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Antes del rey, vino el niño.

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Antes del rey, vino el niño.

Mensaje por Bradley Evans el Mar Jun 12, 2012 1:14 am

En la habitación había muchas luces brillantes. El pequeño Bradley jugaba, desde la cuna, a ver imágenes bonitas al cerrar los ojos. Su corta experiencia en la vida, no le permitía entender que esas “imágenes bonitas” eran tan sólo el efecto óptico provocado por apretar los párpados después de haber estado mirando las múltiples velas de la estancia durante un tiempo prolongado. Para él, eran sólo luces y colores que le divertían.

Tenía dos años, y estaba de pie, agarrado a los barrotes de su cuna, de la que hacía tiempo que podía salirse, partiendo la madera como si fuera papel. Pero a mamá no le gustaba que hiciera eso, así que estaba el plan B, que consistía en escalar como un pequeño mono y superar así el obstáculo de los barrotes. Eso tampoco le gustaba a mamá, pero hacía que papá se riera. En realidad, había muchas cosas que no le gustaban a la mujer que, según el entendimiento del niño, tenía que ser su madre. Como por ejemplo, el hecho de que estuviera despierto a esas horas, cuando los “niños buenos” ya tendrían que estar durmiendo. Así que, cuando escuchó pasos y voces, se tumbó y se hizo el dormido.

- ….te dije que no pusieras tantas velas en la habitación del niño - Era la voz de papá.

- No le gusta la oscuridad - y esa era la dulce, aunque algo áspera, voz de mamá.

- Pues dejas una. Un día va a echar a arder…

Aunque hablaban en susurros, Bradley les oía perfectamente, lo que no significa que les entendiera. Sintió una caricia pero no abrió los ojos, inmerso en su teatro. Las suaves manos de mamá lo arroparon.

-Relájate. Sé cómo cuidar a tu hijo.

-Nuestro hijo - Papá parecía triste. La otra voz tardó en responder.

-Hoy me ha llamado mamá

- Lo dices… como si fuera algo malo.

-Lo es. Minutos después estaba corriendo tan rápido que no podía alcanzarle. Se hubiera subido a un árbol si la nodriza no se lo hubiera impedido. Éste niño no es hijo mío. Lo que me da rabia es que a veces lo olvido.
Durante un tiempo se hizo el silencio. Bradley llegó a pensar que se habían ido, y estuvo a punto de salir de entre las sábanas. Pero entonces escuchó de nuevo la voz profunda y fuerte de papá.

- Le quieres. Te preocupas por él, y eres mi esposa. Tal vez no lleve tu sangre, pero te he elegido a ti para que seas su madre

- ¿Sabes lo mucho que duele que digas eso? Yaces con otra y luego yo cuido de su hijo. ¿No soy buena para engendrarlo, pero sí para cuidar de él?

- Sabes que no quería decir eso.

De nuevo, silencio. Bradley cambió de postura, pero ninguno de los dos se dio cuenta. No debían de estar mirándole.

- ¿Qué va a ser de él? Es un mestizo, y un bastardo. Tendría mejor suerte de haber nacido ciego, en vez de con ese destino que no va a poder cambiar.

- Es mi hijo. Heredará mi reino…si tú estás dispuesta.

- Yo no voy a oponerme, si es lo que estás insinuando. Le cederé mis derechos al trono. Le haré mi heredero o, si ya está preparado, directamente será tu sucesor. Nunca tuve aspiraciones de ser reina; tan sólo quería estar contigo. Pero el pueblo…

- El pueblo aceptará. Ahora vamos a la cama, que al final acabaremos despertándole.

Cuando los oyó alejarse, Bradley abrió los ojos, pero ya no había luces brillantes. La habitación estaba a oscuras, y aquello le daba un poco de miedo. Pero en su mente tenía aun el tranquilizador sonido de las voces de sus padres, y eso le relajó. Su inocente intelecto no alcanzaba a comprender lo que había escuchado, porque aun no entendía la mayoría de lo que decían los adultos. Pero entendería. Algún día, entendería.
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Re: Antes del rey, vino el niño.

Mensaje por Bradley Evans el Mar Jun 12, 2012 3:45 am

La espada volaba en sus manos. Bradley era mejor espadachín que la mayoría de los guerreros del Oeste. Según decían, tenía que ver con su condición de Mestizo. También era más rápido, aunque menos fuerte. Y esto a veces era un problema…como iba a comprobar muy pronto.

Se agachó para esquivar un mandoble, y contraatacó con una estocada muy agresiva, con todas sus fuerzas. Su espada era de madera, y su adversario, el maestro de armas, hizo una mueca cuando el golpe impactó en su pecho. Se quedó sin respiración durante unos segundos.

-Muerto - canturreó Bradley, orgulloso de su proeza. Era la tercera vez, desde el inicio del entrenamiento, que lo conseguía.

Su contrincante gruñó, y enseguida comenzó un nuevo cruce de espadas. Bradley se defendía bastante bien; era más rápido que su maestro y ambos lo sabían. Pero entonces, al esquivar una estocada, el maestro le devolvió el golpe que le debía. Aunque no le dio de lleno, pues Bradley se apartó, la madera le rompió el brazo. El chico gritó de dolor, y soltó la espada. Aquél golpe hubiera sido poco más que una caricia fuerte para un Humano del Oeste adulto, pero para un niño Mestizo como él era de una intensidad muy dolorosa. Y eso que habían luchado con espadas. Una vez intentaron entrenarle en el cuerpo a cuerpo y casi le rompen las costillas.


***

Dos días después, estaba sentado en la cama, con el brazo vendado colgando del cuello a través de un cabestrillo, y recibió una visita de su padre. Aquella conversación permanecería para siempre en su memoria.

- ¿Qué tal va ese brazo?

- Tan inútil como ayer. Creo que nunca volverá a ser el mismo

Su padre rió.

- Ha sido sólo una fisura. Curará perfectamente. Ni siquiera te quedará una marca.

- ¡Pero me duele!

Bradley no quería parecer quejica. Tan sólo tenía nueve años, pero ya entendía la necesidad de que un guerrero fuera honroso y valiente. Quejarse era de niños pequeños, pero en ese momento eso es lo que era: un niño que necesitaba a su padre.

-La sanadora dice que se pasará en un par de días. Y en un mes estarás curado. Míralo así: un mes sin entrenar, y sin ver al gruñón de tu maestro. Y le diré a tu madre que tampoco puedes estudiar ni leer todos esos libros aburridos – le guiñó un ojo, y le señaló la pila de libros que Bradley tenía junto a su cama. Eran a cada cual más grueso que el anterior, y hablaba de gente de un pasado muy remoto. Decía muchas cosas que él no entendía, y contaba cosas de una sociedad que él ni podía imaginar. Le parecía un libro de fantasía más que de historia, ya que el mundo era en esos libros mucho más grande que El Valle. Se hablaba de países, cada uno con un nombre. El país de Manhattan, el país de Nueva York, y el país más grande que los englobaba a todos: Estados Unidos. No recordaba si todo el mundo se llamaba Estados Unidos, o era sólo una parte. Aquellas páginas mencionaban una Inglaterra y una España conquistadoras. Y los mismos países, milenios después, siendo conquistados. Y luego el mundo entero unido bajo una misma bandera. O eso era antes. No lo sabía ya. Sacudió la cabeza. Librarse de ello por un mes estaba bien, pero no bastaba para animarle. Su padre lo notó, y suspiró. – ¿Qué sucede?

Bradley se acomodó mejor en su asiento, y se concentró en los ojos azules de su padre.

-No puedo luchar sin espadas, porque soy muy débil. No puedo luchar con ellas, porque también soy muy débil

-Eres el mejor espadachín del palacio. Un mérito increíble para alguien “débil”.

-Soy el mejor si no me tocan con el arma. Al más mínimo golpe…- levantó su brazo de forma significativa, y sintió un pinchazo que le indicó que era mejor no volver a hacerlo.

-Tu fuerza aumentará cuando crezcas. Pero nunca serás tan fuerte como un Humano del Oeste, eso es cierto. Nunca podrás cambiarlo. En cambio, puedes aferrarte a las ventajas de ser endiabladamente rápido

Bradley sonrió solo un poco, y su padre prosiguió.

-Los humanos del Oeste no suelen luchar con espadas, ni con armadura. Los Humanos del Norte tampoco, y no pueden derrotar a alguien de un puñetazo. Pero tú sí. Tienes lo mejor de las dos razas. Vas a ser un gran guerrero.

Su sonrisa se ensanchó. Se miró el vendaje, algo cohibido, mientras su padre continuaba.

-De todas formas, hablaré con el maestre. Le recordaré que está entrenando a un niño, no talando árboles. Entre tú y yo, ese viejo es un poco bruto. Cuando yo entrenaba con él, me rompió la pierna. Y eso fue una rotura de verdad, te lo puedo asegurar, y no una rajita como la de tu brazo.

-¿Por eso tienes una cicatriz en la rodilla?

-No, eso fue en un combate contra un pequeño grupo de norteños que estaban causando problemas. Aquello casi nos costó una guerra, pero el rey Robert fue comprensivo.

-Norteños…¿cómo mi madre?

El padre miró al hijo con intensidad. Pareció pensárselo antes de responder.

-No, como ella no. Tu madre era una buena persona. Con ella aprendí que no importaba la raza, sino el tamaño de lo que todos tenemos en común: el corazón.

Bradley atesoró estas palabras. Su padre no solía hablar de la mujer que le dio a luz: aquello entristecía a su otra madre, a la única que él conocía y que le cuidaba como si fuera su verdadero hijo. Entonces, se le ocurrió otra cosa, y como su padre estaba especialmente comunicativo, le preguntó:

-Entonces, ¿por qué luchamos con los demás? Sé que los Más Alejados son malos, pero ¿y los Humanos del Sur? ¿Y los del Este?

- Luchamos por la tierra, hijo. La única razón por la que siempre ha luchado el hombre. Que no te confunda la ambición: nosotros no somos mejores que ellos, ni ellos que nosotros. Te digan lo que te digan los hombres que alguna vez serán tus consejeros, no te mereces lo que es suyo, ni puedes matar a su familia ni robarles sus haciendas. Pero lo harás, y tendrás que hacerlo, porque esta lucha nunca va a tener fin, y el reino débil será el primero en caer.
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Re: Antes del rey, vino el niño.

Mensaje por Bradley Evans el Dom Jun 24, 2012 5:06 am


Bradley acababa de cumplir once años, aunque por su altura aparentaba algunos menos. Su padre siempre le restaba importancia al asunto, porque estaba seguro que en el futuro iba a ser fuerte y esbelto. En efecto, lo sería; cada uno crece a su ritmo. Pero el aun pequeño príncipe no tenía forma de saberlo, y por ello estaba un poco acomplejado. Era una cosa más que le hacía ser diferente: como si no tuviera suficiente con el hecho de ser Mestizo. Parecía que esa circunstancia le complicaba la vida social. Cuando era más pequeño, era normal que pasara casi todo su tiempo con sus padres y sus maestros, pero ya iba siendo el momento de encontrar un compañero de juegos más adecuado, y lo cierto es que Bradley no tenía ni un solo amigo. De haber tenido hermanos todo hubiera sido más sencillo. Había tardado en darse cuenta de esto, pero ahora que era consciente, no encontraba satisfactoria la única compañía de sus padres, por mucho que les quisiera. Ellos no siempre tenían tiempo para él, ni entendían todos sus juegos, ni podían seguir su ritmo. A decir verdad, esto último seguramente tenía que ver con su velocidad, que sólo un norteño habría podido superar. El caso es que Bradley necesitaba una ocupación para su tiempo libre, y con cierta urgencia. Y sino, que se lo dijeran a la reina.

El palacio estaba alborotado; quizá más que de costumbre, aunque era difícil decirlo. Todos corrían de un lado para otro, preparando la partida del rey hacia una misión muy importante. Se iba al territorio del Norte, pero no para luchar, si no en el nombre de la paz. Bradley sabía algo de eso, pero no conocía los detalles. Quizá, de haberlo hecho, hubiera sabido comportarse. Pero los niños, o al menos éste, no se preocupan de estas cosas. Confiaba en que su padre lo haría todo bien, así que no era necesario hacer tanto escándalo. No entendía, o no quería entender, por qué nadie podía hacerle caso. No estaba acostumbrado a que le ignoraran. Lo cierto es que siempre ha estado muy protegido, y quizás algo mimado; suerte que no le dio por ser tirano, sino tan sólo por ser infantil.

Infantil, precisamente, fue el gesto de coger la espada y el escudo, y ponerse a combatir enemigos imaginarios. Sabía perfectamente, más o menos desde los cuatro años, que aquello no se hacía dentro del palacio, sino en los jardines. Pero, deseoso de llamar la atención, inició “la batalla” en medio del pasillo. Los soldados y los nobles que se le cruzaron no hicieron comentario alguno, ni tampoco trataron de impedírselo, pero Bradley sabía que no tendría tanta suerte si se enteraban su padre o la reina, y aquello es precisamente lo que pretendía: que interrumpieran su interminable trabajo y se centraran un rato en él.

La reina Elahí le descubrió cuando, accidentalmente, derribó una armadura con todo el ruido que ello conlleva. Bradley quería que se lo tragara la tierra: no pretendía llegar tan lejos. Ya no era ningún niño y había ciertas cosas que no se le consentirían. Su madre, aquella con la que no tenía ningún parecido físico, ni siquiera la sangre, fruncía el ceño de la misma manera que Bradley cuando estaba enfadada. Era el signo que Brad utilizaba para saber si se había metido en problemas, y por eso se sorprendió cuando vio que la reina no estaba tan enfadada como cabía esperar. Más bien parecía triste, o cansada, o quizá ambas a la vez. Suspiró, y le dijo que no se moviera.

Volvió al poco rato acompañada del rey. Bradley se sorprendió: tenía que haber hecho algo peor de lo que creía para que su madre sacara al rey de una de sus reuniones, sólo para regañarle. Las pruebas del delito estaban bien presentes: la armadura en el sueño, y la espada y el escudo en las manos de Brad. Miró al sueño, algo avergonzado. Fue la reina quien habló primero:

- ¿Entiendes ahora por qué quiero que te lo lleves?

¿Llevárselo? ¿A dónde? ¿Se había cansado la reina de él? Era un miedo que Bradley siempre había tenido, desde que supo que no era en verdad hijo suyo. Pero su madre le quería, no podía tratarse de eso…

- Si, Elahí, lo entiendo, pero…

- Pero nada. Necesita salir de aquí, y hacer algo más que jugar él solo por los pasillos.

- No me voy de vacaciones. No puedes pretender que…

- Pues es justo lo que pretendo. Ya tengo su equipaje preparado. Bradley se va contigo al Norte y no hay más que hablar. El rey Robert lo entenderá: también es padre según tengo entendido.

Después de aquella decisión, no se supo quién estaba más confundido: si Bradley, por haber salido indemne y con un viaje de regalo, o su padre, por haberse perdido el momento en el que las órdenes pasaba a darlas su mujer.

***

Dos días después Bradley estaba en el lugar más maravilloso del mundo. Nadie más pensaba como él, puesto que hacía mucho frío, pero para él se trataba de la encarnación misma de la libertad. Había creído ver lo que parecían dos personas corriendo, pero iban demasiado rápido para estar seguro: ¡aquellas personas eran más rápidas que él! Le parecía maravilloso…Además, no hay que olvidar que aquél era el hogar de su madre: era el Norte. Brad conocía la frontera y los primeros territorios norteños, pero nunca se había adentrado tanto. Cuando tuvo la oportunidad de cabalgar a su lado, miró a su padre con asombro y una sonrisa. El rey le devolvió la sonrisa, y le contempló con serenidad: sentado sobre el caballo Bradley parecía mayor de lo que era.


- No está mal que vengas, después de todo. Va siendo hora de que aprendas más cosas sobre lo que significa ser rey.

No hablaron mucho más antes de llegar al palacio del Norte, donde le volvieron a repetir que no debía molestar mientras los dos reyes se entrevistaban. El rey se mostró firme en eso; conocía como se las gastaba últimamente Bradley cuando nadie le entretenía. Los preliminares se hicieron algo pesados, y finalmente, entró con su padre al salón del trono. Se le indicó que se quedara en un rincón, y así lo hizo, en un principio, mientras observaba a los anfitriones. Le sorprendió la juventud de la reina del Norte, le pareció hermosa, pero le dio algo de miedo. Se alegró de que ella no hubiese reparado en él.

Los minutos pasaban y aquello era muy aburrido. Captaba fragmentos aislados de la conversación y se sorprendió de entender la mayoría: le habían iniciado en las sutiles artes de la política. Cuando ya creía que iba a quedarse dormido, reparó en un niño que se escondía con aire furtivo. Se acercó a él, sin acordarse de que le habían dicho que el rey Robert tenía un hijo, y sin saber tampoco que aquél sería el inicio de una increíble amistad: iba a conocer a Jon Winter.

[Ver “Como conocí a vuestro Bradley” by Jon Winter, para más información sobre éste flashback xD]
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Re: Antes del rey, vino el niño.

Mensaje por Bradley Evans el Sáb Jul 21, 2012 10:43 am

Podría decirse que la vida de Bradley cambió mucho cuando conoció a Jon Winter. Aquél niño, al que le sacaba unos cuantos años, había vivido en circunstancias que le habían hecho madurar rápido. Se parecían mucho: ambos eran Mestizos, mitad del Norte mitad del Oeste, bastardos, e hijos de reyes. Pero Bradley había contado con una madre que le quería, mientras que Jon era solo un estorbo para su madrastra. Brad iba a ser rey, y Jon no iba a ser….nadie.

No se veían tanto como hubieran deseado, puesto que eran de territorios diferentes. Pero el hecho de saber que en el mundo había una persona que te entendía y te apreciaba como amigo era ya de por sí algo maravilloso. Era difícil separarles cuando se encontraban, y cuando estaban juntos no hubiera sido fácil decir quién era el mayor y quién el pequeño, puesto que corrían, se perseguían y jugaban como dos chiquillos sin educación.

Claro que, eso era en los ratos de ocio. Lo cierto es que, a los trece años, el tiempo libre de Bradley era más bien poco. A las clases teóricas y las prácticas de espada que siempre había tenido se sumaron las expediciones de caza. Después, comenzó a estar presente en cada una de las aburridas reuniones de su padre. Era el príncipe heredero, y sus obligaciones eran muchas; en ocasiones más que las del rey, pues él debía aprender a ser uno. A fuerza de responsabilidades, Bradley aprendió a ejercitar la paciencia y el saber estar; guardaba sus impulsos infantiles para sus momentos con Jon, cuando uno de los dos visitaba el territorio del otro.

Los padres de Bradley eran ya mayores. Su padre tenía ciento cincuenta y un años, y su madre ciento cuarenta y cinco. El rey, temiendo quizá no vivir mucho más tiempo, pues su salud era delicada, podía llegar a presionarle en exceso. Bradley ya se presionaba por sí solo: estaba dispuesto a ganarse el afecto del pueblo. Pero a la vez temía no ser aceptado: esto en ocasiones le llevaba a tomar decisiones equivocadas, y un rey no podía permitirse ese lujo. En una ocasión, estando Bradley cerca de los catorce años, su padre le puso a prueba. Le puso al mando de una expedición que tenía como objetivo capturar a una banda de ladrones que habían estado causando problemas. Le dijo qué rutas seguir y quiénes serían sus hombres. Estos, evidentemente mucho mayores que él, se mostraron poco dispuestos a seguir a un crío Mestizo, una vez se hallaron a solas, lejos de la influencia del rey. Desde luego, no fueron cordiales, si no tan sólo mínimamente respetuosos, y el viaje a caballo se hizo pesado, en un silencio tenso. Bradley les escuchó hablar la primera noche, cuando acamparon.

- Yo no me hice soldado para cambiar pañales

- Ni yo

- Su Bajeza Real se lo tiene muy creído. Está muy orgulloso de tener esta misión. Este es el trabajo de tres hombres, cuatro como mucho. Nosotros somos diez, al mando de ese crío. Su padre se lo ha puesto en bandeja. Cuando acabemos, su ego estará por las nubes; se creerá que ha hecho algo y todo. No necesitamos que él nos comande

En ese punto Bradley se dejó ver, fingiendo que se le caía el yelmo para hacer ruido. Al percatarse de su presencia los dos solados se pusieron en pie, nerviosos.

-Alteza – hincaron las rodillas.

- No es así como me has llamado hace un momento

El soldado tragó saliva. Aun tenía la esperanza de que el príncipe no hubiera llegado a escuchar nada. Al descubrir que no era así, su preocupación fue evidente.

- Yo…disculpadme, Alteza

-Tienes razón. Soy joven, e inexperto, y esta misión es bastante sencilla. Pero soy vuestro príncipe, y debéis tratarme con respeto

-S-sí, Alteza

- Sí, Alteza

En ese momento Bradley tomó una buena decisión: decidió no castigar a esos hombres, ni aumentar su vergüenza de ninguna forma. Es más, en ese momento se ganó su lealtad, al dar por zanjado el tema y añadir:

-Pese a que no sea una misión complicada, mi padre desea que la complete con éxito. Es la primera vez que él no me acompaña, y agradeceré el consejo de guerreros mayores que yo, y más experimentados.

Los dos hombres se miraron, y después le miraron a él. Aun con la rodilla hincada agacharon la cabeza, en señal de respeto. Se sentían honrados por lo que implicaba aquella frase. Tal vez, después de todo, el joven príncipe fuera digno de su cargo.

-Será un honor, milord

Bradley sonrió. Se había ganado a dos de sus hombres, cuando podría haber hecho fácilmente dos nuevos enemigos.

- Bien. Ahora descansemos. Mañana será un día largo

Para los hombres aun era pronto; Bradley estaba acostumbrado a acostarse antes pues era poco más que un niño. Pero no dijeron nada y obedecieron gustosos: le estaban agradecidos y se sentían admirados de que alguien tan joven actuara con tanto sentido común.

A la mañana siguiente Bradley tomó la ruta que su padre le había indicado. Era un camino fatigoso y lleno de cuestas: incluso los caballos parecieron cansarse. Los soldados del día anterior no tardaron en aproximarse, algo cohibidos.

- Señor, ayer pediste que te aconsejáramos

- Así es – Bradley sentía curiosidad. Aun no había tenido oportunidad de equivocarse ¿no?

- Existe un camino más corto que el que vos indicáis.

- Esta es la ruta que me dijo mi padre, estoy seguro

- Señor, sabemos dónde se esconden los ladrones. Si tardamos demasiado, pueden escapar y entonces nos sería muy difícil dar con ellos

Bradley lo meditó. Él también había reparado en la existencia de otro camino, y consideraba que los hombres tenían razón. Por otro lado, deseaba complacerles. Tras unos momentos, asintió.

-Sigamos el otro camino, pues

Lamentablemente, aquél camino resultó estar repleto de ciénagas y arenas movedizas. Tras un par de percances que pudieron haber costado un disgusto, resultó imposible continuar por ahí. Deshicieron lo andado y retomaron el camino largo, pero para entonces los malechores habían huido, pues alguien debió de haberles alertado. Bradley había fracasado, y se odió a sí mismo. Regresó al palacio como un perdedor, y no creyó ser capaz de enfrentarse con su padre. El rey le esperaba, a solas, en el salón del consejo. Ya había sido informado.

- Padre – Bradley le saludó sin apenas mirarle. No sabía dónde meterse. Le habían dado una responsabilidad mínima, y había fallado.

El rey no dijo nada, al principio. No parecía enfadado, pero Bradley sabía que no solía exteriorizar sus emociones. No le tenía miedo; no exactamente, pero sí le preocupaba el haberle decepcionado. Finalmente, el rey habló.

- Te dije qué ruta debías seguir. Para saber dar órdenes primero hay que saber obedecerlas, hijo.

- Lo sé.

- Hubiera estado bien que lo supieras cuando decidiste desobedecerme - repuso el monarca, con algo de ironía. La frase resultó algo dura, a los ojos de Bradley.

- Yo no… Había otro camino. No consideré de vital importancia seguir el que me habíais marcado.

- Ese fue, precisamente, el problema. No hay que considerar las órdenes, sino tan sólo acatarlas.

Bradley no dijo nada; no sabía que responder. Tras unos segundos de incómodo silencio, su padre fue relajando el ceño, y su expresión se ablandó.

-Hace unos días regresó una patrulla que me comunicó que el camino más corto resultaba inaccesible después de las lluvias; aquello era un barrizal y podía ser peligroso. Por eso te indiqué que fueras por el otro. Conozco mis tierras, hijo mío. Deberías saber que no te daría ese camino de no ser por un buen motivo. –Bradley alzó la mirada, y sus ojos se cruzaron con los de su padre, que le observaban con indulgencia – No importa. Se aprende de los errores. Yo también: aun eres muy joven para comandar una expedición tú sólo. A veces olvido que sólo tienes trece años.

Bradley no quería que le tomaran por un niño inútil, pero lo cierto es que escuchar aquello de labios de su padre le alivió: él tampoco se sentía preparado para esas misiones, y lo había pasado bastante mal sólo durante la noche. Abandonó el salón sintiéndose más ligero. A la salida, le esperaban sus diez hombres. Bradley les miró con sorpresa, sin saber qué querían de él.

-Bradley…Alteza….¿se ha enojado mucho vuestro padre?

-Mi padre es un rey comprensivo

- Sentimos haberos inducido al error. Nosotros no…

Bradley creyó entender.

- No os he mencionado, si es lo que os preocupa. Fue enteramente culpa mía: conocía mis órdenes

- No.…Sois muy amable, milord, pero no es eso. Nosotros queremos… a partir de ahora, deseamos estar a vuestro servicio

Bradley les observó, entre confundido, conmovido, halagado y algo asustado. Memorizó el rostro y los nombres de cada uno de aquellos soldados, que deseaban estar al mando de un Mestizo de trece años. Le honraba el haber sido capaz de ganarse su lealtad.

- Para mí será un honor, sir Benjamin. Confío en que mi padre esté de acuerdo.

Bradley se sintió unido a aquél hombre, cuya opinión sobre él había logrado cambiar. Ahora contaba con el respeto de Benjamin Ulrich, e intuía que aquello le iba a ser útil en un futuro. Así comenzaba una alianza, y en cierto sentido, pese a la diferencia de edad, una amistad.
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Re: Antes del rey, vino el niño.

Mensaje por Bradley Evans el Vie Ago 10, 2012 11:07 am

Si el curso natural de la vida y sus muchas responsabilidades habían hecho que Bradley creciera como persona, y abandonara un poco su lado más infantil, la frágil salud de su padre sacó a relucir lo mucho que deseaba ser digno sucesor de éste. El joven príncipe contaba con catorce años cuando el rey sufrió su primer infarto. Fue un gran susto para todos, aunque afortunadamente no resultó mortal. No obstante, el rey debía descansar, y fue la reina la que, temporalmente, asumió sus responsabilidades.

Se enfrentaban, no obstante, a un problema logístico. Como parte de un largo y frágil proceso de paz, se esperaba que el reino del Norte y el del Oeste celebraran una reunión en no mucho tiempo tras la enfermedad del monarca. La reunión tendría lugar, además, en el reino vecino. Normalmente hubiera sido el rey, acompañado quizá de Bradley, el encargado de acudir al compromiso, mientras la reina se quedaba como regente. Dado que el galeno de la corte había prohibido que el rey se levantara de la cama, esto no era factible, y la reina tampoco podía abandonar el trono para ocuparse de los asuntos de la política exterior. Era, sin duda, un problema considerable. No deseaban aparentar debilidad, ni alertar a sus vecinos de que estaban desprotegidos y podían atacarles; fue eso lo que les impidió solicitar que fuera el rey del Norte quien se desplazara.

Una tarde como cualquier otra, el príncipe entrenaba, descargando mandobles constantes contra una adversario de madera, mellado ya por el contacto de la espada. Parecía ajeno a lo que le rodeaba, pero era muy consciente de que estaba siendo observado por algunas personas, entre ellos su amigo y consejero Benjamin. Aunque no podía saber lo que éste estaba pensando, Bradley intuía el rumbo de sus pensamientos por la pose orgullosa que el soldado adoptaba para con él. Tan sólo tres años después, quedaba ya poco rastro del niño de once años que se desprendía de los problemas para jugar por los pasillos. Bradley era un pequeño hombre, un adulto en miniatura que hacía frente a todo lo que se requería de él. Era, además, un muchacho atento con su padre que le quería, y le acompañaba en sus momentos de aburrida convalecencia. Su cuerpo comenzaba a crecer también, y gracias a los entrenamientos poseía una envidiable musculatura. De no tener un rostro y un carácter tan afable, habría llegado a intimidar. Él era consciente de estos cambios, y Benjamin también, aunque quizá vieran las cosas de diferente forma.

Cuando Bradley hizo un alto para tomar aire y limpiarse el sudor, Benjamin se aproximó. Le tendió una gamuza, que desde luego era un método más higiénico para limpiarse que la manga que pensaba utilizar, y le sonrió. El príncipe le devolvió una fugaz sonrisa, indicando que no deseaba entablar una conversación; no quería distraerse. Como tantas otras veces, Benjamin le ignoró, y se puso frente a él para decirle:

- Parecéis fatigado

- Lo estoy

Los dos guerreros, hombre y muchacho, se contemplaron en silencio. Tras devolver la gamuza, Bradley se preparó para comenzar de nuevo a golpear a su estático contrincante. El muñeco estaba que daba pena verlo; tras un par de golpes fuertes, se rompió hasta casi inutilizarse. El príncipe hizo ademan de querer continuar, pero Benjamin le interrumpió de nuevo.

- Ya sé que no es demasiado guapo, pero en realidad no os ha hecho nada – comentó en tono de burla, señalando al monigote con la cabeza.

- Mis huesos podrían partirse con la misma facilidad que esa madera si me enfrento a vos o a alguien como vos. Debo estar preparado

- Mataros de agotamiento no va a haceros más fuerte. Nada puede haceros más fuerte. Sois un Mestizo, Alteza

Bradley le miró con un destello de furia. Aunque aquella palabra no tenía de por sí un sentido connotativo, mucha gente la había utilizado como insulto contra él; más concretamente para indicar que no era digno de heredar el trono de su padre. Sin embargo, supo ver que la intención de Benjamin era otra, y esperó, dispuesto a escucharle. Relajó la postura y bajó la espada, pero no llegó a soltarla.

- Normalmente, no me opongo a que os fustiguéis a base de ejercicio y pensamientos pesimistas; pienso que, si bien no va a ayudaros a alcanzar el objetivo que creéis que debéis alcanzar, sí va a seros útil a la hora de enfrentaros con vuestros posibles detractores. Nadie puede negar que os esforzáis por ser bueno, y eso puede ayudaros a cerrar algunas bocas. Como digo, normalmente no me opongo. Pero considero que ahora podrías estar haciendo algo mejor que machacar a un endeble trozo de madera. Vuestro padre os necesita.

- No soy galeno. No puedo curarle. Le visito todos los días. Continúo con mis tareas.

- Sí, si si si. Estáis haciendo justo lo que se espera de vos. Pero ¿desde cuando hacéis eso? ¿Desde cuando te limitas a ser “correcto”, Bradley?

Benjamin había pasado a hablarle de una manera mucho más familiar, buscando conectar con él. En realidad, Bradley prefería ese trato más cercano, aunque le extrañó un poco en labios de aquél hombre, que aconsejaba y regañaba a partes iguales. El príncipe siempre se sentía pequeño al hablar con él, y dudaba que fuera una sensación que desapareciese con el tiempo.

- No me gustan los enigmas, y tampoco tengo tiempo para ellos. Os ruego que vayáis al grano

- Ahora mismo, deberías estar rumbo al Norte para reunirte con ese amigo tuyo y su poderoso padre. Deberías ocupar el lugar del rey, y continuar con las conversaciones de paz

- ]Lo sé

El hombre pareció sorprenderse de que no lo negara, o tratara de justificarse de alguna manera. Le había dado la razón, y esa era una reacción que no esperaba.

- Entonces, ¿cuál es el problema?

- Mi maestro dice que no debo hacerlo. Dice que un príncipe debe ocupar su lugar y sólo ese; algunos podrían verlo como un intento de apoderarme del reino de mi padre.

- Esa es la mayor tontería que he escuchado en mucho tiempo

- Además soy solo un niño Mestizo, y no me consideran capacitado para la tarea. Hay quien duda que deba siquiera heredar el trono

- Corrección: esa tontería es aun mayor

Bradley guardó silencio, y envainó la espada: parecía resignado a no entrenar más aquella tarde. Gran parte de su público se había dispersado, y un par de escuderos acudieron presurosos a retirar el muñeco al que había estado golpeando. Comenzó a caminar, y estiró el brazo, pidiéndole a Benjamin con un mudo gesto que le diera de nuevo la gamuza. Sintió alivio al limpiarse la frente de sudor; aun así, debía asearse en cuanto pudiera; no le gustaba estar pegajoso ni oler mal.

- Esas dudas son reales. Yo también las tengo. No hace mucho, tú también las tenías – agregó, lanzando una mirada significativa. Con ello le recordaba a Benjamin que no siempre había estado de su lado. El otro, lejos de avergonzarse, o de dejar el tema, que es quizá lo que Bradley pretendía, le rebatió:

- Os ganasteis mi lealtad al demostrarme que erais digno del trono. No fue por vuestra gran sabiduría. No fue por vuestros impresionantes músculos aunque, sin duda, ahora tendría que replanteármelo. Fue por vuestro buen corazón. Un corazón valiente, y justo. Es por eso que estoy convencido de que el pueblo os va a aceptar. Y es por eso que se que tomaréis la decisión correcta, e iréis a ese congelado territorio norteño aunque tengáis que patear algunos traseros para ello


Con frases como aquella, del estilo “sé que harás lo correcto”, diversos mentores han conseguido lo que esperaban de sus pupilos. Aquella ocasión no fue diferente. Bradley, con la confianza algo más reforzada, partió dos días después al territorio que mejor conocía, después del suyo.

***

El hecho de que su madre no pusiera reparos a su deseo de sustituir al rey en aquella misión hizo que el príncipe entendiera que era algo en lo que también ella había pensado. La reina parecía tener sentimientos encontrados: preocupación por su hijo, y sentido del deber. Pero en ningún momento mostró desconfianza o temor por que pensara que Bradley no podía lograrlo. Con aquello en la cabeza, el muchacho atravesaba el río que marcaba la frontera con el Norte. Le acompañaban cinco hombres, y el príncipe experimentaba cierto malestar por que Benjamin no era uno de ellos. Pero no había podido desatender sus obligaciones. Además – Bradley lo había notado – no parecía un hombre que sintiera mucho entusiasmo por los viajes. El chico cayó en la cuenta de que sabía muy pocas cosas al respecto de su amigo y consejero, y se dispuso a indagar en cuanto pudiera.

El viaje no fue muy largo. Pararon para lo indispensable, y muy pronto el príncipe del Oeste distinguió el palacio norteño. Aquél lugar le provocaba sensaciones muy diferentes. Era el hogar de su mejor y único amigo, su hermano de otra madre, pero también suponía, en esos momentos, una prueba importante. Si el Robert no le tomaba en serio; si no le aceptaba como representante de su gente, Bradley entendería que jamás sería aceptado como rey.

Cuando bajó del caballo la entrepierna le molestaba un poco, pero no llegaba a dolerle. Por un segundo se quedó junto al caballo, como acostumbraba a hacer hasta que su padre le indicaba que podía entrar, pero entonces recordó que él ostentaba el poder en aquella ocasión, y se acercó a los guardias del palacio. Se hizo anunciar, y aguardó. No tardaron mucho en hacerle entrar, y le condujeron directamente al salón del trono. A diferencia de sus anterior visitas, el monarca norteño se encontraba sólo. Había decidido recibirle en la más completa intimidad, y Bradley se preguntaba por qué. Saludó al anfitrión con una reverencia.

- Majestad

- ¡Príncipe Bradley! - no fue una exclamación de sorpresa, pues había sido bien informado, pero si parecía constatar lo inesperado de su presencia…sin nadie más. – Confío en que siga siendo…”príncipe”

El rey Robert no había sido muy sutil, pero había dejado claro el motivo de aquella reunión sin testigos: parecía querer constatar que su padre, el rey del Oeste, no había fallecido. Bradley casi quiso pegarse al entender que, con toda probabilidad, aquél hombre estaba enterado de que el corazón de su padre había fallado. Temía que fuera portador de malas noticias.

- Mi padre continúa en cama, reponiéndose. – respondió, como si no se hubiera sorprendido por lo bien informado que estaba Su Majestad.

El alivio del rey norteño pareció sincero. Desde luego, se le vio más relajado, y Bradley comprendió que procesaba una sincera, aunque quizá no muy intensa amistad hacia su padre. Al reino del Norte podría convenirle la repentina muerte del rey del Oeste, pero lejos de ver aquella posibilidad, el rey Robert se había mostrado leal al pacto y al monarca del reino vecino. Bradley se sintió agradecido.

-Entonces habéis venido en calidad de…príncipe… para tratar, imagino, algunos asuntos de Estado

A Bradley le pareció curiosa aquella vacilación antes de pronunciar su título, pero no hizo comentarios. Se limitó a asentir, en reconocimiento a la perspicacia de su anfitrión. Le observó discretamente. No parecía disgustado con la idea, ni tampoco se había opuesto verbalmente. ¿Implicaba aquello que le aceptaba como embajador?

- Así es, Majestad. Estoy seguro de que mi padre lamenta no poder estar presente

Ese fue el inició de una conversación de varias horas, y Bradley sintió que había estado a la altura, aunque quizá su inexperiencia le había juzgado alguna mala pasada. Si fue así, de todas formas, el rey Robert no pareció percatarse y le trató como a un igual; en todo caso como un rey trataría a un príncipe. Nunca como un paria. Nunca como a un niño. Nunca como a alguien de quien aprovecharse. Bradley terminó de entender por qué era posible la relativa tregua entre ambos reinos; al menos entre sus gobernantes. El rey Robert era una buena persona que actuaba con honorabilidad.

Cuando por fin dieron por concluida la sesión, y empezaron a hablar de forma más distendida, Bradley mostró algunos signos de impaciencia. Ya había cumplido con su deber, y sabía que en algún lugar de ese palacio estaba Jon. Quería verle. No le importaba que fuera considerablemente más pequeño: era un gran compañero de juegos y se estaba convirtiendo en un gran compañero en la vida. Tenían muchas cosas en común, pese a los cinco años que les separaban. El rey pareció comprender sus deseos, y sonrió:

- Ya te he entretenido bastante. Me consta que Jon querrá verte. Debe de estar en el jardín

Tardando lo justo para no ser descortés, Bradley se apresuró a salir de allí y buscarle. En el pasillo, sin embargo, se cruzó con una muchacha. No podía ser mucho menor que él, y Bradley la conocía de vista: era la hermana de la reina. Sonrió con cortesía y, mientras proseguía su camino, sintió un estremecimiento, como si aquella chica fuera a ser importante. Tal vez tuviera que ver con el miedo que le inspiraba su hermana, la reina. Sacudió la cabeza para alejar estos pensamientos, y siguió buscando a Jon.

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Re: Antes del rey, vino el niño.

Mensaje por Bradley Evans el Miér Ago 22, 2012 8:47 am

Sobre la mesa había una infinidad de platos que demostraban la fertilidad de aquellas tierras. A su derecha había un estupendo guiso a base de patatas, zanahorias y otras hortalizas que le eran menos conocidas. A su izquierda, había un lechón bañado en miel. Algo más lejos, Bradley veía diversas carnes cocinadas de diversas maneras, de forma que no había ni un sólo plato repetido en la mesa. Un estupendo pastel de carne y setas pedía a gritos que le dieran un mordisco, y a su lado una empanada de ingredientes desconocidos resultaba igual de tentadora. Un estofado de pollo y almendras estaba siendo servido en esos momentos por uno de los criados. El pescado más fresco, acompañado del mejor marisco, humeaba aun recién salido de las cocinas. Casi al fondo, en la mesa rectangular, destacaban otros platos que el príncipe apenas alcanzaba a ver. Todo ello iba acompañado del más excelente vino que un hombre pudiera oler jamás, y para su delicia le habían dejado probarlo. También había probado un licor dulce y afrutado, y como consecuencia empezaba a notar calor en sus mejillas. Un banquete como aquél debería de haber despertado su entusiasmo, sobretodo teniendo en cuenta que los invitados eran los monarcas del Norte...y el hijo del rey norteño, su querido amigo Jon. Además, contaba con la compañía de su padre, plenamente recuperado, sentado en su trono, bebiendo y riendo con los demás. Como príncipe, ocupaba un lugar de honor, y escuchaba la animada conversación entre los dos reyes, interviniendo sólo cuando le preguntaban. Debería de haber sido feliz aquella noche, pero dos cosas se lo impedían: la primera, Jon estaba demasiado lejos. Le veía, le sonreía, y se habría animado a hacerle algún gesto de no tener que mantener una pose regia, o más bien principesca. Pero les separaban diez personas: Jon no era príncipe, y por eso no se sentaba con la realeza. La segunda, ella. La hermana de la reina Eloisse, apenas dos años más joven que él, era su acompañante aquella velada. Como anfitrión, era su trabajo hacer que la joven Eingel disfrutara del banquete, y para Bradley aquello era algo así como limpiar los establos: le producía el mismo placer.

La joven le parecía bonita, pero apenas se conocían y no había por ello tema de conversación. Además, las frases vacías propias de la cortesía nunca habían sido el fuerte de Bradley. Se limitó a hacer vagos comentarios sobre la suculenta comida, y en más de una ocasión dejó con la palabra en la boca a la pobre muchacha. Para más irritación, su madre, sentada a su derecha, había dejado de incluirle en la conversación, y el príncipe se centró en su plato, aburrido e incómodo. Desesperado, sintiéndose absorbido por aquél silencio tenso que no sabía cómo romper, lanzó una mirada distraída a la copa de la muchacha, y vio que estaba vacía.

- ¿No os gusta el vino? - preguntó, intentando que su voz sonara señorial.

- No me permiten tomarlo. - respondió la chica, como sorprendida de que le hablara. Era lógico; tampoco a él solían dejarle beber y era algo mayor que ella. No obstante, vio la oportunidad de iniciar una conversación e, invadido por la prepotencia juvenil y la altanería principesca, se aclaró la garganta y replicó:

- Yo soy el príncipe, y te lo permito.

La joven iba a responder, pero antes de que pudiera hacerlo Bradley sintió que la mano de su madre le apretaba el hombro, con dulzura pero con firmeza. Por lo visto, les había escuchado.

- No debes inmiscuirte en las órdenes de un padre para con su hija, Bradley. Seas o no el príncipe, como si fueras el mismo rey, hay cosas en las que debes permanecer al márgen.

Brad sintió como el color acudía a sus mejillas; un rubor que nada tenía que ver con el vino. Le avergonzaba que le reprendieran como a un chiquillo, incluso aunque lo hicieran con tanta delicadeza como lo había hecho la reina Elahí. En los últimos tiempos había tenido que asumir responsabilidades de hombre, y le frustraba que sus hábitos de niño delataran su juventud.

- Os equivocáis, mi señora. Mi padre no me ha ordenado nada; nunca lo hizo en realidad, puesto que, como sabéis, murió siendo yo muy niña. Quien se opone a que participe plenamente en los festejos es mi hermana, la reina Eloisse. Al parecer, soy demasiado joven para el alcohol, a pesar de que ella no lo fue para casarse con la edad de vuestro hijo.

Aquello fue tan chocante, descortés, y "alucinante", desde el punto de vista de Bradley, que su madre no tuvo respuesta para ello. El príncipe consideró de pronto que su invitada era más interesante de lo que había pensado en un principio, aunque también era consciente de lo inapropiadas que podían resultar aquellas palabras, si las oían las personas equivocadas. Sin embargo Elahí supo entender que no eran más que el fruto de la indignación de una chiquilla, y sonrió con cortesía antes de concentrarse de nuevo en la comida.

Bradley meditó unos momentos sobre la juventud de la reina Eloisse, en comparación sobretodo con su esposo, y el hecho de que sus padres hubieran muerto. Nunca se atrevía a preguntarle a Jon sobre su madrastra, porque sabía que no se llevaban bien, y que ella no le había admitido como hijo. Por eso Jon no era el heredero. Pero pocas veces se había parado a pensar en la hermana pequeña de la reina; huérfana a temprana edad y criada para ser princesa. Era mayor que Jon, y familia directa de la reina. ¿Implicaba eso que, si los reyes del Norte no tenían hijos legítimos, Eingel sería la heredera? No le parecía justo. De pronto, el atisbo de simpatía que comenzaba a sentir por la chica, se desvaneció. Su amigo Jon merecía ser príncipe, dijera lo que dijera la reina Eloisse y el resto del mundo. Observó al chico, entendiendo mejor que nunca que era, cruelmente, un cero a la izquierda en el palacio del Norte. ¿Qué futuro iba a depararle?

Horas después, cuando el banquete degeneró en risas alcohólicas, y las risas en estallidos de júbilo y de algo más, entraron los bardos y los bufones, como para impedir que algunos caballeros se lanzaran sobre las criadas, tentadoras bajo los efectos del vino. Ese era el momento en el que Bradley podía abandonar la mesa, alegando cansancio y escudado bajo un montón de fórmulas de cortesía que tenía bien estudiadas, aunque las pronunciara con torpeza. Se levantó, y le hizo un gesto a Jon, para que le imitara. Tratando de ser discreto, Bradley se quitó la corona, que había tenido que llevar durante el festín como parte del protocolo y se reunió con su amigo.

- Tu tía no es una compañía muy divertida - señaló, y esa fue la frase que dio comienzo a la verdadera diversión, puesto que, sin esperar respuesta, tocó a Jon en el hombro y empezó a correr, como diciendo "tú la llevas". En realidad, era una escusa para alejarse dé salón, de los pasillos, y de la gente, y cuando estuvieron a solas, cerca de la habitación de Bradley, éste dejó que Jon le alcanzara; aunque estuvieran muy igualados, debido a su edad Brad aun podía ganarle en las carreras, aunque no estaba seguro de poder hacerlo en otras competiciones. Recuperando el aliento, Bradley alzó la mano, como pidiendo una pausa, y adoptó una pose algo más propia de su edad y título. Contempló a Jon, y le preguntó:

- ¿Deseas ser príncipe? - fue directo y brusco, como si temiera que se vieran obligados a cortar la conversación de pronto, si alguien les observaba. Jon le miró con suspicacia, como tratando de averiguar sus intenciones.

- No puedo serlo

- ¿Por qué no? Hace años que tienes edad para entender que mi padre se deshonró tanto como el tuyo. Los dos somos bastardos, Mestizos, e hijos de reyes.

- ¡Mi padre no se deshonró! - exclamó Jon, irritado, aunque a Bradley le pareció que no se lo creía del todo.

- Lo hizo. Tomó a una mujer que no era su esposa y la dejó preñada.

Para sorpresa de Bradley, Jon trató de darle un puñetazo, y por poco lo consigue, pero logró esquivarlo. Suavizó entonces el tono, ya que no pretendía pelearse con su amigo, ni mucho menos.

- Y el mío también. No trato de ofenderte. Sólo digo que somos iguales. Yo merezco mi corona tanto como tú la tuya. - Bradley miró a los ojos a aquél niño tan poco infantil, y se perdió en la oscuridad de aquél marrón tan profundo. ¿Cómo hacerle entender...? No le estaba diciendo nada que el chico no supiera ya, y para él era muy importante lograr que le comprendiera. Respiró hondo y trató de buscar las palabras - Hace tres meses, cuando mi padre aun no estaba repuesto del todo, asumí el mando de una expedición. Recuerdo bien esos días, puesto que se cumplieron los quince años de mi nacimiento cuando aun estaba cumpliendo la misión. Fue después de visitaros, en el Norte. Perseguía a un grupo de renegados, malechores, que se me escaparon cuando tenía trece años, y mi padre me encargó que los capturara. - Bradley guardó silencio un momento, y luego prosiguió - Maté a mi primer hombre. Clavé mi espada en su abdomen, descubierto...cometió un error de principiante cuando nos enfrentamos con espadas, y comprendí que el arma era sólo un adorno, que no sabía luchar con ella...no fue una sensación agradable. Le robé su vida. Pero tampoco me siento tan mal como cabría esperar. Casi... experimenté cierto éxtasis durante el enfrentamiento, al saber que corría el riesgo de morir. Y cierto júbilo inmoral cuando supe que había ganado. Aun así, cuando me puse a limpiar la espada, vomité. No deseo ser un asesino, y aunque hice lo que tenía que hacer, si pudiera volver a revivir el momento, habría tratado de cortarle un brazo, en vez de hacer aquella herida mortal. Yo no podía saber que él no sabía luchar. Pensé que iba a matarme. Entonces hoy, mientras miraba a Eingel, mientras bebía de mi copa de vino, ese líquido tan parecido a la sangre, comprendí lo poco que importaba. Lo poco que importa la sangre. Tú eres el hijo del rey, y Eingel la hermana de la reina consorte. Sin embargo, hoy por hoy, ella, que ni siquiera es de sangre real, está por encima tuyo en la línea de sucesión. El rey.... tú eres sangre de su sangre, pero no llevarás su corona. Aquél hombre al que maté era Mestizo como nosotros. Bueno, no era exactamente como tú y como yo... Casi... podría garantizar que era en parte del Oeste, pero en su espalda había dos apéndices... dos alas atrofiadas y pequeñas que sólo tendría un hijo del Este. No sé si aquél hombre pudo volar alguna vez, pero en el momento de matarlo aquellas alas no le sirvieron de nada. De pronto, cuando sir Kevin le quitó la camisa, me pareció un monstruo. Un ser tan diferente... Y sin embargo le sentí más hermano mío que cualquiera de los hombres de mi padre; al menos que la mayoría. He llegado a dos conclusiones, Jon. La primera, que odio la guerra. La segunda, que la sangre no es importante. Da igual si eres hijo de un rey, o hermano de su reina. Da igual si naciste rico, o en la más absoluta miseria. Porque dime, Jon, ¿qué mierda importa eso si eres un Mestizo? ¿Qué coño importamos nosotros si nos miran como si fueramos monstruos? Nuestra raza necesita un líder, y no estoy hablando como hijo del Oeste ni como hijo del Norte. Hablo como hijo de Nadie, como paria... como Mestizo. Necesitamos un lugar en el mundo, y en ésta guerra parecen haberse olvidado de nosotros. Maldita sea, ¿por qué somos sus inferiores si, en realidad, en muchos aspectos, somos superiores a ellos? En nosotros se mezclan la velocidad y la fuerza, pero nos enfrentamos a algo que no podemos vencer. Nos enfrentamos al miedo, Jon. A la discriminación. Somos tan diferentes que jamás podrán vernos como iguales, aunque yo me rompa el culo tratando de ser como ellos, y tú les rompas el culo a ellos cuando tratan de enseñarte cómo se maneja una espada. Somos la sexta raza. La raza sin corona. Y tú eres el príncipe que jamás será coronado. El príncipe paria. El príncipe de nadie. Eres el sexto líder.
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Re: Antes del rey, vino el niño.

Mensaje por Bradley Evans el Miér Ago 29, 2012 6:12 am

Bradley había recibido una carta de Jon. No distaba mucho de las que solía recibir, pero en ella le hablaba de algunos encuentros desafortunados que había tenido con su madrastra, Eloisse. Bradley meditó sobre la carta, al mismo tiempo que rememoraba su último encuentro con su amigo. Le había llamado “el príncipe que jamás será coronado” y era cierto. Pero podría haber sido de otra manera. Podría haber sido muy diferente, si hubiera tenido una madre como la reina Elahí, la de Bradley, que le había tomado como hijo pese a no compartir la misma sangre. En esto pensaba cuando llamaron a su puerta.

- Pasad – dijo, apartando la carta a un lado para recibir a su visita. Benjamin Ulrich traspasó la puerta y le dedicó una reverencia suavizada. Bradley le devolvió una sonrisa, como saludo.

- ¿Leíais, mi señor? - preguntó el caballero, señalando la carta.

- Es una carta de Jon. Ha llegado esta mañana.

- ¿Recibís muchas cartas del joven Winter, Alteza?

A Bradley seguía sin gustarle que le llamaran así. Majestad era su padre, por ser el rey. Al príncipe podían llamarle de muchas formas, pero por ser de sangre real lo corriente era aquél apelativo. De niño casi nadie se lo llamaba, pero conforme crecía, comenzaban a tratarle como el príncipe que era. Pese a su desagrado, sonrió: Winter era el apellido por el que Jon se hacía llamar, al ser un bastardo, pero a Bradley casi le costaba asociar el apellido con su amigo. Toda esa parafernalia de “joven Winter” y “Alteza”, era propia de Benjamin.

- Más o menos. Por mucha paz que haya entre el Norte y el Oeste, son pocos los mensajeros que comunican un reino con otro. Esta en verdad es de hace dos semanas.

Benjamin asintió. Parecía ser de los que aplicaban la teoría de que con el silencio se obtiene más respuestas que con las preguntas. Y funcionaba, ya que Bradley continuó hablando, con aire distraído.

- Se queja de su madre. De Eloisse. En realidad, no es su madre. Creo que me pegaría si la llamo así delante de él. – sonrió, al imaginarse la reacción. Pero luego recuperó el semblante serio. - Padre dice que no debo odiarla. Que debo tenerla compasión. – miró a Benjamín, como buscando que éste contradijera a su señor padre – Dice que no le queda espacio para querer a nadie más aparte de al rey Robert.

- Vuestro padre es sabio. – dijo por fin el hombre. – La joven reina ha sufrido demasiado.

Bradley rodeó la mesa y cogió la carta, como si buscara en ella la respuesta. Luego se dirigió a su armario, y cogió el cinto con la espada. Se lo puso entorno a la cintura, y lo ajustó. Sólo entonces dijo lo que en verdad pensaba. Era un tema complicado, y Benjamin alguien muy perceptivo, así que quería estar seguro de poder hablar de aquello sonando imparcial.

- Ha sufrido lo mismo que mi madre. Y ella me quiere, y es una buena mujer.

- Lo mismo no - respondió Benjamin. - Vuestra madre no era una niña virgen, vuestra madre no acababa de perder a su familia, y vuestra madre no tenía que competir con el amor de nadie.

Bradley se pensó que hablaba de Jon; que el amor por el que Eloisse debía competir era el de un padre hacia su hijo.

- Mi padre también tiene un hijo al que quiere – protestó – Ella competía con Jon, y mi madre conmigo. Pero eso es egoísta. En verdad no es una competencia. Son diferentes clases de amor. – a Bradley le daba vergüenza hablar de esas cosas. No fue capaz de mirar a Benjamin a los ojos.

- No, joven príncipe, no hablo de Jon. Eloisse tiene que competir con una mujer a la que no conoce.

Bradley abrió mucho los ojos. La historia de Jon y la suya eran paralelas, y aquello era muy importante para él. Estaban hablando de la madre de Jon, la biológica, y supo entender a qué competencia se refería el caballero.

- ¿Y mi madre no?

Benjamín meditó la respuesta y le miró a los ojos. Tal vez se preguntaba si podía encajar lo que le iba a decir.

- Vuestro padre quiso a quien os llevó en el vientre, no lo dudo, pero quiere más a vuestra madre. Me pregunto… son sólo conjeturas, mi señor, pero me pregunto si Eloisse tiene la misma suerte. Lo cierto es que el rey Robert quiere más a Jon, y que ella no le siente como si fuera su hijo. Ella sola se ha privado del regalo de la maternidad, que los dioses le han negado por otros medios. Y al no querer al hijo, en cierto modo se aleja del padre.

- Entonces es culpa suya. Si no fuera tan fría, no sería tan infeliz. Y si no fuera tan infeliz, no trataría tan mal a Jon.

- La frialdad no es un delito, Alteza. Las personas son como las hacen los dioses. Tampoco creo que la reina del Norte sea infeliz, aunque sin duda no es feliz del todo. Pero eso no nos concierne. Y no creo que debamos hablar más del tema

Durante aquél día, y mucho tiempo después, Bradley dio vueltas a aquella conversación. Hacía tiempo que su madre había perdonado a su padre, y él se preguntó si él también le había perdonado, por privarle de conocer a su madre. ¿Y Jon? ¿Habría perdonado al suyo?
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