin embargo, Jon no lamentaba el cambio: le gustaba aquello, le gustaba el Norte; hacía años que había asumido aquello como parte de quien era y se había creado, a falta de uno, su propio apellido, Winter, y aunque al principio la gente lo había tomado como una burla, luego comenzaron a admitirlo tal cual era. Y es que Jon Winter era un hombre del gélido y constante invierno norteño.

Tras dos largas jornadas de viaje sin apenas descanso, la segunda noche cayó cuando estaban ya en el bosque de sus tierras. Como la mayoría de hombres, Jon apenas podía sostenerse erguido sobre el caballo, pues la falta de sueño ya le estaba pasando factura, pero no quería que lo tachasen de cobarde por ser el primer hombre en decirlo. Todos los hombres allí reunidos dejaron escapar una exclamación de alivio cuando su rey les dio la orden de pasar allí la noche. Pero antes tenían que buscar un refugio… que, para desgracia suya, como comprobaron poco después, no existía. De modo que allí permanecieron, apoyados en los troncos de los árboles con el trasero en la fría nieve; ninguno se acordó de la cena, pues tenían más sueño que hambre, y así, poco a poco, uno a uno, todos se fueron quedando dormidos.

Jon despertó sobresaltado al oír un grito que retumbaba entre medias de aquellos árboles. Cuando se despejó, volvió a oír al grito de nuevo, más fuerte que antes, y se dio cuenta de que aquello no podía ser humano… aunque sí se oían algunos murmullos humanos entre medias.

- …piel de lobo de auténtica calidad, señores. El rey estará orgulloso ¡y ya veremos quien es entonces el forajido!

Jon se alarmó en cuanto oyó la palabra forajido. ¿Y si eran delincuentes norteños, enfadados con alguna de las sentencias dictadas por su padre? Dirigió un rápido vistazo a Robert, que dormía como un bebé con la cabeza ladeada y la boca entreabierta, murmurando en sueños palabras ininteligibles; el muchacho dirigió la mirada a los árboles cuando oyó un nuevo grito y sin pensárselo dos veces, desenvainó su espada y se internó en dirección al lugar de donde salía el ruido.

- ¿Quién anda ahí? – cuando se oyó, Jon no se reconoció su propia voz; era aquella que usaba su padre cuando hablaba como “Robert el rey”, no como “Robert el padre de Jon” – Estáis en territorio norteño, bajo el gobierno del Su Majestad el rey Robert Aspurg, y cualquier acto que cometáis debe ser respondido ante él

A Jon no le tembló la voz ni un momento, ni tan siquiera el pulso, aunque no podía evitar sentirse nervioso. Estaba solo, y no veía cuantos eran sus enemigos. ¿Y si eran diez, o veinte, o cincuenta? ¿Y si eran todos esos contra Jon?

- Nos cagamos en los pantalones, chico – en la voz de aquel hombre era evidente el sarcasmo, mezclado con un tono despectivo que a Jon no le gustó nada – Y también nos cagamos en las leyes y la justicia de tu estúpido rey. ¡Muéstrate para que podamos cagarnos en ti también, muchacho!

A Jon no le quedó otra que salir finalmente al claro donde estaba aquellos hombres, y durante un momento se quedó horrorizado con lo que vio. Ya sabía de donde venían esos gritos, y efectivamente no eran humanos. En el suelo, la blanca nieve estaba teñida de rojo, manchada con la sangre de algunos cuantos lobos; Jon intentó contarlos, pero le entraron naúseas cuando iba por cinco y perdió la cuenta. Eran todos tan pequeños, apenas recién nacidos, menos uno, gigante, que yacía en el suelo con la lengua para afuera… El joven se tuvo que obligar a sí mismo a no vomitar, no allí, solo, rodeado de aquellos hombres… que resultaron ser dos, de aspecto sucio y desaliñado y con armas mal afiladas y muy rudimentarias, con aspecto de campesino. Aquello fue la gota que colmó el vaso, y Jon no pudo aguantarse más. Se giró hacia el árbol más cercano y vomitó hasta quedarse vacío, y casi se arrepintió de haberlo hecho tan pronto una sensación de debilidad y unos ligeros temblores le embargaron todo el cuerpo. Quería irse a casa. Por su parte, los desaliñados forajidos echaron a reír… o al menos uno, ya que el otro emitía un sonido muy extraño que Jon no supo muy bien identificar que era.

- Ya veo que nunca has matado a un hombre, chico: es mucho, mucho peor. Las tripas se les salen por la barriga como serpientes que hubiesen cobrado vida mientras la sangre sale a borbotones llevándose los últimos rastros de vida a su paso y un velo grisáceo va tapando los ojos de tu víctima para nunca más desvelarse, y entonces…

- Para, por favor – Jon se llevó la mano libre a la boca, en un vano intento de evitar una nueva vomitera.

- Así que quieres que pare. ¿Has oído eso, Hablador? ¡El muchacho quiere que pare! – de nuevo, ambos volvieron a reír con aquella risa tan escalofriante de antes mientras Jon los miraba con una mezcla de miedo, repugnancia y odio – Pues no me da la gana

Para demostrarlo, cogió una bola blanca que Jon no había visto hasta entonces; debía ser el último cachorro vivo que quedaba, blanco y con ojos rojos como la sangre, y que emitía gemidos lastimeros mientras enseñaba sus pequeños dientecitos al forajido. Jon miró paralizado como el hombre se sacaba un puñal del cinto y lo dirigía hacia la barriga del animal, pero entonces…

- ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHH!

Sin que nadie supiese como, el cachorro se revolvió y mordió a su captor en la mano que lo sujetaba, de modo que el hombre lo soltó y el pequeño animal cayó al suelo con un ruido sordo. Sin pararse a pensar, Jon desenvainó su espada y, en menos de lo que un hombre puede parpadear, haciendo uso de sus reflejos, le clavó la espada en todo el vientre. La sangre del forajido comenzó a manar a borbotones mientras las tripas se le salían como serpientes bailando enfurecidas, pero Jon no lo vio. Miraba fijamente a los ojos del hombre, con curiosidad por ver si aquello que le había dicho era cierto… y, segundos después, descubrió, entre fascinado y horrorizado, que era así, que estaba en lo cierto. Había matado a su primer hombre, al primero,… pero no había resultado ni la mitad de maravilloso como se lo había imaginado. Aunque tampoco tenía remordimientos: si no lo hubiese matado, aquel hombre le habría matado a él después de acabar con la vida del cachorro.

Tampoco tuvo tiempo de pensarlo mucho. Con un grito que sobresaltó a Jon, el tipo al que el otro había llamado Hablador se tiró encima de Jon y ambos cayeron al suelo mientras el cachorrito de lobo no hacía más que gruñir y retroceder, nervioso. Jon intentó echar mano de su espada, pero había caído lejos de su alcance y su forcejeo con Hablador le dificultaba las cosas; mientras, Hablador estaba intentando llegar a una roca que había a su derecha, pero no llegaba bien porque estaba un poco lejos de su alcance…

Durante un rato, no supo decir cuanto (¿un minuto, diez, media hora, una?), Hablador y Jon estuvieron forcejeando en la nieve, rodando sobre sí mismos y chocando de vez en cuando contra algún que otro árbol, intentando llevar cada uno su particular pelea a su territorio. Entonces, tras una de esas vueltas, Jon quedó encima de Hablador. Intentó echar mano de su espada cuando recordó que la había perdido en la nieve, y no se paró ni a buscarla con la mirada; mientras intentaba quitarse los dedos de su enemigo que intentaban estrangularle, vió una piedra del tamaño de un puño y la cogió y golpeó en la sien a Hablador. Este dejó de moverse y comenzó a sangrar allí donde la roca había impactado. Iba a mirar si tenía pulso o no, pero entonces oyó unas pisadas a su espalda y se incorporó, agarrando la piedra con fuerza.

- ¿Quién va?

- ¡JON!

El grito aliviado de su padre entre aquellos árboles le hizo relajarse de tal forma que no fue consciente de cómo la piedra resbalaba de su mano y caía a la nieve con un golpe sordo. Robert salió de entre los árboles y miró a Jon con gesto severo… hasta que se percató de la escena a su alrededor.

- ¿Qué se supone que ha pasado aquí?

Jon, con cara de niño arrepentido, y algo asustado por la expresión, apenas perceptible, de miedo de su padre, comenzó a contarle todo lo que había ocurrido, desde los aullidos hasta el forcejeo con el tipo al que conocían como Hablador, absolutamente todo. El padre de Jon no le interrumpió mientras hablaba, pero su hijo fue consciente de cómo su rostro se ensombrecía y se iba poniendo cada vez más y más severo.

El relato se vio interrumpido con la aparición de ser Brandon y los demás caballeros, que se mostraron aliviados al ver que Jon estaba sano y salvo… pero se mostraron interesados en oír su historia, por lo que Jon tuvo que volver a contarla de nuevo. Al llegar al punto en que el cachorro de lobo había mordido la mano de su captor, Jon volvió la vista atrás en busca del pequeño, pero no encontró ni rastro. Así, los hombres se volvieron a desplegar alrededor de aquel claro para buscar al pequeño lobo que había salvado su vida e indirectamente la de Jon, pero ninguno encontró nada por un rato. Fue el mismo quien, tras buscar debajo de las raíces de un árbol, vio un montículo de nieve extrañamente abultado y decidió investigarlo… y acabó descubriendo que no era un montón de nieve, sino el propio lobo que, igual de blanco que esta, temblando de miedo al ver que nadie acudía a su llamada, se había quedado allí oculto, en espera de que algo pasase.

Sonriendo, Jon le quitó la nieve de encima y lo cogió en brazos. Era realmente precioso, como si se tratase de un muñeco. Su pelaje era blanco como la nieve y suave como si se tratase de terciopelo, mientras que sus ojos eran rojos como la sangre y algo intimidantes. El muchacho salió de entre los árboles con el animal en los brazos al grito de “¡Lo encontré!” para que se acercaran su padre y sus caballeros. Todos se quedaron embobados mirando al animalito y ninguno se dio cuenta de que Hablador estaba consciente y poco a poco, dando algún que otro tumbo, estaba incorporándose, mirando con furia hacia aquel grupo de hombres que le había quitado su presa.

- Es precioso, sencillamente precioso…

- ¡Y tan pequeño y blanco…!

- ¿Os lo vais a quedar, mi joven señor?

Antes de responder, Jon dirigió una mirada dubitativa a su padre; este se encogió de hombros, como diciendo “si no hay más remedio…” o así lo entendió Jon. El chico, sonriendo de oreja a oreja, asintió con la cabeza y estrujó al pequeño lobo contra su pecho. Sorprendido, Jon notó como el pequeño animal dejaba de temblar e incluso se atrevía a darle un par de lametones cariñosos en la cara. Jon rió, y los hombres de su padre rieron a coro.

- ¡Míranos, Bran, quién nos lo iba a decir!¡Parecemos un grupo de inocentes doncellas!

La intensidad de las risas crecieron, todas menos la de Jon, que hacía tiempo que se había detenido, pues el muchacho no tenía ojos para otra cosa que no fuese el pequeño lobo que tenía en sus brazos.

- ¡Entonces más vale que no lo digas muy alto, Rick, no me quiero imaginar la cara que pondrían los demás cuando se enterasen! – tras una nueva tanda de risas, sir Brandon recuperó la compostura y miró a Jon – ¿Sabéis ya como lo vais a llamar, mi señor?

- Nieve

No tuvo que pensarlo mucho, le salió casi sin pensar. Y es que, cuando miraba al cachorrito, recordaba las dos veces que se lo había encontrado: delante de los forajidos y con los hombres de su padre. Se sobresaltó cuando alguien le palmeó la espalda.

- ¿Le va bien, verdad muchachos? – tras un enérgico coro de síes y afirmaciones similares, el rey revolvió el pelo a su hijo y le hizo una carantoña al lobo, que le lamió la mano como respuesta – No puedo decirte que no esté enfadado, Jon, me diste un susto de muerte cuando desperté y vi que no estabas…. Pero tampoco puedo decir que no me sienta orgulloso, porque mentiría. – sin necesidad de más palabras, Jon, ruborizado, entendió a que se refería su padre: a los dos hombres que creía haber matado y a la vida que había salvado – Es duro la primera vez que matas a un hombre, pero después vienen más y más y más, y no puedes hacer nada por evitarlo porque siempre habrá algún enemigo que te intentará matar si no lo matas antes,… y entonces te acabas acostumbrando y ya no lo ves tan mal. Es ley de vida: unos tienen que morir para que otros puedan vivir. Algún día lo entenderás…

Jon se molestó un poco cuando oyó aquello. ¿Por qué su padre le hablaba como si fuese un crío? Tenía diecisiete años, en pocos días dieciocho, y ya era casi un adulto. Y sí, acababa de matar a su primer hombre pero… no había sido tan horrible. Como acababa de decir su padre, unos tienen que morir para que otros puedan vivir. Y eso había pasado: el forajido murió y Jon y el lobo vivían.

Robert ordenó a sus hombres que regresasen a los caballos para emprender la marcha hacia el palacio, pues el cielo clareaba y estaban todos descansados y despejados. Esperó a que Jon fuese delante de él para no perderlo de vista, para evitar que volviese a escaparse, y a Jon no le quedó más remedio que obedecer. En medio de todas esas voces de fondo de los caballeros, Jon acariciaba distraídamente al cachorrillo que llevaba en brazos cuando… ¡su espada! Se miró al cinto, pero no la llevaba; dejó a Nieve en el suelo para ver mejor donde podría estar, y entonces se acordó: se le había caído cuando Hablador lo había tirado al suelo y desde entonces no había vuelto a verla.

- ¡Esperad, no tengo mi espada! – los soldados, que iban por delante, detuvieron su ruidosa conversación y se giraron hacia Jon cuando le oyeron. – Padre, ¿has vist…?

Se interrumpió cuando vio que Hablador les seguía. Tenía media cara manchada de sangre, procedente de la herida que le había hecho con la piedra, y llevaba una daga en la mano sin dejar de mirar fijamente a la espalda del rey. Robert miraba a su hijo atento y no se había dado cuenta de aquello.

- ¡Padre, detrás de ti!

Robert se sobresaltó y tardó unos segundos en reaccionar y darse la vuelta, pero para entonces Hablador se le había echado encima y no le daría tiempo a sacar su espada. Entonces, todo sucedió muy deprisa. Nieve comenzó a gruñir a Hablador, pero estaba demasiado asustado para acercarse más, sin duda recordando y temiendo la suerte de sus hermanos de camada y de su madre. Los caballeros se echaron sus capas hacia atrás y desenvainaron sus espadas, y corrieron para llegar adonde se encontraban Robert y Hablador; pero estaban lejos, y Jon sabía que no llegarían a tiempo. Asustado pero decidido, Jon corrió hacia donde estaba su padre y le apartó de un empujón, ocupando él su lugar. Hablador se dio cuenta de aquello y detuvo la mano unos segundos, pero después la movió con más rapidez y fuerza.

- ¡NO!

Jon no comprendió a qué se refería su padre hasta que no miró a la escalofriante cara sonriente de Hablador y bajó la vista. La sangre le salía a raudales del costado derecho tan pronto Hablador extrajo la daga. Jon se llevó la mano a la herida para taponarla mientras Nieve se dirigió corriendo enrabietado a Hablador y le mordió el tobillo como buenamente pudo con sus pequeños dientecitos. Los caballeros norteños se dirigieron igualmente enfurecidos a arrebatarle la vida a Hablador. El padre de Jon… ¿dónde estaba el padre de Jon? Tras buscarlo con la vista, lo localizó detrás de Hablador… a quien, segundos después, le salía del pecho la espada de su padre, como si fuese un cerdo ensartado. Hablador cayó de rodillas… y Jon descubrió que también estaba de rodillas cuando vio que Hablador se había situado a su misma altura. ¿Desde cuándo estaba de rodillas? Jon no entendía nada, pero no quería hacerlo; se le nublaba la mente y estaba mareado. Casi sin darse cuenta, perdió el equilibrió y resbaló… pero su espalda, en lugar de encontrarse con la fría nieve, se encontró con la comodidas y la calidez del cuerpo de su padre

- Tranquilo, hijo, estoy aquí, estoy aquí,… – le rodeó con brazos tiernos mientras llevaba sus manos a la herida de Jon y apartaba delicadamente las de su hijo. Jon se las miró. El guante, de cuero negro, estaba empapado de sangre. Los ojos de Robert estaban húmedos. – ¿Por qué, Jon, por qué lo hiciste?

- No… no podía dejarle. Eres mi padre. Y también eres mi rey.

Jon suspiró, cansado. ¿Por qué le costaba entenderlo? Para él era como uno más uno. Todos los norteños darían lo que fuese por su rey. Todos los hijos darían lo que fuese por sus padres. Todos los norteños cuyo padre fuese el rey norteño darían lo que fuese por su padre el rey.

Apenas fue consciente de cómo lo levantaban en brazos y lo subían al caballo, con sir Brandon Flynt detrás de él, vigilando que no se cayese. En ese momento, su poca conciencia iba para su cachorro de lobo, tan blanco y suave, y tan fiero y salvaje a la vez.

- N-Nieve…

Pero no vio a Nieve, ni tampoco nieve. En su lugar, una densa capa de oscuridad le cubrió los ojos y no fue consciente de nada más.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Sáb Jul 07, 2012 2:16 am

Había tenido un sueño muy confuso, con lobos que morían abrasados entre las llamas y regresaban a la vida para vengarse de sus asesinas, pero al despertar apenas recordaba nada de aquel sueño. Tardó un rato en abrir los ojos, pues estaba aturdido y notaba la cabeza y las extremidades pesadas, muy pesadas, como si fueran de granito. Frunció el ceño y se sobresaltó levemente cuando notó un pinchazo de dolor en el costado al hacer un ligero, apenas perceptible, movimiento con su cuerpo. A su alrededor oía ruidos y voces, pero no se esforzó en entender lo que decían. Estaba cansado.

Al fin, un rato después, logró reunir la fuerza suficiente para abrir los ojos y, tras unos cuantos parpadeos, consiguió abrirlos del todo. Al principio todo estaba borroso, y la escasa iluminación de aquella sala no ayudaba a enfocar las cosas, pero poco a poco la vista se le fue adaptando… hasta que identificó a su padre de pie junto a su cama.

- ¿Padre?

No pudo evitar alarmarse al verle, pues, pese a estar sonriendo, nos profundas ojeras marcaban su rostro, haciéndolo parecer más viejo de lo que era en realidad, y el cansancio era visible en cada pliegue de su piel. Por su aspecto, Jon juraría que no había dormido durante algunas noches.

Robert dio una orden a los sanadores y lentamente fueron abandonando la habitación hasta dejar a Robert y Jon solos. Jon intentó incorporarse, pero paró cuando notó un nuevo pinchazo en el costado, y desistió completamente de hacerlo cuando su padre le puso una mano sobre el pecho desnudo para evitar que lo volviese a hacer.

- Todo a su tiempo, hijo. Los sanadores dicen que es bueno que estés despierto, empezábamos a preocuparnos más de la cuenta.

¿Despierto? ¿Preocuparlos más de la cuenta? Jon no entendía nada, y cuando trataba de hacer memoria la cabeza comenzaba a dolerle. Suspiró.

- ¿Qué día es hoy? – su cumpleaños estaba cerca, y Jon no quería estar así cuando su día llegase. Para uno que tenía al año, que menos que pasarlo bien y divertirse… ¡e incluso podría invitar a Brad!

- Trece de mayo. Llevas inconsciente una semana.

No supo qué lo alarmó más, si el hecho de que ya hubiese pasado su cumpleaños sin que él se diese cuenta o enterarse de pronto de que llevaba inconsciente una semana. Y de pronto, lo recordó todo. La misión diplomática en el Este. La nieve en el camino. La acampada en el bosque. Los lobos muertos en el suelo. Los forajidos. El pequeño lobo blanco. Las tripas de uno de ellos saliendo a borbotones de su barriga cuando le clavó su espada. El forcejeo con el otro forajido. Como aquel forajido, aparentemente muerto, había intentado matar a su padre por la espalda sin que este se diese cuenta. Y como Jon había ocupado el lugar de su padre para defenderlo, a falta de su espada, perdida durante la pelea.

- Oh.

No pudo evitar soltar una leve exclamación de sorpresa antes de undirse de nuevo en sus almohadas. Alzó las mantas y bajó la vista para descubrir su torso desnudo y el abdomen cubierto por una gruesa capa de vendas manchadas con un emplaste de color verde fangoso de olor leve pero desagradable. Volvió a bajar las mantas y echó un vistazo alrededor: estaba en su dormitorio, en el de verdad, en el palacio de su padre y de la reina; todo seguía donde Jon lo recordaba, al menos a simple vista.

- ¿Pasa algo, hijo? – su padre, con gesto alarmado, se acercó más a él y se sentó al borde de su cama para examinarlo con ojo crítico – ¿Tienes fiebre? – le puso una mano en la frente con gesto preocupado y la retiró poco después con gesto de alivio mientras Jon lo miraba desconcertado – Bueno, ¿y entonces qué es?

- Nada, es solo que… ¿dónde está Nieve?

- ¿Nieve? – su padre lo miró durante unos segundos sin comprender, pero luego abrió los ojos y sacudió enérgicamente la mano – ¡Ah, sí, el cachorro de lobo! Está en las perreras junto con los otros perros, Harold se está haciendo cargo de él.

- ¿Pero está bien, no le pasó nada?

- Tu lobo está perfectamente, Jon, y los demás también estamos bien. Tú fuiste quien salió peor parado.

- No podía dejar que te hirieran.

Un silencio incómodo reinó en la estancia; pues ambos creían tener razón. La gente tenía razón al decir que el hijo era tan tozudo como el padre. Jon creyó que hizo lo correcto al salvar a su padre, pues aparte de su padre era su rey y ahí radicaba otro motivo más para ponerse en su lugar. Por el contrario, su padre, Robert creía que lo correcto hubiese sido recibir él el golpe, pues a él iba dirigido y a él tendría que haber llegado… aunque entonces el Norte se hubiese quedado sin su rey. En ese momento, Robert se puso a pensar en qué habría pasado si el golpe hubiese impactado sobre su cuerpo en vez de sobre su hijo. Podría haber sobrevivido como Jon, sí. Pero su cuerpo era más frágil, más viejo, más delicado, más vulnerable… y sus ancianos sanadores no habían apostado al principio demasiado por la vida de Jon. Seguramente, de haber recibido él el golpe, habría muerto. Y entonces, ¿qué habría pasado con el reino? Eloisse ocuparía sola el trono con su ropa de luto y el rostro lleno de lágrimas, mientras que Jon… ¿qué lugar ocuparía su hijo sin su apoyo, con la única compañía de su querida esposa, que casualmente odiaba a su único hijo?

Robert se sacudió los fantasmas de la cabeza y suspiró. Casi prefería no pensar en el ¿Y si…?. Suspiró.

- Me voy ya, necesitas descansar.

- Pero padre, aún no me has contado qué pasó en el bosque con aquel forajido. Está… muerto, ¿verdad? Porque lo…

El rey hizo callar a su hijo poniéndole un par de dos sobre sus labios; cuando Jon se hubo callado dócilmente, su padre bajó la cabeza y le dio un beso en la frente.

- Todo eso puede esperar; al fin y al cabo lo hecho, hecho está

Robert se levantó y se dirigió hacia la puerta, pero eso no impidió que Jon llegase a ver por unos segundos una expresión amarga en el rostro de su padre. Abrió la boca, preocupado, para preguntar, pero no se atrevió a emitir ningún sonido. Ya lo había mandado callar una vez, no dudaría en seguirlo haciendo hasta que desistiese completamente… y sin decirle nada de lo que su hijo quería oír.

- Descansa, vendré a verte por la mañana… y quizá traiga al joven lobo conmigo.

Su padre abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí, pero Jon no lo vio. Estaba demasiado ocupado mirando sin ver al techo de piedra de su dormitorio mientras su mente viajaba hacia las perreras para volver a estar con el pequeño lobo blanco. ¡Cuánto le hubiese gustado tenerlo entre sus brazos en aquel momento hasta que se quedase dormido!

En ese momento, mientras Jon soñaba despierto, los sanadores volvieron a entrar en su habitación para comprobar que no tuviese fiebre y revisarle las vendas. Sin embargo, Jon opuso algo más de resistencia cuando le hicieron beber un tónico de hierbas calmantes; necesitaba algo para el dolor molesto del costado, pero aquello sabía asqueroso. Al final, notando como el dolor iba a más, decidió apurar el tónico de un trago, y durante los primeros segundos tuvo miedo de vomitarlo. Por suerte, el tónico siguió por su aparato digestivo. Cuando hizo su efecto, Jon se relajó y se acomodó como pudo en su cama mientras los sanadores se quedaban allí de pie junto a su cama. En otras circunstancias, Jon se habría puesto nervioso por su constante presencia, como si fuesen estatuas, pero en aquel momento no le importó. Estaba muy cansado y sólo quería dormir; los sanadores no importaban.

Cuando se durmió, Jon volvió a soñar con lobos y llamas. Pero algo había cambiado. Las llamas tenían la forma de los forajidos del bosque y mataban a todos los lobos menos a uno. Blanco y de ojos rojos, el lobo superviviente era de todo menos pequeño. Tenía el tamaño de un oso joven, casi adulto, y la misma fuerza en las garras. De un zarpazo, el gran lobo echó a los forajidos al fuego en venganza por la masacre cometida contra sus hermanos de camada. Cuando las llamas se consumieron, no quedaron más que cenizas mezcladas de los lobos y los forajidos. El gran lobo era lo único vivo en aquel lugar. Con lentitud, giró la cabeza y se quedó mirando a Jon a los ojos. Tenía los ojos rojos como la sangre y el pelaje como la nieve, ahora algo grisáceo por las manchas de las cenizas y el fuego. Jon creyó que iba a atacarle, pero entonces, el lobo echó hacia atrás la cabeza y soltó un aullido triste, lamentándose de algo, que helaba el corazón hasta de la gente del desierto.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Sáb Jul 07, 2012 4:57 am

Había pasado casi un mes desde el incidente en el bosque y Jon no había salido apenas de su habitación. Pero aquello estaba a punto de cambiar. Su herida estaba mucho mejor, ya no le dolía y únicamente notaba una ligera molestia cuando hacía movimientos bruscos… pero ni de lejos se podía comparar a como había sido al principio. Sin embargo, no había logrado convencer a su padre para volver a estar en activo y volver a cumplir sus obligaciones, aunque sólo fuese regresando al Consejo (ya que después de aquello, Jon dudaba mucho que su padre le fuese a dejar así como así volver a acompañarle en otra expedición, al menos por un tiempo)… y además, quería estar con Nieve y corretear por ahí con él; el joven lobo había crecido mucho en aquellas semanas, y Jon se lamentaba de no poder haber estado más con él… aunque fue un detalle que su padre lo dejase entrar de vez en cuando en su habitación y lo dejase estar allí hasta que Jon se durmiese. Pero ya no aguantaba más en su habitación y quería salir de allí cuanto antes.

De modo que, en cuanto despertó aquel día, en lugar de llamar a algún criado para que le llevase el desayuno, hizo llamar a su padre para decirle personalmente que, tanto si le gustaba como si no, los días postrado en aquella cama habían terminado. Por eso mismo se sorprendió cuando, en lugar de su padre, vino uno de los sanadores con sus ropas. Durante aquellos días, había tratado con muchos, Jon juraría que con todos los del castillo, y había llegado a conocer bien a alguno e incluso a hacer amistad con unos pocos, tanto ancianos como jóvenes. El de aquel día se llamaba… ¿Harold? No, Harry… ¡No! Era Henry. O eso creía Jon.

- Buenos días, Henry – la cortesía ante todo, tal y como le habían enseñado – ¿Habéis visto a mi padre esta mañana?

- Sí, mi señor, está reunido con Su Majestad del Oeste, pero ha dicho que no tardarán mucho.– hizo una reverencia servicial antes de continuar – Y como no podía venir, me ha ordenado venir a ver como estabais y, si el examen era favorable, daros vuestra ropa y dejaros salir ya de la habitación… así que no le digáis que os he traído la ropa desde el principio

El sanador le guiñó un ojo y Jon se rió. Desde luego aquel hombre le caía estupendamente... y, aunque se sentía avergonzado, hasta se daba cuenta de lo sobreprotector que era su padre en algunas ocasiones. Pero, a pesar de su risa, Jon no podía olvidar las primeras palabras del anciano sanador. “Está reunido con Su Majestad del Oeste”. Bradley. ¿Bradley, allí?

Jon se incorporó de la cama e hizo llamar a unos criados para que le preparasen un baño antes de presentarse ante su padre y Bradley, y mientras estos preparaban la bañera y la llenaban de agua, el sanador echó un vistazo a la herida, casi completamente curada, de Jon.

- Está muy bien, mi joven señor; en unas pocas semanas seguramente volvais a estar en plena forma. Pero, por favor, permitidme poneros de nuevo un emplaste desinfectante y cubríroslo con una venda después de vuestro baño

Que remedio le quedaba, se dijo. Si no consentía, igual el viejo sanador acudía a su padre a decírselo y Jon tendría que aguantar la reprimenda del maestre y la de su padre al mismo tiempo. Y eso no iba a pasar. De modo que asintió y se terminó de desnudar para entrar en la bañera mientras Henry se hacía a un lado y dejaba que los criados ayudasen a Jon en su baño. Unos minutos después, salió chorreando de la bañera… pero oliendo a jabón y a perfume de rosas invernales, y afeitado; era increíble lo mucho que le había crecido el vello facial en aquellas semanas, cuando normalmente no tenía más que una pelusilla. Rápidamente, como con temor de que Jon se fuese a arrepentir, Henry le puso el emplaste a Jon en su herida y se lo cubrió con una venda. Al principio Jon se estremeció, pues el frío tacto de la masilla escocía, pero para cuando le puso la venda ya no notaba nada, y el frescor resultaba reconfortante. Dejó que lo ayudasen a vestirse, nada complejo, únicamente con unos pantalones sencillos, unas botas, un jubón y su cinto en torno a la cintura… aunque sin su espada, perdida en algún punto del bosque desde hacía casi un mes.

Según le habían contado, tres o cuatro días después de despertar, pues ya no había quien prorrogase el asunto para más tarde, no habían encontrado ni rastro de la espada, pero eso no era lo peor. Hablador, el forajido, había sido atravesado como un cerdo trinchado por la espada de su padre después de que este clavase la daga a Jon, y al morir, los hombres de su padre se dieron cuenta de que no eran norteños, ni Hablador ni el otro forajido, sino hombres del Este, tal y como demostraban sus alas… y casualmente uno de ellos estaba emparentado con el capitán de la Guardia del Este. Y, como bien le habían explicado después, así se puso fin al intento de unas negociaciones de paz y cordialidad entre ambos territorios. Su visita no había valido de nada. Al principio, Jon se había sentido culpable, pero todo rastro de culpabilidad desapareció cuando vio el rostro inocente, infantil, tierno, de su lobo, Nieve. Aquellos forajidos trataban de despellejar a los lobos para llevarles la piel al rey y recuperar su honor después de alguna falta que ninguno de ellos sabía, y nunca llegaron a hacerlo. Pero a Jon aquello le daba igual. Eran unos asesinos, y no habían tenido reparos en matar a unos pobres cachorritos inocentes ni a su madre. Y habían sufrido el destino que se habían ganado, replicase el rey del este o no.

No le quedó otra que salir de la habitación sin su espada, con el cinto vacío como si fuese de adorno, aunque allí dentro no lo iba a necesitar. Atravesó pasillos y subió y bajó escaleras, siempre con la compañía del sanador Henry, y al llegar al patio se le unió Nieve. Detrás de él corría el encargado de las perreras, furioso de que el lobo se hubiese vuelto a escapar, pues cada día sus cadenas oponían menos resistencia ante la creciente fuerza de la bestia, pero Jon lo despachó rápido mientras dirigía toda su atención al lobo y le rascaba detrás de las orejas. Entonces comprendió, y no le quedó ningún atisbo de duda, que el incidente del bosque había valido la vena. Siguieron atravesando más pasillos tras cruzar el patio, con Nieve como una blanca y silenciosa sombra y Henry a sus espaldas, algo más atrasado debido a la imponente presencia del lobo.

Al fin llegaron, varios minutos después, y Jon se quedó parado delante de las puertas, enfrente de los dos guardias que custodiaban la entrada a la sala del trono. El muchacho no pudo evitar fijarse en las miradas de ¿¡miedo!? Que se veían a través de las rendijas del yelmo de los guardias

- Vos podéis pasar, mi señor, pero la bestia se queda aquí

- De ningún modo, sir Mandon. Nieve viene conmigo

Como respuesta, ante las miradas de duda que se dirigían entre sí los dos guardias, Nieve les enseñó los dientes, desafiándolos, y Jon no pudo evitar sonreír. Siempre le habían dicho que era muy observador, y sin duda de su mascota también podían decir lo mismo.

El guardia que había hablado antes suspiró y asintió con la cabeza mientras se echaba hacia un lado y su compañero hacia el otro, dejando libre la puerta. Jon agarró el pomo con la mano, pero antes de accionarlo volvió a atrás la cabeza en busca de Henry.

- No os preocupéis, mi joven señor, tengo asuntos que atender en mis aposentos y vuestro padre tiene también asuntos más serios que tratar como para perder el tiempo con un frágil anciano como yo. Disculpadme.

Henry hizo una reverencia y se fue, mientras Jon dedicó una última mirada a Nieve antes de abrir la puerta. Por fin, segundos después, accionó el pomo y las puertas se abrieron ante él, descubriéndole de nuevo la inmensidad de la sala del trono.

- … desde luego tuvo mucha suerte de que…

- ¡Jon, qué sorpresa! – al oír aquello, Bradley guardó silencio inmediatamente – Así que el viejo Henry te ha soltado, ¿eh? – Robert examinó a su hijo con ojo crítico mientras Jon se ruborizaba y miraba nervioso a Bradley, esperando encontrar una sonrisita burlona que no encontró. Eso le alivió al tiempo que le preocupó, pues no era usual ver a Bradley tan serio sin soltar alguna de sus típicas bromas. ¿Dónde estaba el viejo Bradley? – Tienes buen aspecto. – su padre le dio un abrazo. Sin esperar respuesta, tan pronto se soltaron del abrazo, agarró a Bradley por los hombros y lo atrajo hacia él. – ¿Has visto quien ha venido?

- Pues claro, tengo ojos – Jon puso los ojos en blanco, aunque no pudo evitar sonreír; estaba feliz de ver a su amigo, aunque seguía preocupándolo un poco. Por eso mismo, no se lanzó a darle un abrazo de oso, de esos que se daban siempre que se veían, y se quedó de pie en su sitio, frente a su padre y su viejo amigo – ¿Cómo tú por aquí, Brad?

Jon cambió el peso del cuerpo al otro pie, incómodo ante la larga mirada silenciosa y seria que le dirigió su amigo, hasta que al fin se dignó a contestar.

- Desde hace unos días se oía el rumor de que habían atacado al hijo del rey norteño en sus mismos dominios. Me quise informar, pero me di cuenta que el rumor se iba distorsionando de cómo lo había oído al principio y decidí venir a enterarme de su protagonista. – dirigió una larga mirada penetrante a Jon antes de continuar – Hubiese venido antes, pero unos asuntos me entretuvieron… y aquí estoy. Y cuando llegué y vi que me recibía tu padre, supe que algo de todo aquello era cierto. Tu padre me lo estaba terminando de contar todo cuando has llegado – suspiró – En fin, ¿cómo te encuentras?

A Jon casi le dieron ganas de reír. ¡De modo que el motivo era aquel! Delante de él, su padre miraba a los dos amigos como cuando veía los torneos de justas, sonriendo y sin entender nada de lo que pasaba por la cabeza de su hijo ni la de su amigo.

- ¿Por eso tienes esa cara de estreñido?

- ¡JON! – su padre se mostraba alarmado, y eso hizo que Jon no pudiese aguantarse más la risa y se desternillase allí mismo – No sé de que te ríes, te estás comportando como un crío; no es forma de…

- ”No es forma de tratar a un rey”, vale, sí, ya me lo sé, ¿cuántas veces van? – cambió su gesto de fastidio por una expresión burlona – Mil perdones, Su Amada e Ilustrísima Excelencia

Jon hizo una reverencia con el cuerpo, no demasiado pronunciada para no forzar el costado con la herida y evitar preocupar a su padre o a su amigo. Robert le miró entre enfadado y asustado mientras dirigía miradas de disculpa a Bradley, pero este se quedó mirando a Jon con el gesto petrificado durante unos instantes… hasta que él también comenzó a reír a carcajadas y se acercó a dar un gran abrazo a su amigo

- Ya decía yo que un simple forajido no iba a poder contigo – dijo mientras le estrujaba entre sus brazos, con ganas. En ese momento, Jon se sintió culpable de haber preocupado tanto a su amigo. Cuando se separaron, lo cogió por los hombros para evitar que se escapara y lo miró a los ojos – No vuelvas a darme estos sustos, ¿entendido?

Jon suspiró y asintió poniendo los ojos en blanco. Eso mismo le había dicho su padre, ya había perdido la cuenta de cuantas veces. Con aquella ya eran infinito más uno. A su lado, Nieve miraba con curiosidad a Bradley y este reparó en él por primera vez. El joven rey se puso en cuclillas delante del animal.

- Así que tú eres el joven lobo, ¿eh? – Nieve ladeó la cabeza como si entendiese lo que le estaba diciendo. Bradley giró la cabeza hacia Jon – ¿Me morderá si intento acariciarlo?

- No si estoy yo aquí – aquello no era verdad del todo, pero a Jon no le cabía duda que cuando el lobo creciese, seguramente sí que fuese cierto.

Bradley rascó al lobo detrás de las orejas mientras este se dejaba, y tanto él como Jon soltaron una carcajada cuando vieron que Nieve se tumbó en el suelo, boca arriba, para que Bradley le rascase la barriga.

- Ten cuidado, Brad, lo veo dispuesto a arrancarte una mano si sigues así.

El carraspeo de Robert puso fin a la risa de los dos amigos. Jon se ruborizó; acababa de acordarse de que su padre seguía allí.

- Disculpadme, Alteza – Jon bajó la cabeza arrepentido, mientras Bradley y Nieve se incorporaban y el primero asentía con la cabeza.

- No te disculpes, está claro que aquí ya sobro. Y por favor, no me hables así, soy tu padre – su padre se giró hacia Bradley y le estrechó la mano – Un placer veros, Alteza.

Rascó a Nieve detrás de las orejas antes de abandonar la sala, dejando a Jon, Bradley y Nieve solos. Jon no pudo evitar mirar al trono de su padre, desocupado e iluminado por la luz de la ventana. Estaba tan cerca y a la vez tan lejos… Suspiró y volvió la vista hacia su amigo.

- ¿Y bien? ¿Por donde íbamos?

Los tres pasaron juntos el resto de la mañana, al principio en la sala del trono y luego paseando por los jardines. Jon no tenía mucho que contar a Bradley, pues su seor padre ya le había informado informado de todo lo que sabía e incluso de más, así que aquella vez le tocó escuchar a Jon… y sobre todo reírse cuando su amigo se quejaba de algunas anécdotas de su Consejo.

- Desde luego en eso tienes razón, con ese cabezón ya podía dar mejores consejos. – rió – ¿Pero y por qué no te buscas otro consejero, uno de verdad?

- Porque los hay aún peores.

Ambos volvieron a reír y a ponerse al día con más y más anécdotas… hasta que el escudero de Bradley llegó a los jardines a informar que ya era demasiado tarde y debían regresar. Jon se quejó, pero sabía que Bradley no podía hacer nada: era rey, y como rey siempre había tareas que atender… y las de aquel día ya las había pospuesto demasiado. Ambos cruzaron el patio hasta los establos, donde los demás caballeros de la Guardia de Brad ya estaba listos para partir subidos en sus caballos.

- Espero que tu próxima visita sea por circunstancias más alegres – dijo Jon mientras le daba un abrazo de despedida

- Yo también. – su amigo respondió al abrazo con la misma calidez. Después, se subió al caballo con agilidad y le dirigió una última mirada, mientras montaba su escudero, antes de partir – Cuídate, Jon

Jon vio como la comitiva de su amiga partía al galope, alejándose de allí hasta que los perdió de vista y los dejó de oír. “Tú también, Bradley, tú también”, pensó.

Regresó a su habitación, seguido de Nieve, pensando en descansar un rato antes de que le llamaran para comer, pero justo en la puerta se encontró con su padre. Jon se detuvo, extrañado de verlo allí a esas horas.

- Padre, ¿qué haces aquí? – y antes de que dijese nada, añadió – Perdona por lo de antes con Bradley, Padre, sólo estaba bromeando.

- No te preocupes, Jon, se nota que sois buenos amigos; pero en el futuro, recuerda que tu amigo también es rey y que públicamente no puedes dirigirte a él así, o la gente hablará e incluso le podrían perder el respeto. Y eso es lo peor que le puede pasar a un rey. – suspiró y bajó la cabeza, mirando unos segundos al lobo, que lo miraba igualmente expectante. Robert volvió de nuevo la vista a su hijo – He venido a traerte algo.

- ¿Qué es? – preguntó Jon, haciéndole un gesto con la mano hacia el interior de la habitación para que entrase.

Jon entró detrás de su padre y cerró la puerta. Cuando se giró en dirección al rey, vio como se sacaba las manos de la espalda… con un paquete sujeto en ellas. Nieve también lo había visto y se quedó mirándolo con curiosidad, sentado frente al rey y con la cabeza ladeada. Por su parte, Jon tuvo ganas de preguntar a su padre por el paquete, pero se contuvo; estaba allí para eso, así que antes o después tendría que hablar.

- Como no recibiste regalos el día de tu cumpleaños, había pensado en dejarte esto aquí para cuando regresaras. Pero como me has descubierto… toma.

Sin más miramientos, el padre le tendió el paquete al hijo, que lo cogió con manos torpes, sorprendido. Tan pronto lo tuvo en sus manos y lo vio bien, supo que el paquete era…

- ¿Una espada?

- Una espada – afirmó su padre – Perdiste la tuya en el bosque aquel día y no pudimos encontrarla, así que no me negarás que necesitas otra. Vamos, échala un vistazo.

Jon estaba demasiado emocionado para decir nada. El tacto de la funda de cuero de la espada ya era de por sí una delicia, pues los dedos se le amoldaban perfectamente; era como si estuviese hecha para él. Agarró la vaina con la mano izquierda mientras con la derecha cogía la espada por la empuñadura hasta extraerla de su cubierta… y no puedo evitar ahogar una exclamación de sorpresa mientras miraba embelasado la hoja.

- ¿Te gusta?

La hoja era larga y estaba muy afilada, mientras que la empuñadura tenía el tamaño idóneo para la mano y el agarre de Jon. Además, en la punta de la empuñadura estaba la cabeza de un lobo blanco con ojos rojos, una réplica muy bien hecha de Nieve. Hizo un par de movimientos con la espada e incluso tuvo la motivación suficiente para ponerse en posición de ataque… y lo habría hecho bien de no ser por el pinchazo que notó en el costado izquierdo y que casi le hizo dejar caer la espada.

- Cuidado, hijo, aún no estás recuperado del todo – “No hace falta que me lo digas, eso ya lo sé”, pensó su hijo – Bueno qué, ¿te gusta?

- ¿Qué si me gusta? ¡Por los dioses, es estupenda! – Jon la envainó con mucha delicadeza y se la colgó en el cinto antes de dar un fuerte abrazo a su padre, que sonrió agradecido – ¿Pero cómo…?

- Días después de lo del bosque, cuando los sanadores ya no temían por tu vida, ordené que te forjaran esa espada. Es muy especial, está hecha con los restos de reservas de acero que quedaban en nuestras arcas,… y es toda tuya.

Jon se sorprendió cuando escuchó lo del acero, pues hasta entonces no tenía constancia de que existiesen, o lo hubiesen hecho, tales reservas, pero seguía emocionado por aquello. Había pensado tantas veces en su cumpleaños, lamentándose de haberlo pasado inconsciente en una cama, sin poderse llegar a imaginar algo como aquello…

- Si sigues dejando así de abierta la boca, las comadrejas entraran y anidarán allí dentro – Jon cerró la boca, con las mejillas ligeramente rojas, pero no dejó ni por un momento de examinar su nueva espada. Su padre le dio una palmada en la espalda antes de irse – En cuanto estés plenamente recuperado, diré al viejo maestro que te enseñe a acostumbrarte a tu nueva espada

- Garra

- ¿Cómo dices? – preguntó el rey, asomado desde el borde la puerta, sin comprender que decía su hijo.

Jon miró un momento a Nieve antes de responder.

- La espada. Se llama Garra.

Robert no dijo nada, y su hijo no lo vió, pero sonreía mientras cerraba la puerta, dejando a su hijo con su lobo y su espada solos en la habitación.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Jue Ago 23, 2012 9:46 pm

Hacía poco más de dos años desde su última escapada diplomática al Este, con pésimos resultados no por la reunión en sí sino por lo que sucedió después. Habían encontrado unos forajidos del Este en medio del bosque norteño, asesinando a una manada de lobos con su madre, y Jon acabó interviniendo para evitar la muerte del último cachorro, el del pelaje blanco y los ojos rojos. Y casi le cuesta caro, pues, aun habiendo matado a uno de ellos, el primer hombre al que mató en su vida, el segundo casi lo mató a él. La “broma” le tuvo postrado en la cama durante aproximadamente un mes, aunque de aquel sólo la primera semana fue la más crítica. Pero no todo fue malo: gracias a eso, ahora contaba con aquel lobo blanco como su mascota y con una espada de auténtico acero a juego.

Lo peor había sido que su padre ya no lo había sacado demasiadas veces de expedición, y desde luego menos a misiones con un nivel de riesgo considerable, por temor a repetir el episodio de la ora vez. Casi siempre eran excursiones al Oeste, y por insistencia de Jon para ver a su amigo, el ahora rey Bradley. Pero desde luego, nada de Alejados. Pese al tono de cordialidad de su padre con las demás razas, Robert prohibió a su hijo ir a sus terrenos. Eran criaturas en las que no se podía confiar, decía, lo más cercano a las bestias de las razas que existían.

De modo que Jon solía quedarse confinado en el castillo, reunido con el Consejo de su padre mientras solucionaban problemas administrativos y de otras índoles, muerto de aburrimiento, mientras su padre salía aquí y allá, a veces con la reina, para la parte más divertida. Cuando se queda solo en el castillo, Jon no se quejaba, pero lo peor era cuando él y Eloisse se veían obligados a cruzarse por los pasillos y compartir sala, incluso la mesa, pues como reina tenía un lugar de honor dentro del Consejo. Al menos no se atrevía a faltarle al respeto delante de todos aquellos amigos de su padre, pues podían contárselo al rey sin remordimiento, pero hacía caso omiso de sus comentarios… y eso le resultaba a Jon tan frustrante como cualquier otro desplante.

Por eso, cuando el rey decidió volver a llevarlo de misión diplomática al Este, Jon no pudo menos que sonreír e ir a preparar todo lo necesario para la travesía, incluso tuvo tiempo de afilar su espada y colgarse un puñal del cinto por si acababa desarmado como la otra vez. Muy pronto partieron. Su padre, sir Brandon, él y otro centenar más de caballeros. Y, para suerte de Jon, todos ellos le tenían gran simpatía tanto a él como a su padre, lo que sin duda se debía a la presencia de sir Brandon, el padre de Lucas… al que, por cierto, llevaba muchísimo tiempo sin ver. ¿Dónde se habría metido?

Entonces, un murmullo les sorprendió entre los árboles. Tras mirar un largo rato alrededor, todos con los ceños fruncidos y las manos en las empuñaduras de sus espadas, dieron con… nada.

- Puede que haya sido algún animal, muchachos. Estad alerta.

Todos obedecieron al rey, incluso su hijo, pero no creía que fuesen “solo animales”; aquello estaba muy tranquilo, demasiado. Casi desenvainó la espada, pero tuvo que contenerse al ver que nadie lo hacía. ¿Y si empezaban a llamarle cobarde? ¿Y si su padre, avergonzado y decepcionado, le mandaba de vuelta a casa? ¿Qué cara pondría Eloisse cuando se enterase? Seguro que entre asqueada y divertida. Y eso Jon no lo iba a permitir. De modo que se tragó su miedo, quitó la mano de su espada y agarró con firmeza las riendas del caballo para seguir a su padre… que se había quedado atrás, pues se encontraba en la vanguardia de la comitiva. De modo que espoleó a su caballo y en unos cuantos minutos se volvía a encontrar cabalgando a la derecha de su padre, liderando a aquellos valientes. Así pasó un tiempo, avanzando y avanzando, sin hacer otra cosa que “estar alerta”, viendo de vez en cuando algún lobo entre los árboles. “Ójala Nieve estuviera aquí”, pensó. Su lobo se había tenido que quedar en el castillo mientras Jon y su padre se iban de expedición, pero al menos le dejaron quedarse en la habitación de Jon en lugar de en las perreras; detestaba a los perros tanto como estos le detestaban a él.

Un ruido, similar al anterior aunque un poco más fuerte, llegó de nuevo desde otros árboles. Jon se paró instintivamente y desenvainó su espada. Su padre tardó en darse cuenta de que su hijo se había quedado atrás, pero enseguida paró e hizo detenerse a sus hombres.

- ¿Qué pasa, Jon?

- He oído algo

Sin más comentario, se bajó del caballo con un movimiento ágil. Cuando se quiso dar cuenta, su padre se encontraba a su lado, con su espada igualmente desenvainada, así como sir Brandon y una veintena de los demás caballeros. Probablemente no creyesen que fuese nada más amenazador que un animal salvaje, pero Jon les agradeció el gesto de apoyo; no los solía recibir muy a menudo, y menos de tanta gente a la vez.

Pero cuando quiso tomar las riendas de la situación, su padre no le dejó, y fueron inútiles todas sus quejas. Él quedo relegado a la segunda línea mientras su padre, sir Brandon y unos pocos valientes más ocupaban el lugar de honor en la vanguardia. O no de tan honor…

… pues cuando menos se lo esperaron, un par de manos agarraron firmemente al caballero a la derecha de sir Brandon y juntos comenzaron a elevarse en el aire. Diez metros, veinte, treinta, cincuenta, setenta y cinco, cien. Y de pronto, bestia y caballero se separaron. La bestia se quedó suspendida en el aire… no, no era una bestia, era un Humano del Este. Entonces alguien se echó encima de él y lo tiró al suelo. Había perdido su espada, pues había caído a apenas un palmo de él, pero no tenía tiempo para rescatarla; echó mano de su puñal y…

- ¡Deteneos, mi señor! – la voz de sir Brandon dejó a Jon en estado de shock, y enseguida el caballero le tendió una mano para incorporarse – Espero no haberos lastimado, Jon, pero no he podido evitar protegeros cuando he visto a esa bestia venir hacia vos.

- No os preocupéis, sir – la respuesta de Jon fue algo seca, pues aún estaba algo confuso por lo que acababa de pasar – P-p-pero yo no… ¿Por qué…?

No pudo terminar su pregunta. Entonces, otra de esas bestias aladas descendía en dirección a su padre mientras este trataba de espantar a golpe de espada a otras dos que le acosaban.

- ¡PADRE!

El grito de Jon retumbó entre los árboles, y durante un momento todas las miradas se dirigieron a él. Eso dio el tiempo justo al rey para asestar un golpe letal a una de las dos bestias que le acosaban por delante, pero no impidió que otra le agarrase delicadamente por las axilas y comenzase a alzarlo en el aire. Jon empezó a correr, sin fijarse si los tajos iban hacia él o le defendían, y entonces solo se le ocurrió una cosa, a falta de arco y flechas: lanzar el puñal. Por la distancia a la que estaba, sólo pudo acertarle en la espinilla al Humano del Este, pero fue suficiente; de la sorpresa, soltó al rey Robert y este se precipitó al vacío.

Por el rabillo del ojo, Jon vio como sir Brandon acudía al lugar donde iba a posarse la bestia tras su aterrizaje, mientras él se dirigía a ayudar a su padre.

- ¿Estás bien?

- Sólo unas cuantas magulladuras, nada que deba preocup… – entonces el rey soltó un gemido lastimero y Jon se asustó; definitivamente algo fallaba – Creo que me he roto el tobillo

Sin que hiciese falta decir más, Jon rodeó a su padre con un brazo por debajo del pecho y lo ayudó a ponerse en pie y a llegar hasta su caballo. Aunque el montar fue otra cosa, y Jon, ni con la ayuda de un par de caballeros de su padre, consiguieron subir al rey sin que este dejase de soltar algún grito de dolor. Mientras, en el campo de batalla, los Humanos del este empezaban a ser un número considerablemente mayor al de los norteños, al menos el doble; de estos últimos, de los ciento tres que había al principio, sólo quedaban unos veinte.

Cuando una espada atravesó a uno de los caballeros que estaba ayudando a Jon y a su padre, Jon cogió la suya, la cual había vuelto a envainar después de rescatarla, y se puso delante del rey para protegerle. Sin embargo, el brazo de la espada flaqueó ligeramente cuando vio que la espada que había matado al norteño le resultaba familiar.

- ¿Te suena de algo, bastardo?

El mundo pareció congelarse durante una fracción de segundo; aquella era la espada que había perdido en la nieve dos años antes, cuando le atacaron los forajidos del Este…

- Tú mataste a mi padre, prepárate a morir.

Aún seguía en estado de shock, pero en cuanto vio como el enemigo dirigía su espada hacia el que había sido su antiguo dueño, Jon se agachó y, al volverse a incorporar, clavó a Garra en la espalda de la bestia. Mientras observaba como la bestia perdía fuerzas y se desangraba hasta morir, notó un molesto escozor en la parte superior del brazo izquierdo, ahí donde su antigua espada le había arañado; manaba mucha sangre, pues no debía ser un corte muy superficial, pero no era nada grave comparado con la carnicería que se acababa de montar allí en un momento.

De vuelta a una relativa calma, Jon buscó con la mirada a su padre donde se había quedado… pero no le encontró. Tras esquivar y aniquilar a unos cuantos Humanos del Este, descubrió al que debía ser su capitán… enfrente de su padre; el rey Robert se encontraba acorralado contra el tronco de un árbol, en el suelo debido sin duda a su tobillo lastimado, mientras que el Humano del Este tenía un pie apoyado en un cadáver. “Lucas”, pensó mientras una lágrima silenciosa le corría por el rostro. “A ver como se lo explico a Lucas”. Pero no lloraba solo por eso; sir Brandon había sido una de las pocas personas que siempre le había tratado como si fuese alguien normal y no un despojo humano. Sin embargo, pronto lamentaría aquella lágrima, aquel momento de debilidad…

… pues, para la estupefacción de los pocos norteños presentes, el Humano del este agarró a su padre por debajo de los brazos y comenzó a elevarlo en el aire. Jon gritó y corrió hacia donde estaban, pero fue inútil; Robert y el capitán de los del Este ya se alzaban por encima de sus cabezas. Aún a esa distancia, Jon podía ver como su padre forcejeaba, como luchaba por su vida. Entonces, un golpe en el yelmo hizo que el mundo de Jon comenzase a tambalearse. Todo martilleaba y todo daba vueltas, mientras la cabeza le retumbaba dolorosamente. Con lágrimas en los ojos, se volvió en dirección al golpe, dispuesto a atacar… pero el golpe lo había dejado algo confuso y mareado, y cuando se quiso dar cuenta ya volaba él también, por los aires, sujeto por los brazos de su enemigo. Jon forcejeó y forcejeó, pero era inútil, lo tenía firmemente agarrado… y no lo iba a soltar.

Entonces, cuando la batalla campal se había transformado en simples puntitos negros en un fondo verde y blanco, una flecha cambió su suerte. La bestia voladora gritó. Otra flecha. Otro grito. Y de pronto, Jon pudo notar como iban perdiendo altura, cada vez más y más deprisa,… y entonces, tan pronto su cabeza golpeó el suelo, todo quedó a oscuras.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Jue Ago 23, 2012 10:44 pm

- Mi señor Jon...

Frunció el ceño. ¿Quién lo estaba llamando? Aún era temprano, el cielo aún estaba oscuro, no debía ser más de media noche,… y tenía un dolor de cabeza tremendo. ¿Para qué querrían despertarlo? Intentó hacer como si nada.

- Mi… ¡mi señor!¡Abrid los ojos, mi señor!

Frunció aún más el ceño. Ahora ya no bastaba con despertarlo a las tantas, tenían que zarandearlo sin delicadeza ninguna. Dejó escapar un gemido malhumorado mientras intentaba hacer caso omiso del dolor de cabeza tan insistente que tenía y de la sensación como de si le hubieran dado una paliza.

- Parece que ya reacciona…

Conforme se iba despejando, comenzaba a oír las voces con más claridad, el susurro de los árboles, los graznidos de los cuervos,… Cuervos. ¿Cuervos? Abrió los ojos, esperando encontrarse en su dormitorio, en el palacio,… y por eso se vio desconcertado cuando se encontró de nuevo en aquel bosque, tumbado en el suelo, sobre la hierba, rodeado de dos de los caballeros de su padre mientras otros dos vigilaban el círculo que habían formado en torno a él con las espadas desenvainadas.

Intentó incorporarse, y pronto los dos caballeros que velaban por el se lanzaron raudos a ayudarle… aunque le impidieron ponerse en pie.

- Despacio, mi señor. Podéis marearos si vais muy deprisa.

Pero a Jon no le preocupaban tanto los mareos como su dolor de cabeza. Era horrible. Fue a llevarse una mano a la sien, y ahogó un gemido cuando la piel del brazo se le tensó y notó un tirón en la piel que le había desgarrado la espada. Se miró la herida, ahora tapada con un trozo de tela de lo que parecía una capa.

- Os vendé la herida con un trozo de tela desgarrada de mi capa, mi señor, pero en cuanto lleguemos al castillo los sanadores deberían miraros el corte; es algo profundo, y podría infectarse.

Jon asintió leve y dócilmente. Le dolía demasiado la cabeza como para argumentar nada,… pero aún en su estado notaba que todo estaba calmado. Demasiado calmado. Al mirar hacia su derecha recordó al Humano del Este con un pie sobre el pecho del cadáver de sir Brandon, sonriendo amenazante a su padre, que estaba acorralado contra un árbol. La entrañas se le contrajeron, y del miedo y el nerviosismo intentó incorporarse rápidamente. Demasiado rápidamente, supo en cuanto todo comenzó a darle vueltas. Pero los dos caballeros lo vieron a tiempo y le sujetaron para que no cayese, lanzándole miradas de preocupación.

- ¿Os encontráis bien? Si quereis puedo cargaros en mi caballo, y sir Arnold se ocupará de guiar al vuestro

A su otro lado, el caballero sonrió y asintió con la cabeza. No era más que un crío, a juzgar por la pelusilla que cubría su barbilla, pero ya era un caballero; su familia tendría que estar orgullosa. Pero eso no importaba, al menos no a Jon.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó haciendo caso omiso del comentario anterior, mirando intermitentemente a sir Arnold y al otro caballero – ¿Y el rey? – la mirada que se dirigieron los dos caballeros le heló la sangre – ¿Y el rey? ¡Maldita sea, ¿dónde está mi padre?!

Entonces se dio cuenta de que los cuatro caballeros lo miraban… aunque sir Arnold fue el único que no se miró la suciedad de las botas al retirar la mirada; en su lugar, su mirada se desvió unos segundos a un claro del bosque que se entreveía a unos metros de allí…

Jon se quedó rígido, más aún. Haciendo caso omiso a las advertencias de los otros y del martilleante dolor de cabeza, se zafó de sir Arnold y su acompañante y marchó dando tumbos, entre los árboles, en dirección a aquel claro, apartando las ramas con los brazos. Notaba como, las más altas, le arañaban en la cara conforme más avanzaba, y notaba el escozor de los nuevos arañazos, pero eso no importaba. Su padre, tenía que ver a su padre. Seguro que estaba abrevando a su caballo. “No, ya los has visto todos allí, con los caballeros”, dijo una voz en su conciencia. Entonces… seguro que estaba limpiando la sangre de su espada. “¿Pero por qué no hacerlo delante de su Guardia, protegido por todos ellos por pocos que sean?”. No se dio cuenta que se estaba mordiendo el labio hasta que notó el sabor de la sangre en la boca, pero no le importó. En esos momentos, más que a la reina, odiaba a su conciencia. Siempre tan pesimista, siempre tan…

Realista. Lo descubrió en cuanto se halló en mitad de aquel claro y vio algo apoyado contra un tronco. Al principio no lo distinguió bien, pero su corazón sabía quien era desde el primer momento, quizá antes, cuando aún estaba con los cuatro caballeros supervivientes. Robert tenía en el rostro una expresión de horror, y quizá eso era lo que más inquietaba a Jon. Con dedos temblorosos, le cerró los ojos para intentar que su padre tuviese una expresión de paz, y lo mismo hizo después con la boca. Los ojos le ardían de lágrimas y la mandíbula le temblaba; sus puños ya no se podían cerrar más. Sin embargo, no se permitió llorar; seguía siendo el hijo de un rey, aunque no llevase corona. Se incorporó silenciosamente y se fue a un árbol cercano, para no perder de vista el cadáver de su padre, y robusto… y comenzó a golpearlo con sus puños como si aquel estuviese siendo el fin del mundo. A través de sus manos, canalizó toda su rabia, su ira, su impotencia, y durante un rato parecía que no iba a acabar nunca.

Sin embargo, en cuanto se dio cuenta que el tronco estaba ligeramente inclinado en la dirección en que había asestado los golpes, se vio obligado a parar. En silencio, fue al encuentro de los caballeros de su padre, los cuatro que quedaban del centenar que había partido del palacio para no volver jamás, y en el mismo silencio cargaron el cadáver del rey en uno de los caballos vivos para regresarlo a su hogar. Durante aquel trayecto, Jon no se permitió llorar en ningún momento.

Después de aquello, en el norte todo se convirtió en un mar de confusión. A su regreso, nadie se podía creer que el rey había fallecido en su misión diplomática. “Lo irónico es que le mataron los mismos que le habían invitado, los mismos que querían mantener la paz”. Y todo porque, al parecer, tal y como le habían contado los caballeros supervivientes, los forajidos que se toparon en el bosque dos años atrás eran hermanos del capitán de la Guardia Real. Jon no sabía por qué eran forajidos, pero igualmente los reyes del este se lo habían tomado como una ofensa. “Sangre por sangre”. Por lo visto, aquellas habían sido las últimas palabras que el asesino de su padre le había susurrado al oído antes de dejarlo caer. Pero él había tenido más suerte; sir Arnold había disparado las flechas que habían perforado las alas del Humano del este que lo iba a aniquilar, y juntos habían caído hacia abajo… aunque Jon se había asegurado al del Este como cojín y por eso estaba vivo. Había sido una suerte, le habían dicho. ¿Suerte? De buena gana se habría cambiado por su padre…

Y aún así, lo peor aún no había llegado. Lo peor no fue cuando Eloisse cruzó el patio corriendo para recibirles y le dio una bofetada en el rostro. Lo peor no fue cuando se reunió con el Consejo para contarles lo que había pasado. Lo peor no fueron los constantes reproches que le hacía por no haber protegido mejor la vida de su padre. Lo peor no fue que apenas pudiese velar el cadáver del rey porque ella se lo impiediese. Ni tan siquiera que tuviera que ocupar un segundo plano en la incineración de su padre, por detrás incluso de Lucas y su madre, porque Eloisse no le hubiese permitido ocupar el lugar que debía ocupar en la ceremonia como hijo del rey; “yo tendría que haber encendido la antorcha para la pira”, pensaba. Lo peor llegó cuando, tras la ceremonia, todas las personas del castillo habían tenido que jurar fidelidad y lealtad la reina, la viuda de su padre que ni siquiera le había dado herederos.

Pero para aquello Eloisse no le había relegado a un plano casi marginal. Jon se había tenido que vestir con sus mejores ropas para decir aquellas palabras en primer lugar, delante de todos, antes que todos. Había caminado en silencio, con el rostro serio e impasible, por todo el salón del trono que hasta hacía nada había ocupado su padre; había hincado una rodilla en el suelo y le había dedicado una reverencia a Eloisse; la había tomado de la mano y le había depositado un beso en ella. Y la había llamado Alteza ante todo el mundo.

Ya nada podía cambiar lo que era, pensaba esa misma noche tumbado en su cama, acurrucado como si aún fuese un niño junto a su lobo Nieve. De haber sido las cosas distintas, ahora él sería el rey. Sería Jon Aspurg, rey en el Norte, y sus enemigos temblarían al contemplar su poder mientras se reía de aquello con sus amigos. A su mente vino Brad, y se imaginó a los dos como cuando eran niños; misma jerarquía, mismo nivel,… ¡a la mierda el protocolo! También pensó en Lucas, preguntándose si, de haber sido él rey, habría hecho caso a su padre y hubiese ocupado su lugar en la Guardia Real. Pero eso Jon jamás lo sabría, porque Jon jamás sería rey.

Jon siempre sería Jon Winter, bastardo del maravilloso e idolatrado rey Robert, que no supo controlar sus instintos y dejó preñada a una misteriosa desconocida del Oeste. Jon no sabía quien era su madre, y sospechaba que, con su padre muerto, el secreto se había ido la tumba con él, pero al menos sabía que no era una norteña. Y el resto del norte también lo sabía. Pero aún en esos momentos, con el corazón sangrando de dolor y rabia, odiando a su padre por haberle dado la vida y añorándolo más aún por haberle abandonado (“No, no me ha abandonado; me lo han arrebatado”, pensó con rabia), recordaba las palabras que Bradley le había dicho en una ocasión: “Somos la sexta raza. La raza sin corona. Y tú eres el príncipe que jamás será coronado. El príncipe paria. El príncipe de nadie. Eres el sexto líder.”.

Y Jon lloró.





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Lun Ago 27, 2012 10:06 pm

La espada de madera impactó contra la coraza de madera del niño con un golpe sordo. El niño no resultó herido, pero el impacto le hizo perder el equilibrio y el pequeño cayó al suelo de espaldas. Refunfuñando y resoplando, tanteó la mano por el suelo para recoger su espada de entrenamiento, pero entonces notó la de su maestro apoyada en la nuez de su garganta y se quedó más quieto que una estatua.

- Estás muerto, niño

- No soy “niño”. Me llamo Jon – respondió el niño, visiblemente fastidiado.

- Mis disculpas. – el anciano hizo una reverencia que pilló a Jon por sorpresa, y por eso no vio venir el golpe que le dirigió con su espada de madera y del que no le dio tiempo a defenderse. – Pero seas Jon o niño, sigues estando muerto. Y lo estarás hasta que consigas esquivar el golpe, levantarte y devolvérmelo. Así que vamos, niño, ¿a qué esperas?

A Jon aquel anciano le sacaba de sus casillas. Ya se lo había dicho una y mil veces a su padre, pero le daba igual. “Todo puede parecer duro al principio, Jon, pero si lo intentas, poco a poco verás como no es tan mal hombre”. ¿Ah no? Pues que se lo dijesen a los cardenales que le salían día sí y día también, y a la sensación continua de sentirse como si le hubiesen dado una tremenda paliza. Pero a Jon no le gustaba dar señas de debilidad, y por eso intentó bloquear todos los golpes de su maestro, una y otra y otra vez. Alguno sí que consiguió…. Pero su maestro era más rápido, más fuerte, más ágil, y sobre todo menos torpe. Hiciese lo que hiciese, Jon siempre acababa jadeando en el suelo, desarmado, y con la espada de su maestro sobre la nuez.

Y así era día sí y día también, hasta que su suerte cambió para siempre.

Aquella mañana, Jon se dirigía con expresión resignada a la sala que hacía las veces de patio de entrenamientos. Esperaba encontrarse a su viejo maestro a solas, como tantos otros días, y por eso se sorprendió cuando lo vio acompañado de un joven desgarbado y alto, bastante mayor que Jon, portando otra espada de madera entre sus manos.

- Vuestro padre es un gran hombre, sí; recuerdo cuando su Alteza me dijo que le ayudase a… – el rostro cordial y amable del anciano se convirtió en una mueca huraña y malhumorada cuando vio a Jon – Llegas tarde, niño. ¿Cuánta veces te he dicho que cierres la puerta al entrar? – Jon se ruborizó, avergonzado, e hizo lo que le decían. Se encaminó al centro de la sala y se quedó mirando a su maestro, aunque de vez en cuando también dirigía miradas de curiosidad al chico mayor. – Coge tu espada y defiéndete, muchacho.

Sin esperar respuesta, el anciano se lanzó contra Jon como alma que lleva el diablo. Y asestó golpes una y otra y otra vez, cada vez con más fuerza. Jon intentaba pararlos todos torpemente, pero aquella fuerza era demasiado para él, y varias veces estuvo a punto de perder el equilibrio. Pero aquel estaba siendo su día de suerte, pues no había caído aún ni una sola vez. Si seguía así, si continuaba resistiendo, tal vez a la mañana siguiente se despertase con los mismos cardenales de aquel día, sin ninguno nuevo.

Su momento de suerte llegó un rato después cuando vio que su maestre dejaba desprotegido el costado izquierdo. Entonces, con rapidez y fuerza, Jon lanzó su estocada hacia allí. Creyó haberlo conseguido hasta que, en el último momento, el anciano desvió su escudo hasta allí, bloqueando el ataque de Jon. El niño puso expresión resignada. La había vuelto a fastidiar. Pero eso no era todo. El anciano agarró con fuerza la espada del niño y tiró de ella. Y Jon cayó, pues no logró soltarla a tiempo. Se dio de bruces contra el suelo, notando escozor en las rodillas y todo el cuerpo entumecido. En esos momentos, Jon se sintió el niño más inútil de todo El Valle. Por su parte, el viejo maestro comenzó a reírse con aquella risa nasal que tan de los nervios ponía a Jon. Y mientras, el chico mayor continuaba en su posición inicial, sin haberse movido ni un ápice.

- Estupendo, chico, estupendo. Creo que cada día aguantas menos que el anterior – y de nuevo, aquella risa insolente. Jon frunció el ceño, con toda la cara colorada, mitad del esfuerzo, mitad de la vergüenza y el enfado.

- Eso es porque cada día me despedís con nuevos moretones y magulladuras. – se lo tendría que haber callado, pero su infinita paciencia había llegado a agotarse. Jon no aguantaba más a aquel viejo y sus desplantes continuos. El anciano, por su parte, parecía irritado.

- ¿Y qué te crees, niño, que un enemigo va a ser más amable? ¿Qué te va a invitar a un refrigerio antes de atravesarte con su espada como si fueses un lechón? – aquella molesta risa de nuevo. Jon no sabía como se mantenía quietecito sin darle un buen puñetazo. – Anda, vamos, levántate. Volverás a intentarlo. Y no saldrás de aquí hasta que lo hayas conseguido una sola vez.

Jon sabía que era inútil; estaba agotado y dolorido, y era más torpe y lento que su maestro. No le daba tiempo a levantarse. Palmeó el suelo en busca de su espada, pero cuando vio venir la de su maestro, cesó la búsqueda y se cruzó los brazos en torno a la cara en un vano intento de protegerse del golpe. Golpe que nunca llegó. Jon se preguntaba por qué el anciano tardaba tanto en golpearle, así que se libró de su improvisado escudo y ahogó un grito cuando lo vio.

Allí estaba el chico mayor, con su espada extendida, bloqueando la espada del anciano, y con una expresión seria en el rostro.

- Creo que el chico ya ha tenido bastante por hoy, anciano

Lo dijo con un tono de voz educado pero imponente; no admitía discusión. Jon contemplaba admirado la escena, dando gracias en secreto por su salvador. “Aunque los nuevos moretones no me los va a quitar nadie”.

El anciano, viendo que no podía volver a enfrentarse a Jon, resopló una vez y se giró hacia el muchacho. Entonces comenzó la tormenta; mirase donde mirase, Jon solo veía espadas danzando de un lado a otro. Pronto tuvo que dejar de mirar porque se mareaba; iban tan deprisa que era imposible enfocarlas bien, ni mucho menos decir cual era de quien. Por suerte, aquello no duró mucho. Jon sintió una especie de placer perverso cuando vio, a unos palmos de él, a su anciano maestro de armas, tendido de espaldas sobre el suelo y desarmado, con la espada del chico mayor apoyada sobre la nuez de su garganta. Y más placer sintió aún cuando oyó las palabras del muchacho.

- Estais muerto, anciano.

El viejo maestro se había quedado blanco como la leche y no conseguía articular palabra; simplemente abría y cerraba la boca como si se tratase de un pez. Jon no se dio cuenta de que aún seguía en el suelo; estaba maravillado viendo como aquel maestre había caído ante un muchacho un poco mayor que él. “Pero no mucho”, pensó Jon, con orgullo, “y algún día, yo también lo haré”.

Tan pronto el muchacho quitó la espada de su nuez, el anciano se levantó y salió de la estancia, dando un portazo. La clase había terminado. Jon seguía mirando la puerta, anonadado, cuando vio que el chico mayor se acercaba a él, todavía con la espada de madera en la mano.

- ¿Estás bien? – Jon asintió levemente; cualquier movimiento exagerado hacía que le doliese el cuerpo – No debí meterme, pero ya no aguantaba más viendo como se cebaba contigo.

- Te lo agradezco mucho, de verdad – Jon le dedicó una de sus más radiantes sonrisas, que el muchacho le devolvió. Jon se alegró aún más: su salvador parecía buena persona. – No te había visto antes, ¿qué haces aquí?

- Entrenarme, como tú.

El muchacho se encogió de hombros, pero su cara de fastidio no engañó a Jon. Supo que no debía hincar mucho el dedo en la yaga, así que decidió dejar el tema a un lado. Al fin y al cabo, no quería enfadar al muchacho que le había defendido delante de su maestro.

- Soy Jon Winter – Jon le tendió la mano al muchacho, con la intención de estrechársela.

- Yo Lucas, Lucas Flynt

Lucas le cogió la mano a Jon y, lejos de estrechársela, tiró de él hacia arriba y le ayudó a incorporarse. Una vez de pie, el uno frente al otro, Jon se dio cuenta de lo alto que era. Le sacaba por lo menos dos cabezas. O puede que más. Pero eso no era lo único. Al principio, Jon no había caído, pero después, aquella noche, cuando fue a dar las buenas noches a su padre y se cruzó con sir Brandon, supo hilar todos los hilos. El muchacho que le había salvado del golpe de su maestro no era un muchacho cualquiera. Era hijo de sir Brandon Flynt, uno de los caballeros de su padre y de sus hombres de mayor confianza. Jon sabía lo que eso significaba, sabía por qué Lucas había estado entrenándose con él aquella mañana. Lucas estaba entrenando para convertirse en caballero. Pero entonces, ¿a qué había venido esa mueca de fastidio?





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Re: Idas y venidas: mis memorias

Mensaje por Jon Winter el Vie Ago 31, 2012 4:14 am

Aquella semana no era una semana cualquiera. Aquella semana era la semana. Y él y el resto de la gente de la zona lo sabía.

Desde que tenía memoria, había una semana al año en que pueblerinos de todo el Valle montaban sus propios puestos artesanos allí, en el Norte, para vender a sus vecinos los productos que habían estado recogiendo todo el año. Desde lana hasta patatas, desde manzanas hasta plata. Todo tenía cabida en aquel lugar, siempre que proviniese del Valle. Y siempre, siempre, había cosas interesantes,… aunque normalmente el precio echaba un poco para atrás.

Había quedado con Lucas a la salida del castillo para ir a dar una vuelta por el mercadillo. Jon se quedó quieto, con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando. Resopló. Su amigo era de los que siempre se retrasaba, y Jon solía ser bastante puntual, sí, todo eso lo sabía, pero aún así no había ni una sola vez en que Lucas no le sacase un poquito de los nervios. Se quedó contemplando como se movían las nubes y como se movía el sol; parecía que no, pero sí lo hacían, lenta pero firmemente. Entonces, cuando algo le tocó el hombro, dio un bote del sobresalto.

- Tranquilo hombre, tendré los dientes grandes pero aún no como humanos

- Has tardado mucho

- Lo siento, madre, me he quedado dormido. – se encogió de hombros.

Jon abrió mucho los ojos y comenzó a reírse, sacudiendo la cabeza. De todas las excusas nobles que podía haber elaborado, Lucas le había dicho lo menos honorable y que, seguramente, fuese de verdad.

- No tienes remedio – Jon rió, esta vez acompañado de Lucas, y cuando ambos pararon se metió las manos en los bolsillos y se giró dispuesto a internarse en mitad de todo el tumulto. – Anda, vamos a dar una vuelta.

Lucas siguió a su amigo y ambos se internaron en mitad de aquel jaleo. Como todos los años, había productos nuevos, cosas que otros años no habían llevado. Una señora sureña lucía orgullosa un pájaro rojo como el fuego que juraba que era un fénix. Tanto Lucas como Jon lo dudaban, aunque tampoco habían visto un fénix en su vida como para poder desmentirlo; al menos se entretenían. Otra anciana vendía unas hierbas curativas que quitaban el estreñimiento de por vida. Lucas comenzó a reír de manera tan escandalosa que Jon, ruborizado, tuvo que agarrarlo por los hombros y llevárselos lejos del puestecillo ante la atónita mirada de los viandantes.

Para que Lucas se calmase, Jon, con la cara aún ardiendo, decidió llevárselo a explorar otros puestos, puestos menos… cómicos, por llamarlos de algún modo. Así, vieron puestos de armas extranjeras, donde Lucas blandió una especie de hoz algo más larga que las convencionales, puestos de armaduras, donde Jon se probó un yelmo muy bonito y tuvo que volver a aguantar las carcajadas de Lucas cuando casi no se lo puede quitar, y finalmente acabaron en un puesto de cintos para la espada y otras armas, o simplemente para sujetar bien los calzones. A Lucas aquello no le interesaba lo más mínimo, a juzgar por la expresión de su cara, pero Jon necesitaba un cinturón nuevo, pues el suyo estaba ya muy desgastado.

Jon se puso a mirar cinturones de todas las medidas y colores, trenzados y sin trenzar, y por un momento dejó de ver y oir a Lucas. Pero solo por un momento.

- ¿Sois de por aquí, mi señora? No os había visto antes.

- No soy tu señora ni la de nadie, no estoy casada. Y para ser de la zona, no teneis muy buena memoria, Flynt

Jon paró por un momento de ojear los cinturones para disimular una carcajada con un acceso de tos. Cuando paró, notó como aquellos dos seguían hablando y cotilleó su conversación mientras disimulaba mirando otros cintos.

- Y-yo… yo… ¿cómo sabeis mi nombre?

- Vaya, ya os habeis olvidado del mi señora. ¿Cómo no iba a conocer vuestro nombre? No hay taberna en la que no hablen de vos.

- Bien, espero.

El ruidito que hizo la mujer casi le provoca a Jon otra carcajada, pero la supo controlar.

- Aún no me habeis dicho vuestro nombre

- Ni lo pienso hacer. Por cierto, no creo que esos te valgan.

Aquello último Jon no lo entendió bien. ¿Qué era lo que no le valía a Lucas? ¿Y a qué venía? Jon levantó la vista en busca de su amigo y la peculiar mujer, pero solo vio al primero haciendo unos gestos muy extraños con la cabeza en su dirección. Jon frunció el ceño confuso y giró la cabeza al frente. La chica estaba allí. Jon se ruborizó.

- ¿Qué decíais, mi señ…? – Jon recordó la reacción de la mujer cuando Lucas la había llamado “mi señora”, así que no llegó a decirlo.

- Veo que has estado escuchando – la chica sonreía, y por un momento, Jon quedó algo deslumbrado; de otra manera no se habría quedado callado y habría inventado una vaga excusa. La cara que debió poner fue motivo de las risas de la chica – Vaya, ahora entiendo lo que decía mi padre. – aquello que decía el padre de la chica, Jon nunca lo supo, pues cambió de tema súbitamente, aunque conservaba parte de esa sonrisa divertida en sus labios.- Esos cintos son de mujer.

Jon los miró y comprobó que tenía razón. Concretamente, el que tenía entre las manos, hacía una curva en una de sus trenzas con forma de corazón.

- ¿Es para vuestra madre? A mi personalmente no me van estos estilos tan… cursis. Pero en fin, para gustos hay colores – la chica se encogió de hombros.

- No – respondió Jon con un hilo de voz, ruborizado y visiblemente avergonzado – Es para mí.

La muchacha se quedó mirándolo mientras, a su espalda, oía las carcajadas de Lucas. Jon frunció el ceño, molesto, pero suavizó la expresión y se quedo mirando a la chica. Esta, por su parte, se encogió de hombros.

- Todo el mundo es libre de seguir a su corazón, supongo.

- Anda, vámonos. Como sigas así me va a dar un infarto de tanta risa… – Lucas se había acercado adonde su amigo y le agarró por los hombros para llevárselo de allí. Jon se dejó hacer; quería que la tierra se lo tragara – Una mercancía preciosa, ya volveremos en otra ocasión

Jon notaba como se iban alejando de allí, y a lo lejos le pareció oír como la chica murmuraba algo. “¡Hombres!”, o similar. A Jon no le interesaba lo más mínimo. Se paró y se puso cara a cara frente a su amigo.

- ¡¿Por qué no me lo dijiste?!

- ¿Que eran cintos de mujer? – Jon asintió. – Porque no lo sabía hasta que no lo ha dicho la chica. Y por cierto, vaya chica. ¡Qué carácter!

Jon puso los ojos en blanco y echó a andar. El enfado ya se le había pasado. Lucas lo siguió sin dejar de hablar de lo poco femenina que parecía la mujer del puesto de cintos hasta que se internaron de nuevo en medio del tumulto del mercadillo.

Parecía que el tiempo no pasaba, peo lo hacía. Pronto, demasiado quizá, Lucas y Jon pudieron ver como el sol se ocultaba en el horizonte y como el cielo se oscurecía cada vez más. Muchos puestos ya estaban recogidos, y sus vendedores, lejos de allí, camino de sus casas. Para alivio de Jon, la chica de los cinturones también se había ido. De modo que decidieron que ya era hora de recogerse, y Jon acompañó a Lucas a su casa.

- Ha estado bien

- Habla por ti. Pensé que donde los cinturones me iba a dar algún ataque.

La cara que puso Jon fue motivo de las risas de Lucas. Jon lo miró serio, y su amigo fue parando, pero entonces una voz de mujer llamó a su amigo y puso fin a la diversión.

- Tengo que irme, Jon, mi madre me llama – Lucas puso los ojos en blanco, visiblemente fastidiado.

- No te preocupes, otro día nos vemos.

De modo que, tras darse un cálido apretón de manos y un abrazo, los dos amigos se separaron y Jon se quedó solo, marchando rumbo hacia el castillo.

Pero aquella noche, como pudo comprobar poco después, era oscura y albergaba todo tipo de sombras extrañas. Mientras travesaba una pequeña parte del bosque para atajar y llegar antes al castillo, Jon no pudo evitar sentirse inquieto. Ya no pudo más con aquela sensación cuando el ruido de una rama rompiéndose retumbó por toda la zona, y acabó apoyando la mano en la empuñadura de su espada. Solo la tenía a ella; Nieve no había ido con él.

Entonces, un rugido le heló la sangre. Miró alrededor. No había nada. Jon no pudo más y desenvainó la espada. Oyó un ruido detrás de él, como hojas agitándose con el viento… solo que no había viento. Jon se giró en aquella dirección. Nada. Entonces, oyó el mismo rugido, solo que más cerca, mucho más cerca, como si estuviera… Jon se giró. Abrió mucho los ojos. La bestia estaba allí. Mitad águila, mitad caballo. Un hipogrifo. Jon vio que la fiera se acercaba a él, se tiró al suelo y se apartó rodando de su camino. La bestia rugió de nuevo, mirándolo con ojos desafiantes, y Jon se puso de pie, mostrándole su espada a la fiera. Parecía estar sola, cosa que Jon agradeció, pero aún así eran animales fuertes y enormes. Jon tragó saliva.

- Vamos. – dijo con voz temblorosa. Carraspeó y miró con más fijeza a la bestia – ¡Vamos! ¡No te tengo miedo!

La bestia pareció entenderlo, porque rugió y emprendió un nuevo ataque. Jon agarró con más firmeza su espada, preparado para esquivar más golpes y dar otros cuantos; todo con tal de espantar a la bestia. “No quiero matarla, pero si es ella o yo, tengo muy clara la respuesta”, se dijo.

Y así estuvieron un rato, hombre y bestia, Jon e hipogrifo, bailando el uno en torno al otro, dando y esquivando estocadas, golpes y embistes. Jon se refugió detrás de un árbol para tomar un poco de aire, mientras la bestia lo llamaba a rugidos; el espacio entre árboles era muy angosto como para que pudiera entrar. Cuando estuvo recobrado, Jon salió de su escondite, y volvió a empezar una nueva tanda de baile.

La luna ya se alzaba bien alta en el cielo cuando la bestia, aprovechando un momento de duda de Jon, alzó las garras en el aire y lo derribó. Jon sintió un súbito ramalazo de dolor: había soltado la espada para protegerse del golpe y había alzado los brazos para protegerse la cara, pero eso no lo había protegido de dos cortes profundos en el antebrazo derecho, fruto de las garras de la bestia. Jon se quedó tendido en el suelo, sintiendo los ojos del hipogrifo clavados en él. El juego se había terminado. Cerró los ojos con fuerza, preparado para sentir un nuevo golpe del animal…

… pero nunca llegó. Un silbido les sorprendió entre los árboles, y el ruido de unas pisadas sobre el suelo le indicó a Jon que no estaban solos. Tragó saliva. Esperaba que no fuese un amigo de la bestia.

- ¡Largo, Zarpas! – Jon abrió los ojos y frunció el ceño. Era una voz de mujer, de una mujer joven – ¡Vamos, fuera, márchate!

Para sorpresa de Jon, el animal obedeció: se internó en los árboles y Jon ya no lo volvió a ver. El muchacho soltó una queja muda: al moverse, había notado un pinchazo de dolor en los arañazos del brazo. Decidió quedarse quieto. La chica se acercó corriendo hacia él y se arrodilló a su lado.

- ¿Estás bien?

- Sí, solo es un rasguño – dijo Jon quitándole hierro al asunto para no preocupar más a la chica.

Sin previo aviso, la muchacha la agarró por debajo de los brazos y lo ayudó a ponerse en pie. Jon no se quejó, pero podría haberse puesto en pie él solo perfectamente. Entonces, notó los ojos de la chica clavados en él, tan clavados que Jon al final frunció el ceño y la miró, inquieto.

- ¿Qué estás mirando?

- Te conozco. Eres el chico de los cinturones.

Jon la miró sin comprender, ladeó la cabeza, enfocó mejor su cara,… y entonces volvió a desear que la tierra se lo tragara. Era la chica del puesto de los cinturones. La chica que al verlo mirando un cinturón de mujer creyó que era homosexual.

- No me gustan los hombres.

- Entonces búscate mejor tapadera la próxima vez. O únete a la conversación, ya que estás. Aunque no lo parezca, no me como a nadie, y a tu amigo no le hubiese venido mal un poco de apoyo moral.

La chica se encogió de hombros, y Jon esbozó una tímida sonrisa.

- Lo tendré en cuenta la próxima vez – prometió Jon. – Pero dime, ¿de qué conocías a mi amigo?

- ¿A ese? De nada. – se encogió de hombros y puso los ojos en blanco – Alguna vez le oía mencionar en alguna que otra taberna, y como es una réplica de sir Brandon supuse que era su hijo.

- ¿Conocías a sir Brandon? – Jon puso gesto sorprendido; no se lo esperaba para nada.

- Todo el mundo conocía a sir Brandon: era caballero del rey Robert – puso los ojos en blanco como si fuese lo más obvio del mundo – Y tú eres el hijo del rey, el bastardo.

- Prefiero que me llamen por mi nombre de pila – replicó Jon, visiblemente molesto

- No me lo has dicho – la chica se encogió de hombros, aunque no apartaba los ojos de Jon, divertida.

- Jon. Jon Winter.

La muchacha miró alrededor, a todo el bosque nevado, antes de contestar.

- Un apellido de lo más original – Jon notó cierta ironía en su tono de voz y se ruborizó – Yo soy Rosalind. Rosalind Reed.

Jon se quedó mirando a la chica; era, cuanto menos, peculiar. Tenía el pelo rojo, rojo como el fuego, pero los ojos eran azules como el mismísimo hielo. Su sonrisa era radiante, pero sus modos la perdían. Y su forma de ser, como había demostrado, era de lo más peculiar. Y pese a ello, era hermosa, hermosa como una princesa.

- Ahora soy yo la que debería preguntar: “¿Qué estás mirando?”

- ¿De qué conocías a esa bestia? - Jon hizo caso omiso a la pregunta de la chica; no quería seguir poniéndose en ridículo delante de ella.

La chica se quedó mirándolo un rato, como analizándolo, antes de responder.

- Esa bestia tenía una astilla clavada entre dos dedos de una garra y yo se la saqué. Me respeta y obedece desde entonces. – su semblante se tornó más serio – Y para tu información no es una bestia, es un hipogrifo.

- Ese hipogrifo casi me come. Es una bestia, una bestia salvaje, eso es lo que es.

Rosalind rió de forma irónica, como diciendo: “¡si solo ha sido un arañazo de nada, por favor!”, y recuperó su semblante serio habitual,… o puede que incluso más serio aún; Jon incluso le pareció ver un matiz despectivo en el brillo de sus ojos.

- Entonces tú eres el hijo bastardo del rey. – Jon frunció el ceño, enfadado. La chica vio su reacción y resopló con los ojos en blanco – No sabes nada, Jon Winter.

Y, sin añadir nada más, Rosalind se fue por donde había venido. Jon tampoco se despidió; estaba enfadado con ella: no había entendido aquello último, no entendía por qué le había llamado bastardo gratuitamente. Y no entendía por qué le había dicho que no sabía nada, llevaba desde pequeño estudiando con los maestres acerca de todas las ramas del saber.

El muchacho resopló y se alejó airado en la dirección contraria a la que se había ido la chica, rumbo al castillo.

- ¡Mujeres!



OFF: Sorpresita si haceis click en el "No sabes nada, Jon Winter". De nada.





Jon Winter
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Jon Winter
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Re: Idas y venidas: mis memorias

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