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Solo por ser pasado no quiere decir que lo haya olvidado

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Solo por ser pasado no quiere decir que lo haya olvidado

Mensaje por Lyanna Dawson el Mar Jun 12, 2012 4:11 am

Estaba siendo un día caluroso, muy caluroso; había visto como una rata salía corriendo de su casucha de piedras deformes y acababa carbonizada por el sol en cuestión de muy poco tiempo. Y allí tenía que quedarse, recluida en casa, sin otra compañía que Walder, el novio retrasado de su madre (¿Qué habría visto en él?), y su madre Diana. Pero el nombre no le hacía justicia: Diana era la diosa Ártemis, cazadora por naturaleza y de carácter luchador; en cambio, su madre era, prácticamente, todo lo contrario: iba donde la llevaba el viento, se dejaba guiar sin pararse a pensar si eso la convenía o no... y ya no solo a ella, sino a su familia, a su hija Lyanna. Era de espíritu débil. Y por su culpa, dos años atrás, cuando sólo tenía ocho, se había visto obligada a separarse para siempre de su padre, Liam. Él sí que tenía un espíritu luchador... o lo había tenido hasta que uno de esas bestias Alejadas le había arrancado la cabeza de cuajo el mismo día que Diana le había echado de casa. Lyanna nunca se lo podría perdonar a su madre, era culpa suya y Diana lo sabía,... pero lo acabaría pagando tanto ella como su novio. Justicia. Torció una sonrisa amarga. ¡Justicia, Justicia, Justicia! Y los dioses la ayudarían, no le cabía duda.

Permaneció confinada en su cuarto, con las manos entrelazadas y arrodillada delante de la cama, con los ojos cerrados y el ceño fruncido con gesto de concentración. Hizo caso omiso de las llamadas de Diana y Walder para ir a comer... y también de las de la cena. Que mujer tan estúpida, ¿acaso no entendía la importancia de los dioses? Por algo son lo que son... Cuando terminó sus oraciones,ya de noche cerrada, decidió escaquearse y salir a dar una vuelta por el paisaje tan desértico propio del sur. La encantaba aquello, era tan solitario... Y mejor sola que mal acompañada, desde luego. Una vez fuera de la cueva, echó a andar hacia delante mientras en su salida la acompañaban unos lejanos gemidos provenientes del interior de su cueva. Frunció el ceño mientras se mordía el labio hasta hacerse sangre, llena de ira. ¿Cómo osaba aquella mujer profanar el lecho que había sido de su padre con alguien como Walder? Vomitivo. Echó a correr más y más deprisa para alejarse cuanto antes de allí. Suerte que las sacerdotisas y sus aprendices no llevasen armas...

Corrió no supo por cuanto tiempo hasta que los descalzos pies le dolieron; al principio trató de ignorarlos, pero estos se tomaron la revancha poniendo una piedra en medio de su camino. Comenzó a salir sangre de la uña del dedo gordo del pie derecho. Lyanna, intentando ocultar su rostro de dolor por uno de la más impasible de las indiferencias, se miró: seguramente perdería la uña, aquello tenía una pinta asquerosa. Intentó seguir andando, pero el dedo la dolía a horrores y al final la situación se hizo insostenible incluso para ella. De modo que allí se quedó, de rodillas en la fría arena, y se puso a hacer lo que mejor sabía: rogar a los dioses. Entrelazó sus manos manchadas de angre y cerró los ojos poniendo su rostro de concentración característico. "Escuchad mis plegarias, espíritus sagrados", murmuraba sin cesar, "Escuchadme y acudid a mi llamada".

El sol comenzaba a asomar por el horizonte cuando Lyanna cayó desmayada en la arena, agotada de cansancio y de dolor y débil por la falta de alimento y agua. Allí se quedó tirada en medio del desierto durante un largo tiempo mientras el sol comenzaba a alzarse cada vez más imponente, descargando toda su fria dorada contra ella. Pero los dioses la habían escuchado. A lo lejos, poco después, un grupo de jinetes se aproximaba a la zona donde yacía Lyanna, inconsciente. Al verla tendida sobre la arena, sufriendo las inclemencias del tiempo, se acercaron rápidamente hacia ella y comenzaron a intentar reanimarla. Lyanna abrió levemente los ojos y sonrió al ver a todas aquellas sombras borrosas a su alrededor.

- Me han escuchado...

Volvió a perder el sentido una vez más. Por su parte, los jinetes, agrupados a su alrededor, comenzaron a debatir que hacer con ella, inseguros de como proceder. Sólo uno de ellos llegó a una conclusión firme y, para él, la única con algo de sentido común. Aquella chica era una cría, por mucho que sus pechos hubiesen empezado ya a desarrollarse, y no una desertora ni mucho menos una enemiga. Y estaba herida. El caballero valiente la cogió en sus brazos de acero con decisión y firmeza y puso gesto de preocupación: la niña pesaba menos de lo que se suponía que tenía que pesar. Seguramente viviese en una de esas húmedas y oscuras cuevas. Pobre criatura.

Pusieron en marcha a los caballos, rumbo a Palacio, alejándose lo más rápido que podían del seco y caluroso desierto para cobijarse cuanto antes del calor diurno. El movimiento al que la sometía el caballo en su carrera hizo que Lyanna volviese a recobrar la consciencia. Al principio no vio nada cuando intentó enfocar la vista, pero luego se encontró bajo la sombra de una estatua de acero. Era un dios, un dios había venido a salvarla...

-Tranquila, pequeña, pronto estaremos a salvo...

Frunció el ceño, o al menos lo intentó. Aquella figura debía ser humana, no podía ser un dios: los dioses no se manifestaban a la gente mediante discursos, sino mediante hechos. Pero sin duda, aquel hombre había sido mandado por los dioses. Alabados sean...

- ¿Q... quién eres?

- Ray. Mi nombre es Ray.
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Re: Solo por ser pasado no quiere decir que lo haya olvidado

Mensaje por Lyanna Dawson el Miér Jun 13, 2012 9:59 pm

- Tranquila, Lyanna, no te alteres; se te puede volver a abrir la herida.

Ya había pasado más de una semana desde la noche en que, furiosa por oír los gemidos de Walder y su madre resonando entre las paredes de la cueva, se había acabado marchando de casa y había ido a parar al desierto, donde se había herido en un pie y se había puesto a rezar hasta que el cansancio pudo con ella. Los dioses la acabaron escuchando, mandando a Ray y sus caballeros para rescatarla, y desde entonces no había salido del Palacio del Sur, tal y como Ray lo había ordenado.

- Vale, vale, yo me calmo, pero explícamelo otra vez.

Se quedó quieta, mirando con avidez a Ray, deseando volver a oír su historia. Estaba tendida en la cama, con Ray sentado al borde, mirándola entre cansado y preocupado, mientras dos guardias personales del rey estaban dispuestos en la puerta, vigilando, y unos cuantos sanadores iban saliendo poco a poco de la habitación recogiendo frascos con brebajes y tarros con hierbas curativas. Resultó que la herida de Lyanna fue peor que de lo que se imaginaba, pues no sólo había echado a perder la uña (poco a poco, una nueva fue surgiendo y volviendo a ocupar el lugar de la vieja) sino que también se había torcido el dedo. Eso la había provocado muchos dolores los primeros días, pero ya apenas lo notaba gracias a la labor de los sanadores... aunque sus bebidas estaban malísimas. Había echado mucho de menos a las sacerdotisas, concentradas en círculo con las capas puestas y las cabezas bajas y las manos entrelazadas, rezándoles a los dioses, pero sabía que aquel lugar, el castillo, no era sitio para sus oraciones. Las sacerdotisas necesitaban rogar a los dioses al aire libre para que estos escuchasen sus plegarias, y Lyanna se encontraba encerrada en una habitación del Palacio del Sur. Y es que su salvador, Ray, el enviado por los dioses, era el rey sureño.

Al principio no se lo llegó a imaginar, pues estaba débil y aturdida, pero en cuanto recuperó unas pocas fuerzas y vio como lo trataba la gente y con todos esos guardias a su alrededor, casi no hizo falta ni que se lo dijesen. El propio Ray se mostró sorprendido cuando, al decírselo a Lyanna, esta prácticamente ni se inmutó; desde luego no era la reacción que se esperaba. Pero, pese a esto, a Lyanna le encantaba escuchar la historia de como Ray se había convertido en rey, y como este no salía prácticamente de su cuarto, preocupado por la niña, no tuvo más remedio que contarle la historia una y otra y otra y otra vez. Y aquella vez no fue excepción.

Ray suspiró, aburrido, antes de volver a contar su historia por enésima vez. Lyanna casi se la sabía de memoria también. Érase una vez un reino que blá blá blá, muy bonito todo, pero esa parte sólo era el principio; su favorita era cuando Ray lograba todas esas hazañas bélicas, matando a todos esos Alejados y proclamándose victorioso de la guerra y, poco después, era coronado rey. Sonaba como si un dios hubiese tomado forma material en la tierra y hubiese llegado también a lo más alto del plano terrenal. después venía la parte que la daba más igual: conocía a la reina, se casaban y ella era coronada, tenían un hijo y blá blá blá. Ya lo conocía de vista, lo había visto asomándose por la puerta, curioso pero sin atreverse a entrar, la primera noche que había pasado allí. El niño era un poco más pequeño que ella, aunque tampoco mucho, y era moreno de ojos azules; quizá hasta podrían haberse llevado bien si el chico no hubiese sido tan cohibido, pues en cuanto notó que Lyanna lo miraba el niño salió corriendo y ya no lo volvió a ver. Con su padre no pasaba eso: Ray siempre estaba allí, vigilando su salud y acosando a los sanadores constantemente, cerciorándose de que se encargaban de la niña. Ese era el papel que, según él, le correspondía por haberse encontrado a la niña, y hasta que la pequeña se recobrase y pudiese olver a su casa se aseguraría que tuviese las mejores atenciones.

Lyanna siguió escuchando, atenta y en silencio sepulcral, la historia de la ascensión al trono de Ray, pero entonces los dos guardias de la puerta se echaron a un lado y la puerta de la habitación se abrió.

- Acaba de llegar una pareja, Alteza, sureños ambos; dicen venir de las cuevas

- Gracias por el aviso, sir William. Guíelos hasta aquí

- Sí, Alteza - el caballero agachó la cabeza a modo de saludo y abandonó la sala, cerrando la puerta tras de sí. Los guardias de la puerta volvieron a ocupar sus posiciones.

Lyanna se quedó mirando atónita a Ray. Ya no le apetecía seguir oyendo su historia. Sabía quienes eran esa pareja sureña a la que el caballero del rey iba a escoltar hasta su habitación. Se quedó mirando al rey con los labios y el ceño fruncido, enfadada, pero no le dijo nada. "¡Me has traicionado!", pensaba con rabia; sin embargo, no le apetecía llorar: su madre y Walder no se merecían ni una sola de sus lágrimas. El rey se quedó mirando a Lyanna con cara de pena, con el arrepentimiento bien visible en su rostro, pero no le había quedado otro remedio: la niña ya estaba en condiciones de volver a su casa... y además, la gente ya había empezado a hablar. Que si habían encontrado a la niña sola en el desierto, que si era la huérfana de unos Alejados que había matado el rey, que si las tropas del rey la habían secuestrado,... cada rumor nuevo era más desbaratado que el anterior, y nunca tenía fin.

- Lo siento mucho, Lyanna, pero ya estás lo suficientemente bien para volver a casa con tus padres.

- Walder no es mi padre - dijo la niña entre dientes. Odiaba que comparasen a su verdadero padre, el valiente y apuesto sir Liam, con el zoquete de Walder. Era un insulto hecho con palabras "biensonantes", pero seguía siendo un insulto al fin y al cabo.

El rey resopló, aburrido.

- Como sea, pero ya no puedes quedarte en el palacio por más tiempo...

- ¿Por qué? Es muchísimo más cómodo que la cueva, y más seco y luminoso. Y muy bonito y con muchos adornos y cuadros aún más bonitos.

El rey volvió a resoplar. Aquella niña nunca se daba por vencida.

- Es complicado

- Walder es el cortito, no yo

El rey sonrió. Aquella niña hablaba con mucho descaro, demasiado, y le daba igual estar hablando con otro sureño de su condición como con el mismísimo rey. Era consciente de las miradas de estupefacción de los soldados por debajo de sus yelmos, y eso casi le hacía echarse a reír. Aquella niña parecía incluso más osada que su hijo,... y eso que él se convirtiría en el futuro rey cuando Ray ya no estuviese.

Le revolvió el pelo a la niña con una mano mientras la pequeña agachaba la cabeza y cerraba los ojos con fuerza. Sonrió. Su padre, Liam, también la revolvía el pelo a menudo, y , aunque siempre le había regañado por despeinarla, le gustaba que lo hiciese. Sintió una punzada de dolor al recordar aquello. nunca le había dicho a su padre que su enfado era una tapadera, que le gustaba que le revolviese el pelo. Tampoco le había dicho que le gustaba cuando la despertaba por las mañanas y se la cargaba en los hombros para darla un paseo a caballito hasta la mesa con el desayuno. Tampoco le había dicho que le gustaban de veras los cuentos para dormir que le contaba todas las noches, pese a que le dijera que "era para críos". Y tampoco le había llegado a decir lo mucho que le quería. Notó un molesto escozor en los ojos justo cuando se abrió la puerta.

- ¡Lyanna! - Diana se echó corriendo hacia su hija, ahogando el ruido de la voz del caballero sir William, que estaba anunciado al rey su llegada - Me has tenido preocupadísima estos últimos días, pensé que te habían atacado esas bestias Alejadas...

La madre abrazó fuertemente a su hija, empujando su cabeza contra el pecho, mientras la hija se dejaba abrazar, indiferente, como si se tratase de un muñeco al que se podía manipular fácilmente. Cuando lo consideró oportuno, se separó de ella y la dirigió una nueva mirada, examinándola, antes de volverse hacia el rey e inclinarse cortesmente.

- No existen palabras para mostrarle mi agradecimiento por entregarme a mi hija sana y salva, Alteza. Nunca olvidaré este gesto de amabilidad, se lo aseguro

El rey sonrió y le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Comenzó a relatarles, más a Diana que a Walder, cómo la había encontrado y como la había llevado hasta el castillo. Diana dirigió unas cuantas miradas nerviosas de preocupación hacia el pie vendado de su hija, pero se abstuvo de hacer comentarios mientras el rey hablaba. Por su parte, Walder se quedó mirando a Ray con la cabeza torcida y la boca entreabierta como si no estuviese entendiendo ni una sola palabra de todo aquello, y asentía un par de veces con la cabeza cada cierto tiempo, aunque no hiciese falta hacerlo, como si con ello demostrase que prestaba más atención.

Lyanna también lo vio y no se contuvo un resoplido de impaciencia. De pronto, la conversación cesó y todas las miradas se dirigieron a ella, como si reparasen de su presencia.

- Creo que ya ha habido bastante charla por hoy. Es hora de que todos volvamos a nuestras tareas - miró a todos uno por uno, y se detuvo más tiempo en Lyanna, mirándola profundamente, como si con aquello zanjase la discusión de antes.

Diana ordenó a Walder recoger a Lyanna de la cama y llevarla en brazos mientras recibía unas últimas instrucciones de los sanadores de la sala para la completa recuperación de Lyanna; tampoco tenían que decirla mucho, pues era sanadora y conocía el oficio, aunque por descontado no tenía tantos medios y recursos como los sanadores del palacio. Lyanna no se resistió a que Walder la recogiese, aunque tampoco se mostraba especialmente satisfecha; ella quería quedarse allí, en el amplio y luminoso palacio, lejos de las oscura y húmedas cuevas atestadas de ratas, y volver a escuchar la historia de Ray. Mientras salían por la puerta, dirigió una última mirada al cuarto que durante aquellos días había sido su hogar y su mirada se encontró un momento con la de Ray. Le sonrió con tristeza.

- Adiós - dijo moviendo los labios, sin emitir sonido alguno.

Ray le devolvió la sonrisa y levantó la mano a modo de despedida. Poco después, Walder, Diana y Lyanna desaparecieron de su vista mientras un grupo de soldados acudían a él a comentarle las últimas noticias del frente enemigo. Ray frunció el ceño y se llevó la mano de forma inconsciente al pomo de su espada. Hora de volver al trabajo.
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Re: Solo por ser pasado no quiere decir que lo haya olvidado

Mensaje por Lyanna Dawson el Lun Ago 27, 2012 9:21 pm

Aquella mañana, Lyanna se había levantado pronto y se había marchado lo antes posible de casa, antes incluso de que su madre o Walder estuviesen lo suficientemente desperezados para estar arreglados y poder salir corriendo detrás de ella. “Aunque de haberlo estado tampoco lo hubiesen hecho, seguro, como que soy Lyanna Dawson”, pensó con firmeza. Había aprovechado a dar un paseo por el desierto y los alrededores, ya que entonces aún no hacía demasiado calor, y había acabado dando una vuelta por el mercado, yendo de puesto a puesto.

Vio telas preciosas para pañuelos, y una anciana la confundió con su nieta y casi la compra un vestido de seda fucsia; en cuanto se lo dijo, a Lyanna le faltó tiempo para salir corriendo de allí. Tampoco se alejó mucho, acabó cuatro puestos más al fondo, justo delante de uno de frutas muy grandes y vistosas, que parecían estar pidiendo a gritos que las comieran. Y Lyanna quiso complacerlas.

- ¿Puedo coger una? – preguntó, acercándose al puesto y señalando en dirección a una enorme manzana roja, tan grande que no podía cogerla con una mano.

- Por supuesto, preciosa. Solo tienes que darme tres monedas de plata y será tuya.

Pese a la aparente sonrisa con la que se lo dijo, Lyanna sabía que la estaba tomando el pelo. ¿Tres monedas de plata? Normalmente costaban una,… y de todas formas no habría podido pagarlo: no llevaba dinero. Sin decir nada, Lyanna extendió la mano para coger su manzana, aquella preciosidad roja que parecía estar llamándola a gritos,… pero entonces, la mano de la anciana le agarró firmemente la muñeca, impidiéndola llegar a su objetivo.

- Una manzana por tres monedas, niña. Si no tienes monedas, no tienes manzana.

- Es muy cara. Yo no pagaría ni una moneda por ella – puso cara de asco y miró a la mujer con desdén, desasiéndose de la presa en torno a su muñeca. Se cruzó los brazos en el pecho.

- Sí, claro, y por eso querías una, ¿no? – la carcajada que soltó aquella vieja decrépita encendió el mal humor el Lyanna. La niña se estaba enfadando, pero la anciana no parecía notarlo mientras se reía en su cara – Vamos, niña, si coges una, la pagas. No es tan difícil.

- Está bien

Lyanna soltó un suspiro de resignación mientras hacía que se llevaba la mano al bolsillo... y entonces, cuando la anciana bajó la guardia, antes de que pudiese darse cuenta de lo que la niña iba a hacer, Lyanna alargó el brazo, cogió una manzana medio podrida y se la tiró a la anciana en toda la cara. La mujer comenzó a gritar y a insultar a la niña mientras, poco a poco, la gente de los otros puestos se giraba en dirección a ellas para ver que ocurría. Entonces Lyanna supo que era el momento de salir corriendo. Cogió la manzana que de primeras la había llamado la atención y le pegó un mordisco mientras salía corriendo de allí, alejándose del gentío. Pero no era tan fácil como parecía, pues, aunque al principio no se hubiese fijado, había guardias del rey pululando por la zona. “Estupendo”, pensó con una sonrisa amarga.

Le dio un nuevo mordisco a la manzana mientas notaba como la gente la miraba mal y gritaban cosas a sus espaldas. Entonces, cuando le iba a dar el tercer mordisco a la manzana, se dio cuenta de que la estaban persiguiendo los guardias. No iban a caballo, pues allí no había espacio suficiente para eso, pero su presencia, con sus yelmos, sus armaduras, sus espadas y sus capas, intimidaban un poquito a la niña, aunque no lo hubiese reconocido abiertamente. Siguió corriendo y corriendo, sin fijarse adonde iba ni donde se metía, solo escapando, mientras de vez en cuando daba un nuevo mordisquito a la manzana. Hasta que, un rato después, acabó acorralada en un oscuro callejón, rodeada entre muros de piedra. Con tres guardias con capas tapándola la única salida posible, salida que también era entrada. “No, no, no,…”.

Se quedó quieta, estudiando sus opciones, mientras notaba como los caballeros no le quitaban la vista de encima. No podía enfrentarse a ellos con espada porque, aunque hubiese tenido, ellos habrían ganado. No podía inventarse una excusa porque era su palabra contra la de todo el mercado y no iba a servir de nada. Lo único que podía hacer era intentar escapar. Dio un último mordisco a la manzana, dulce como ninguna, y la miró apenada antes de lanzarla con decisión contra el yelmo de uno de los tres caballeros. Y le dio, aunque por poco no.

Aprovechando el momento de confusión de aquel soldado, Lyanna se dirigió corriendo hacia los otros dos, dispuesta a repartir patadas, puñetazos y mordiscos si hacía falta, lo que fuese con tal de escapar de allí. Con uno lo consiguió: descubrió una zona desprotegida, sin armadura, y le propinó la patada más fuerte que había dado a nadie en su vida. Un brillo de alegría asomó en los ojos de la niña cuando vio que el hombre incluso caía al suelo. Pero entonces, cuando iba a enfrentarse al otro, al que quedaba, alguien la agarró los brazos, sujetándoselos firmemente en su espalda y levantándola del suelo. Lyanna había perdido la guerra,… pero no por ello dejaba de dar patadas, aunque fuese al aire, y forcejeando como una bestia enrabietada.

- ¡Joder con la niña! Me he enfrentado a bestias más mansas que esta mocosa el tono sorprendido y fastidado de su captor casi le provoca un tremendo ataque de risa a Lyanna. Aquello no era nada, ¡nada!, para lo que podía haber hecho, se decía,… aunque en el fondo sabía que no era cierto – Chicos, ¿estais todos bien?

Lyanna soltó un resoplido de fastidio cuando oyó palabras de asentimiento detrás de ella. Intentó girarse para ver, al menos, a aquellos valientes hombres que casi no pueden con ella, pero su captor la tenía firmemente agarrada y no se lo permitió.

- Ni lo intentes, niña. El golpe de esa manzana ha sido el único que voy a recibir de ti.

La niña habría replicado, pero entonces se dio cuenta de que estaban saliendo del mercado y se alejaban de allí en dirección a… ¿adónde?

- ¿Dónde me lleváis?

La niña no obtuvo respuesta ni aquella vez ni las cuarenta y nueve que preguntó después de aquella. Sin embargo, aquella última vez solo consiguió que la ataran de pies y manos en un vano intento de poder poner fin, al menos, a sus forcejeos. Después, la subieron al caballo de su captor; Lyanna quiso tirarse, pero aparte de ser una caída muy alta, muy pronto su capto se encontraba montado detrás de ella, sujetando bien su cuerpo entre sus musculosos brazos.

- Y ahora cállate, niña, o juro que te corto la lengua.

Lyanna no se creyó aquella palabras, ¿cómo iban a cortar la lengua a una pobre e indefensa niña? El rey, tan justo y bueno como era, seguro que se enfadaría. Pero hacía tiempo que no sabía nada del rey, desde que su madre y Walder la habían ido a recoger al castillo. Y todo el mundo sabía que el rey era un hombre mayor. Igual había muerto. Entonces Lyanna sintió una profunda sensación de miedo, mezclada con un pinchazo de tristeza, que la hicieron permanecer callada durante todo el trayecto. También ayudó que su destino, fuese donde fuesen, estaba bastante lejos, y el movimiento del caballo pronto adormeció a la niña.

No recordó que la hubieran bajado del caballo, y de repente, sin darse cuenta, se encontraba en una oscura celda, con una ventana más pequeña que su pequeña mano. Descubrió que ya no estaba atada de pies y manos, pero no importó mucho; apenas tenía espacio para estirarse en el suelo lo más cómodamente que podía, y eso teniendo en cuenta que no medía como alguien adulto. Permaneció así, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas en el pecho, con los brazos en torno a ellas.

No supo cuanto tiempo había pasado desde su llegada cuando oyó un chirrido y un sonido de llaves, y de nuevo el mismo sonido. Alguien había entrado. Lyanna apenas se movió,simplemente giró un poco la cabeza para poder escuchar mejor. Por eso, cuando oyó aquella voz, el movimiento que dio con el cuello fue tan brusco que no pudo evitar sentirlo dolorido un rato.

- ¿Lyanna?

Hacía tiempo que no oía esa voz, meses. Pero, ¿era él en realidad? Tenía que serlo, tenía que ser él, su amigo, su salvador, su rey.

- ¿Ray? ¿Eres tú?

- ¿Quién iba a ser si no? – pese a su aparente tono jovial, a Lyanna no le engañaba. Se notaba la tristeza de su voz a mil leguas de distancia – Ay, mi pobre niña, ¿por qué lo hiciste?

Entonces Lyanna se dio cuenta de todo. Aquellos soldados eran caballeros al servicio del rey, y la habían llevado a su castillo. Y con toda seguridad, la niña se encontraba en una celda de los calabozos del castillo de Ray. Pero eso no importaba. Con lo que la niña no podía era con el tono triste y enfadado de la voz de su amigo. Casi no se dio cuenta de que estaba llorando ni de que le había empezado a contar absolutamente todo al rey, aunque este seguro que ya conocía todos los detalles. Pero aquello no importaba. Ray la había salvado en una ocasión, había cuidado de ella y había demostrado que podía ser un amigo. Y Lyanna hasta entonces nunca había tenido un amigo. Lo necesitaba.

Por su parte, el rey no la interrumpió ni un solo momento, simplemente se limitó a escucharla hasta que terminó,… aunque ni por un momento quitó esa mueca de tristeza de su rostro.

- Esa mujer me estafó. ¿Desde cuando se ha visto que una simple manzana cueste tres monedas de plata? – la niña no pudo decir más. Enterró la cabeza en las rodillas y comenzó a llorar de nuevo, esta vez con más intensidad.

- Bueno, es un poco caro, sí,… pero este año las cosechas están yendo mal; todo es culpa de este calor. Y además, aquí no crecen manzanas desde hace tiempo; todas las que tenemos las traen del Oeste o del Este, según creo.

Aunque el rey pretendía animar a la niña, consiguió justo lo contrario. Lyanna comenzó a llorar con más intensidad. Nada de lo que la dijese conseguía calmarla, y al final, preocupado y un poco harto, abrió la puerta de la celda de la niña, entró a su interior y se arrodilló delante de ella. Lyanna a principio no se dio cuenta, pero cuando vio por el rabillo del ojo que Ray no estaba al otro lado de la puerta, pensó que su amigo se había ido. Apenas le importó que la puerta estuviese abierta. Estaba sola de nuevo. O no. Al volver la vista al frente se lo encontró,… y no pudo evitar sobresaltarse. No se lo esperaba para nada. La niña se lo quedó mirando con sus ojitos llorosos, llenos de culpa, antes de hablar.

- Yo… lo siento, Ray, no era mi intención causarte tantas molestias, de verdad. Simplemente pensé que aquella mujer me estaba timando. Y tenía mucha hambre.

No pudo evitar que aquello sonase inocente, como la niña que era, en lugar de con la típica seriedad y frialdad de la gente adulta que Lyanna tanto admiraba. No le gustaba ser una niña, no le gustaba ser débil. Pero a Ray no había podido ocultárselo. Mas no se arrepintió. Pronto vio que la mueca de tristeza y enfado de su rey se convertía en una gran carcajada,… tan contagiosa que incluso, sin darse cuenta, Lyanna también estaba sonriendo.

- Esta es la Lyanna que conozco. O la que conocía, porque esta niña de aquí es bastante más alta que la muchacha de la otra vez. – le dio un toque en la punta de la nariz con un dedo juguetón.

- No soy una niña, Alteza. – aunque aquel comentario de los niños le había sentado mal, Lyanna no pudo evitar dedicarle una tímida sonrisa.

- En ese caso mis disculpas, mi señora. – el rey se incorporó y le dedicó a la niña una exagerada reverencia que la provocaron una enorme carcajada. Eso hizo que la sonrisa del rey se pronunciase aún más – Así está mejor. No me gusta verte llorar. Estás más guapa cuando sonríes.

Lyanna se ruborizó y no supo que contestar. En su interior, una bandada de pajarillos cantarines despertó de su letargo y comenzó a cantar al compás la misma melodía alegre. Ese era el Ray que había conocido, el que seguía conociendo. Siempre sabía entretenerla y siempre sabía hacerla reír, por muy triste que estuviese. Ese era su amigo Ray.

Pero también era su rey. Y estaba en sus calabozos, esperando su justicia. Y Lyanna había robado y había causado alboroto públicamente. Tenía que cumplir un castigo. ¿pero cuál? En los cuentos que le contaba su padre, a los ladrones siempre les cortaban una mano. O los colgaban en medio de la plaza del pueblo. Los pajarillos dejaron de revolotear para caer, muertos, al frío suelo. ¿Ese era el destino que le esperaba a ella?

- ¿Qué sucede? ¿Te encuentras bien? ¿es por algo que he dicho? – el rey estaba visiblemente preocupado de aquel cambio de humor y parecía confuso; el pobre hombre no parecía enterarse de nada.

- ¿Qué va a pasar conmigo? ¿Me cortarán la mano?

Ray la miró por un momento sin comprender, pero poco después pareció entenderlo todo. Sonrió con tristeza y se acuclilló frente a ella. Lyanna se fijó en quesos ojos estaban a la misma altura.

- Bueno, es cierto que te han pillado robando y causando algunos problemillas por ahí… pero, por los dioses, estabas hambrienta. Y no cortamos a nadie las manos por tener hambre. – Ray le revolvió su enmarañado pelo con una de sus enormes y robustas manazas; Lyanna sonrió tímidamente, con los ojos cerrados, mientras aguardaba inquieta su sentencia. Ahora venía el “pero…”. Tragó saliva – Pero has cometido un delito, y como tal debes ser castigada. Tu crimen fue movido por el hambre, así que me aseguraré de que no te falte comida. Pero, a cambio, tendrás que servir en el castillo, junto a las criadas, y cumplir sin rechistar todo lo que te ordenen.

Lyanna se sentía algo confusa, aunque tenía ganas de ponerse a cantar y dar saltos. ¡No la iban a cortar la mano, no iba a pasar hambre, iba a trabajar para Ray! Entonces se dio cuenta del tremendo fallo de aquel plan.

- ¿Y que pasa con mi madre y Walder?

- Ya he enviado a mis emisarios para informarles. Por lo que a ti respecta, te quedarás aquí hasta que cumplas tu condena. Y a cambio tendrás comida, cama y ropa limpia.

Ray se incorporó y fue hasta la puerta, donde se detuvo y se quedó mirando a la niña.

- Vamos, Lyanna, salgamos de aquí. Mañana me toca levantarme temprano… y a ti también. Mañana a las seis te quiero levantada y ayudando a preparar el desayuno.




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Re: Solo por ser pasado no quiere decir que lo haya olvidado

Mensaje por Lyanna Dawson el Miér Ago 29, 2012 4:08 am

Habían pasado dos años desde que los hombres del rey la acorralasen en un oscuro callejón del mercado después de robar una manzana y montar un escándalo público. En aquellos dos años, Lyanna Dawson había crecido como mujer y también como persona. Ya no era la chiquilla malhumorada y rencorosa. Ahora tenía trece años, aunque su cuerpo y su cabeza aparentaban algunos más, y su carácter, por suerte, había cambiado un poco. Seguía siendo lamisca Lyanna, pero sabía ocultar aquellas oscuras emociones bajo una fría capa de cordialidad y cortesía que se había visto irremediablemente obligada a aprender durante su estancia como sirvienta en el castillo del rey. Muy pocas bésese había quejado: era consciente de que otro rey por aquel crimen le hubiese cortado la mano.

Aquella mañana, mientras se peinaba sus rizos delante del tocador y se aplicaba unas gotas de perfume detrás de la oreja, Lyanna Dawson parecía toda una princesa; su pose orgullosa ayudaba a ello. Pero, pese a la impasibilidad externa, por dentro Lyanna estaba nadando en un mar de lágrimas. Aquel día, después del desayuno, volvería a casa. Aquel día, después del desayuno, volvería a despedirse de Ray.

Notó una sensación extraña en la tripa, como si se le revolviesen las tripas. Dejó el bote de perfume a un lado de su tocador y se llevó las manos a la tripa. ¿Habría cenado algo en mal estado? Sea como fuere, no podía faltar a desayunar. Los reyes la habían invitado a su mesa para honrarla de algún modo por sus excelentes servicios a la Corona. Lyanna resopló y puso los ojos en blanco. “Excelentes servicios. Sí, claro, como cambiar las sábanas del hijo meón del rey y lavarle los calzones. O como remendar las horribles ropas de la reina”. Eso último lo pensó fastidiada, aunque sabía que no era cierto: aquellos vestidos tan elaborados, aquellas joyas,… en una mujer más bella la hubiesen hecho parecer no una diosa, sino una reina. “Y seguro que a mí me quedarían mejor, aún con mi cuerpo sin desarrollar del todo”.

Aún así, no se consideraba insatisfecha por sus curvas. Hacía un año había florecido, y durante ese tiempo su cuervo había presentado una notable mejoría. Los pechos se la habían inflado y redondeado, las facciones eran menos aniñadas, las caderas se la habían ensanchado. Y estaba mucho, muchísimo más bella. Hasta para ella era evidente, y más desde que el hijo de la lavandera se la quedaba mirando con cara de besugo desde detrás de las columnas, creyendo que ella no le veía. Lyanna torció una sonrisa. Pobre iluso. Aunque puede que los dioses le sonrieran y, cuando se le quitasen todos esos granos y le saliese la barba, pareciese incluso atractivo. Puede que incluso alguna mujer se enamorase de él. Pero no Lyanna. En el fondo, a la muchacha aquel pobre chico le daba pena. Su amor aspiraba a más; a los dioses y a…

Su estómago se estremeció y volvió a apoyar las manos en el tocador. Entonces, sin previo aviso, se incorporó bruscamente y abandonó sus aposentos en dirección al Gran Salón. Dos guardias del rey se la unieron en el pasillo central, y la escoltaron en silencio hasta la puerta. Lyanna no se quejaba, había aprendido a hacer como si no estuvieran,… y, en cierto modo, tener a aquella escolta la hacían sentirse como si fuese la mismísima reina. Sonrió.

Al llegar a la puerta, la niña, y por consiguiente los guardias, se detuvieron. Lyanna se giró y les dirigió una cortés reverencia a cada uno.

- Han sido muy amables por acompañarme, caballeros, pero nuestros caminos se separan aquí. Espero volverles a ver. – Los caballeros, al igualque todo el personal del castillo, sabían que Lyanna se iba ese día. Entonces, la muchacha detuvo un par de segundos más la mirada en los ojos del caballero de la derecha, el cual había notado que no le quitaba la vista de encima. Y casi se echa reír cuando le vio las mejillas coloradas a través de las rejillas de su yelmo. Casi. – Si me disculpan, mis señores, el rey y la reina me están esperando.

Sin esperar respuesta por parte de los caballeros, se giró con agilidad y abrió la puerta con las dos manos. Antes de hacer la reverencia, se giró para cerrar la puerta y avanzó unos pocos pasos para hacerse ver. Entonces sí, ya era tiempo de las cordialidades.

- Alteza – dijo dedicando una reverencia al rey y la reina. Aunque, para Eloisse, la reina no era digna de ser llamada como tal; en aquel castillo había escuchado rumores de que su matrimonio se había dado por una mera cuestión política y no por amor. – Mi príncipe – de nuevo, otra reverencia, esta vez para el hijo de los reyes, David, dos años menor que ella, y al que también había visto mirándola en secreto. Se permitió dedicarle una sonrisa de complicidad para ver su reacción, que fue un rubor instantáneo, y su sonrisa se ensanchó. Le encantaba producir esos efectos en los hombres.

- Levantaos, Lyanna; honradnos en el desayuno con vuestra presencia – dijo la reina con voz dulce, haciendo un además despreocupado con la mano.

- Sois muy generosa, mi reina. No soy digna de tal honor

Mera cortesía, por supuesto, pues Lyanna llevaba varios años siendo amiga de Ray y se consideraba con derechos para ocupar esa mesa. Aún así, dedicó una nueva reverencia y se sentó dócilmente en el asiento que le indicaba la reina, a su izquierda, justo delante de David y a la derecha de Ray. De nuevo sintió aquel hormigueo en el estómago, y la reina pareció notarlo.

- ¿Sucede algo, Lyanna?

- No es nada, Alteza; es solo que… estos dos años se me han pasado muy deprisa y nunca me han gustado las despedidas. – miró alrededor a todos los miembros de la mesa con esa expresión triste que tan fácil había aprendido a poner,… aunque sus ojos se detuvieron en Ray un segundo más que en el resto. De él sí que le daba pena despedirse. Nuevamente, volvió a mirar a la reina y después se quedó con la vista fija en su plato, lleno de revuelto de huevos con hierbas.

- Mi pobre niña… – la dedicó una sonrisa triste mientras con el tenedor pinchaba un trozo de comida y se lo metía en la boca. Cuando tragó, continuó – Si quereis, podeis venir a visitarnos siempre que gusteis

Lyanna había aprendido muy bien a guardar sus formas, pero aquel comentario la pilló por sorpresa. Dejó caer ruidosamente el tenedor en el plato y se quedó mirando a la reina y al rey intermitentemente con los ojos como platos.

- ¿¡De verdad!?

- Pues claro. – aquel era el turno de Ray. Se encogió de hombros – Pero solo si tú quieres

En ese omento, Lyanna no veía las miradas de enfado que le dirigía la reina al rey por hablar a Lyanna de tú, ni como el príncipe David se quedaba mirándola embobado. Tan solo tenía ojos para Ray, que la miraba con una de esas sonrisas suyas que tanto la gustaban. De nuevo sintió otro retortijón en el estómago, pero hizo caso omiso.

- Nada me complacería más, Alteza.

- ¡Pues entonces ya está, asunto arreglado! – la reina soltó una de esas risitas estúpidas que tan de quicio sacaban a Lyanna, pero en su lugar, la niña sonrió de forma cálida como respuesta. – Pero ya hemos hablado bastante, se nos va a enfriar el desayuno. ¡A comer!

“Qué estúpida es. Si se enfría, los criados la calientan”, pensó la niña. Aún así, se vio obligada, como el resto, a obedecer las palabras de la reina y fijas la vista y los sentidos en el plato del desayuno. Además, ¡demonios!, la comida estaba deliciosa.

Cuando terminaron la comida y hubieron abandonado el salón, y tras dejar al príncipe David con su maestre para recibir las lecciones diarias, los reyes acompañaron a Lyanna a su carruaje, acompañados de algunos de sus escoltas personales. Lyanna se sentía como alguien más de la Casa Real, como si fuese una auténtica princesa; durante aquellos dos años también se había sentido así. Pero ahora tocaba la vuelta a la realidad: sabía que con su madre y con Walder ni de lejos se sentiría así. Casi recuperó toda su antigua oscuridad con solo recordarlo, que hasta entonces había intentado confinar en lo más recóndito de su atormentada alma.

- ¿Lyanna?

- ¿Hmm? – la niña se vio obligada a volver a la realidad y miró en dirección al rey.

- Mi señora esposa te estaba sugiriendo traerte a tu madre y tu padrastro a tomar el té cualquier tarde de la próxima semana.

- Se lo diré, pero no creo que tengan ningún problema. – Si hubiera podido, habría gritado. Lyanna no quería tener nada que ver con ellos,… pero, pensándolo mejor, el castillo era más grande que su cueva y así la muchacha podría perderlos de vista. Sonrió, ilusionada. – Nunca os podré agradecer lo gentil que habeis sido conmigo estos dos años, mi reina.

Ni Lyanna misma se creía sus palabras. O más bien, aunque a la chica le costase reconocerlo, más que sus palabras, pues no carecían de razón, era su tono de voz sumiso y cordial. Puro azúcar. La reina la dedicó una de sus más radiantes sonrisas y abrió la boca para contestar, pero entonces…

- ¡Mi reina!

La conversación se interrumpió y todos los presentes se giraron en dirección a aquella voz, con curiosidad. Un anciano, maestre según dedujo Lyanna, corría en dirección hacia ellos con un pergamino enrollado en la mano. Parecía urgente.

- ¿Qué sucede, Clifford?

- Mi reina, es por vuestro padre. – murmuró el viejo maestre con apenas un hilo de voz, tras las reverencias pertinentes, en cuanto llegó a donde se encontraban

El rostro de la reina se congeló y asintió con la cabeza al anciano maestre. Miró una última vez a Lyanna antes de irse.

- Siento tener que despedirme así, querida, pero hay asuntos que reclaman mi atención. Espero veros pronto a ti y a tus padres.

Aunque lo dijo con su mejor intención, Lyanna tuvo que contenerse para no gritarla a la cara que Walder no era su padre. En su lugar, compuso una sonrisa, algo tensa, y la dedicó una última reverencia.

- No os preocupeis, mi señora; en estos dos años me he podido dar cuenta que la vida en palacio es bastante ajetreada. Ha sido un placer serviros.

Entonces, una vez la reina y el maestre se fueron a pasos apresurados, solo quedaban allí Lyanna y Ray acompañado de los guardias. La muchacha se quedó mirando cohibida al rey y a sus guardias, y sin que hicieran falta palabras, a una orden del rey, los guardias se dispersaron y desaparecieron de la vista. Solo quedaban Lyanna y Ray solos. La muchacha notó otra nueva sacudida en el estómago y, cohibida, se quedó mirándose sus zapatos, sin saber que decir. O puede que fuese la pena ante la inminente separación de su amigo el rey. Sin embargo, levantó la cabeza del suelo, curiosa, cuando oyó como el monarca era incapaz de aguantar una carcajada.

- ¿Qué suede?

- Es solo que… Me estaba acordando de la chiquilla asustada pero terca que me preguntó una vez si la iba a cortar la mano.

La sonrisa tan tierna que le dedicó casi la hace derretirse. ¿O quizá fuese el calor? No podía pensar en otra cosa que no fuese que aquella preciosa y radiante sonrisa era solo para ella… lo que la provocaba nuevas sacudidas en el estómago. La joven sonrió.

- Sí, bueno, ya no soy esa niña. He cambiado.

- No hace falta que lo jures. Estais hecha toda una mujer, lady Lyanna.

Lady Lyanna. Ray la acababa de llamar lady Lyanna. Sonaba tan… extraño. Pero, en sus labios, Lyanna se percató de que sonaba bien. Realmente en los labios de Ray todo sonaba bien. Los condenados a muerte no sabían la suerte que tenían de que aquel hombre dictase su sentencia. Entones, su cara se ensombreció al recordar a su padre. Ray también debió notar algo, porque enseguida se desvaneció su sonrisa y miraba a Lyanna con ojos preocupados.

- ¿Qué sucede?¿Es por algo que he dicho?

La niña sacudió la cabeza, con la mirada perdida. El monarca frunció el ceño.

- ¿Y entonces…?

- Estos dos años han sido como un cuento de hadas para mí, y me cuesta volver a mentalizarme de la vuelta a mi realidad. Eso es todo.

La niña soltó un suspiro resignado. Mientras, el rey esbozó una media sonrisa triste y tomó su barbilla de manera delicada con un par de dedos para obligarla a mirarle a los ojos.

- Ha sido un verdadero placer tenerte aquí, Lyanna. Pero seguro que tu madre y Walder te echan en falta. Han pasado dos años, tú misma dices que has cambiado. Demuéstramelo.

- ¿Cómo? – el tono de voz tan dulce y delicado del rey hicieron que Lyanna contestase sin pararse a pensar lo que ello implicaba.

- Dales una oportunidad.

Lyanna estaba horrorizada, y más aún cuando vio que se lo había prometido. No había manera de deshacer aquello. Suspiró con resignación, asumiendo su derrota.

- Está bien. Pero que sepas que lo hago por ti.

Entonces, durante aquel momento de silencio, a Lyanna se le ocurrió una súbita idea. Una locura. Una estupidez. Una chiquillada. Por la que podían volverla a encarcelar. Por la que podían obligarla a cumplir otro castigo. Tras meditarlo, Lyanna decidió arriesgarse, intentando hacer caso omiso a los latidos desbocados de su corazón. Valía la pena intentarlo, había más cosas que ganar a cosas que perder…

- Pero solo lo haré si voz me haceis otro favor.

La forma en que se dirigió a él hizo que Ray se quedase mirando a la niña entre confuso y curioso.

- Nunca me habías llamado de v…

El rey no pudo seguir hablando cuando sus labios se encontraron con los de Lyanna. La niña se sorprendió de lo extrañamente húmedo que se sentía aquello, y paró por unos instantes. Pero al ver la cara de Ray tan cerca de la suya, decidió continuar. Aprovechó cada milésima, cada segundo. Bebió de sus labios. Sintió su cálido aliento en su boca. Entrelazó su lengua con la del rey. Y entonces, tan pronto como se habían juntado, el rey hizo que sus bocas se separasen.

- ¿¡Qué se supone que…!?

Ray se vio obligado a interrumpirse cuando uno de sus criados apareció por allí. Lyanna se percató como el rey retrocedía discretamente un par de pasos, poniendo distancia entre ellos. Notaba los ojos ardiendo como fuego al rojo, pero encontró la suficiente fortaleza interior como para controlarlo. El dolor interior ya era otra cosa.

- Ya estoy listo, Alteza. ¿Estáis lista, mi señora?

Lyanna no respondió, pero al ver que el hombre la abría la puerta se metió dentro del carruaje todo lo deprisa que pudo. “Tonta, tonta, tonta. No tendrías que haberle besado”. Apenas fue consciente de cómo, unos minutos después, el carruaje se movía. Volvía a casa…

Unas horas después, el carruaje se detuvo. Lyanna lo agradeció, había sido un viaje para olvidar gracias a las ruedas del carro circulando sobre la carretera de gravilla y piedras, que aumentaban conforme se iban acercando a las cuevas. El criado de Ray iba tras ella, cargando con todo su equipaje, mientras la muchacha intentaba acordarse de cómo iba la última vez que había recorrido ese camino. Aquella niña desgarbada y rencorosa, de pelo enmarañado y salvaje, y modales aún más salvajes. Ahora, era menos desgarbada, tenía el pelo más cuidado y muchísimo más hermoso… y había prometido a Ray ser algo menos rencorosa.

En eso estaba pensando cuando oyó un llanto de bebé y se detuvo en el camino. Un bebé. El llanto provenía de alguna de aquellas cuevas, pero Lyanna no tenía constancia de que por allí viviese alguna otra familia cuyos miembros estuviesen en edad fértil. Lyanna sacudió la cabeza. Habían pasado dos años, seguro que había alguna familia nueva viviendo por la zona; sería su hijo. Sí, eso sería. La muchacha hizo girar el cuello para serenarse. “Cálmate, Lyanna: Ya estás aquí, tienes que ser valiente…”

Y lo fue. Dio un paso. Y otro. Y otro más. Y así, en menos de lo que se dio cuenta, ya estaba en la entrada de la cueva. Y se alegró de no haber cargado el equipaje, porque se la habría caído al suelo de la sorpresa y todas sus enaguas hubiesen acabado esparcidas por el suelo.

Su madre estaba en el centro de la estancia, acunando a una pequeña bolita regordeta llorona entre sus brazos, y Walder rodeaba a su madre con sus enormes brazos y dedicaba una de sus sonrisas más estúpidas al bebé. Diana levantó la cabeza y sonrió a su hija, que permanecía en la entrada con cara de sorpresa.

- Mira quien acaba de regresar. – hizo una pausa para dar al niño un beso en la frente – Peter, te presento a tu hermana Lyanna.




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Re: Solo por ser pasado no quiere decir que lo haya olvidado

Mensaje por Lyanna Dawson el Sáb Sep 22, 2012 3:36 am

- ¡Peter! ¿Dónde te has metido, pequeño bribón?

Era una mañana cualquiera, y Lyanna se encontraba sola en casa, con su hermanastro de dos años, ya que su madre y Walder se encontraban junto a otros sanadores atendiendo las urgencias de las continuas guerras. Lyanna no se había quejado, casi lo había agradecido: prefería la compañía de Peter a la de los otros dos, se reía más. Aun así, aquella no estaba siendo una mala época en cuanto a lo que las relaciones familiares de Lyanna se refería. La muchacha había cambiado tras su estancia como criada en el castillo, y la madurez de los dos años transcurridos desde que el castigo llegase a su fin la habían convertido en alguien más cordial y educada, al menos externamente; nadie en el pueblo que la viese reconocería a la niña salvaje y maleducada que robó una manzana del mercado cuatro años atrás.

La muchacha estaba sudando, volviéndose loca por toda la cueva para buscar a su hermanastro, aunque también estaba preocupada. ¿Y si se escapaba? Sólo tenía dos años, y el mundo estaba lleno de peligros ahí fuera. Rápidamente, lo que comenzó siendo un juego se convirtió en una pesadilla. ¿Y si Peter no estaba escondido, y si realmente se había ido?

Comenzó a buscarle llena de nervios y ansiedad, mirando hasta debajo de las sábanas, y el pequeño no estaba ahí. Lo estuvo buscando durante horas, pero nada. Y, como Lyanna sabía, el sol cada vez calentaba más y pronto sería imposible estar en la calle, menos para un bebé de dos años.

- ¡PETEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER!

Lyanna salió de la cueva tal y como estaba, con su vestido hecho de remiendos y harapos y el pelo suelto y enredado; con Peter en casa, sin su madre ni Walder para que lo atendiesen, no podía quitarle la vista de encima, así que difícilmente tenía tiempo para cambiarse el camisón por ropa más decente, mucho menos para desenredarse y peinarse el pelo. A Lyanna no le importaba, no más que aquella personita pequeña que algún día, con suerte, se convertiría en un hombre de provecho, muy distintos a Walder y a Diana. Aunque eso sería si lo encontraba.

- ¡PEEETEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER!

Sus gritos hacían que todas las cabezas de los curiosos se volviesen hacia Lyanna y su cara desencajada por la preocupación y el miedo. Pero Lyanna no los veía. No dejaba de preguntarse adónde podía haber ido un mocoso de dos años, con el pañal puesto y las piernas regordetas.

Sin darse cuenta, se adentró en pleno desierto, y cada momento que pasaba, notaba el sol clavado en ella con más furia. Daba vueltas como un animal desorientado, y ya no sabía donde más podía buscar. Peter no daba señales, al menos no una que Lyanna supiese interpretar. Se dejó caer de rodillas sobre la arena ardiente, derrotada, cuando vio, a lo lejos, una sombra diminuta como una mota de polvo que cada vez se iba haciendo más y más grande. "Peter".

Pero no era Peter. La sombra avanzaba rápido, muy rápido incluso para tratarse de una persona adulta caminando hacia ella, y pronto descubrió que el desconocido iba a caballo. Lyanna se incorporó y se quedó mirándolo con gesto serio hasta que el jinete se detuvo frente a ella. Entonces, antes de que el hombre tuviese tiempo de abrir la boca, Lyanna habló.

- ¿Habeis visto a un niño pequeño, de unos dos años? No lleva más ropa que un pañal y una túnica vieja por encima.

El hombre se quedó pensativo y permaneció en silencio unos instantes. Demasiado tiempo para Lyanna, que por momentos parecía volver a ser la niñita indeseable de tiempo atrás, y ya iba a demostrarlo con la boca cuando el hombre habló.

- Lo conozco. Subid.

Lyanna miró con gesto desconfiado la mano que le tendía el hombre para subir a su caballo, pero después se fijó en su aspecto. Armadura. Capa. Espada. También se fijó en la armadura del caballo. Seguramente se tratase de un gran señor, con una esposa regordeta que le había dado muchos hijos regordetes. Y seguro que Peter había acudido allí para jugar con ellos, ¡seguro!, le encantaba jugar con otros niños, y también los caballos. Aceptó la ayuda, y poniendo ambos un poco de su parte, pronto Lyanna estaba sentada detrás del caballero, agarrada a su cintura con firmeza pero sin hacer daño al hombre. "Aunque con toda esa armadura, dudo que un abrazo fuerte pueda hacerle daño, menos de una mujer".

Cabalgaron en silencio, huyendo de la acusadora mirada del sol a través del infernal desierto, y, al advertir el símbolo de su escudo una de las veces que miró a su alrededor, a Lyanna se le cayó el alma a los pies; probablemente había caído del caballo de no estar agarrada al jinete. O al caballero, mejor dicho, porque era un hombre del rey, a juzgar por su escudo. Del mismo rey al que llevaba dos años sin ver. Del mismo rey al que había robado beso en su última despedida. Del mismo rey que la había mirado enfadado cuando lo había hecho. Notó un vuelco en las tripas que nada tuvo que ver con haber ingerido comida en mal estado.

- ¿Sucede algo, mi señora? – el tono preocupado de la voz del caballero sugirió que había notado dudas en Lyanna.

- Sois un hombre del rey

- Así es, mi señora, y no pasa un día en que no me enorgullezca aún más de servirle. Su Alteza es un gran rey, y también es un buen hombre.

- Sois afortunado.

Lyanna no sabía qué más decir, aún seguía algo aturdida recordando la última vez que había visto a Ray. Se preguntó si había cambiado. "Seguro que tiene más canas, y la guerra le habrá impedido afeitarse la barba". Pero ella también había cambiado. "Ya soy una mujer, tanto en cuerpo como en mente. Mis pechos son más grandes que los de muchas mujeres, y mis caderas son anchas y firmes". Se preguntó qué diría Ray si la viese. Y entonces cayó en la cuenta: estaban en guerra, y seguro que Ray no estaba en el Sur. Peter se habría topado con los hijos de alguno de sus caballeros, y aquel jinete le llevaba en su encuentro.
Pero se equivocaba. Tiempo después, Lyanna empezó a ver una sombra a lo lejos, semejante a un montón de judías juntas. Las judías pronto se convirtieron en tiendas de campaña, y las tiendas de campaña pronto dejaron ver banderas con los emblemas de muchas casas. Había muchos que la joven no conocía, pero entre todos ellos, uno era inconfundible: la tienda del rey, alzada en medio de todas las demás, como si fuese un dios al que todos los demás adorasen. "Como cuando las sacerdotisas nos reunimos para rezar y formamos un círculo con el centro vacío". En aquel lugar, el centro era la tienda del rey. Ray.

No se dio cuenta de que se habían detenido hasta que el jinete no se liberó de sus brazos y saltó al suelo con gracilidad. Lyanna volvió a aceptar su mano para bajar, pues sentía las piernas como si fuesen mantequilla. Ahí estaba Ray. ¿Qué sería lo primero que la diría, después de aquellos años? "Si es que me dice algo", pensó afligida. Pero no había podido evitar besarlo, aun sabiendo que era una imprudencia. Tampoco le importaba desafiar a su orden y a sus creencias como sacerdotisa. "Lo amo".

Siguió al caballero a través de todo el campamento, haciendo caso omiso a las miradas que levantaba en todos los demás. Algunos la saludaban de forma cordial, otros no tanto, pero Lyanna les hacía a todos el mismo caso. Sólo tenía ojos para una sola persona. Bueno, en realidad para dos.

"Peter"

- ¡PETEEEEEEEER!¡PETER!

El pequeño giró la cabeza para ver quien le llamaba, y sus ojos se le iluminaron al ver a su hermanastra. Ray corría detrás de él, intentando pillarle, pero el juego terminó tan pronto Peter se zafó de él y bajó corriendo todo el campamento para reencontrarse con su hermana y agarrarse como un mono a su pierna. Lyanna deshizo la presa de su pierna con facilidad y lo alzó en brazos, mirándolo aliviada y con los ojos llorosos llenos de ternura.

- Has sido malo, Peter. ¡Te prohibí que salieras de casa! – no se dio cuenta de que estaba gritando, solo notaba el contacto con su hermanastro de dos años, al que tan profundamente quería – Da gracias de que no vaya a buscar ahora mismo a tus padres - "Si es que no están aquí", pensó, buscándoles con la mirada, sin hallar ni rastro – Has sido un niño muy malo

- Tiene razón, pequeño. No deberías haber desobedecido a tu hermana.

"Hermanastra", pensó, aunque no le corrigió. No sonaba tan mal al fin y al cabo, y además… la daba miedo abrir la boca delante de Ray. Por su parte, el pequeño se contentó con poner ojos llorosos… los mismos que puso Lyanna cuando, al cruzar su mirada con la de Ray, se encontró con unos ojos duros como la piedra. Fue incapaz de sostenerle la mirada, así que se contentó con estrujar con fuerza a Peter mientras le susurraba al oído cuánto le había echado de menos. Entonces se dio cuenta de que no le había dado las gracias a Ray. Con lentitud, se deshizo del abrazo de su hermano y lo bajó al suelo; este no se quejó, pero no permitió que Lyanna lo dejase solo y desamparado en el campamento, y la muchacha tuvo que darle la mano.

- No sé como agradeceros que encontraseis a Peter sano y salvo, Majestad.

- No tiene importancia, aunque deberías ser más cautelosa. Un caballo podría haberle aplastado.

Lyanna se quedó petrificada ante aquello. Cierto, no lo había pensado… y a Peter le encantaban los caballos, desde más pequeño. Seguro que los había visto de lejos y había salido corriendo detrás de ellos. "Ray tiene razón, podrían haberle aplastado". Un escalofrío la recorrió el cuerpo. Sin embargo, Lyanna no se dejó intimidar.

- Descuidad, Alteza, no volverá a ocurrir. Peter no se volverá a escapar.

El pequeño Peter negó con la cabeza, algo cohibido, como si su hermanastra tuviese razón. Pero Ray, que tenía experiencia con los niños, se limitó a sonreír con ironía y a encogerse de hombros.

- Mi señor… – cuando Ray dirigió toda su atención hacia Lyanna, la joven sintió un vuelco en el corazón y un calor molesto en la cara. Apartó la mirada para no encontrarse con aquellos ojos acusadores – si no es molestia, me gustaría saber cómo encontrasteis a mi hermano.

- Por supuesto. Si teneis la amabilidad, estaremos más cómodos en mi tienda.

Lyanna se esperaba que contestase a su frase con una aún más corta y que los despachase rápido para su casa, por lo que no supo reaccionar cuando escuchó la respuesta de Ray. Miró una vez a sus ojos, duros y fríos, y a la mano que la invitaba a pasar a la tienda delante de él. "Tranquilízate, todos los hombres caballerosos dejan pasar antes a las damas, no es ningún tratamiento especial, boba". Asintió firmemente con la cabeza, mientras se ponía en cuclillas para estar a la misma altura que Peter.

- Tengo asuntos que tratar con el rey, pero no tardaré. Quédate con este amable caballero hasta entonces, y no te metas en líos.

Lo miró con gesto serio, como advertencia, mientras lo alzaba en brazos y se lo tendía al caballero que la había llevado hasta allí. Era un muchacho joven, no más de treinta años, pero su cordialidad y tono de voz suave calmaría a Peter… y además, tenía un caballo. Su hermano tenía la diversión asegurada. Ella, en cambio,…

Se giró hacia el rey con la misma seriedad y entró con toda la dignidad que fue capaz a su tienda, como si en vez de una chiquilla asustada por el fantasma de un recuerdo fuese la mismísima reina. Observó que había dos criados dentro, inmóviles como estatuas, pero no se fijó ni en ver su aspecto físico. Se sentó en la mesa donde Ray le indicaba, frente a él, y esperó a que el rey empezase a hablar.

Y esperó, esperó y esperó. Pero el silencio se cernía sobre ellos de forma molesta. Lyanna notaba las miradas de los criados alternando de uno a otro como quien mira un torneo de justas. Pero, pese a los nervios, la muchacha esperó, con la mirada clavada en el rey, aunque evitando sus ojos. "Debo parecer estúpida".

La espera dio sus frutos, y un cuarto de hora interminable después, Ray abrió la boca y empezó a hablar.

- No te he hecho entrar por tu hermano.

- ¿Y entonces…?

Lyanna conocía de sobra la respuesta, pero aun así preguntó. Ray también conocía la picardía de la niña, y por eso se mostró algo confuso cuando la joven formuló la pregunta. Sin embargo, no hizo mención alguna y continuó.

-Por ti.

Los latidos de su corazón eran tan fuertes que Lyanna temía que Ray y los sirvientes pudiesen escucharlos, aunque no daban muestra alguna de oírlos. Entonces, la joven recordó algo y puso expresión de miedo mientras miraba a los sirvientes y a Ray alternamente.

- Tus sirvientes…

- No hay por qué preocuparse – cortó, tajante. Pocas veces lo había visto tan brusco, y aquello había dejado a Lyanna sin palabras – Son prisioneros que pudieron elegir entre la muerte o servir al rey. Ya sabes lo que eligieron

- P-pero… ¿y si hablan?

Ray puso una mueca irónica y soltó una risita en el mismo tono.

- No te preocupes por eso. Había una condición en el trato que hicimos.

La mirada enigmática que les dirigió el rey a los criados, y el hecho de que estos se ruborizasen y bajasen la cabeza ante la mirada de Ray hizo a Lyanna perder el miedo por la curiosidad.

- ¿Qué condición?

- Despojarles de sus lenguas. Siguen siendo delincuentes, y así, si vuelven a sus orígenes, no podrán desvelar nada de lo que hayan visto u oído estando a mi servicio.

Aquel acto tan inteligente volvió a dejar a la joven sin palabras. Ese era Ray, su rey, un hombre tan atractivo como justo. Un hombre con el que no se podía jugar… y con el que ella había jugado. Imitó a los criados, se ruborizó y bajó la cabeza; pero, como ella conservaba la lengua, abrió la boca y dejó que todo lo que la había atormentado desde hacía dos años saliese a la luz.

Y Lyanna confesó. Le contó todo, no se guardó nada; desde lo que había pensado la primera vez que lo había visto hasta lo que sentía aquel mismo día por haberle robado aquel beso, beso que él no habría consentido. El rey hizo ademán de interrumpirla en un par de ocasiones, pero Lyanna no se lo permitió: si se detenía, sería imposible reanudar. También la habló de lo que la llevó a besarle, de lo que sintió antes, durante y después, y de las pesadillas que había tenido desde entonces.

Cuando por fin terminó, Lyanna giró la cabeza para mirar a los criados deslenguados; tenían los ojos muy abiertos y el rostro pálido, y estaban anonadados, en estado de shock. "Suerte que no tienen lengua con la que contarlo". Hizo un intento de mirar a Ray como la chica valiente que se creía, pero no pudo. De modo que se quedó mirándose sus sucias botas llenas de tierra y barro, llamándose cobarde cada segundo, y ni siquiera levantó la vista cuando oyó que Ray empezaba a hablar.

- Vaya, a veces se me olvida lo difícil que puede llegar a ser la adolescencia, y eso que tengo un hijo de esa edad. – que dijese aquello como quien hablaba de lo encapotado que se había levantado el cielo aquella mañana hizo que Lyanna se sintiese aún peor, aunque, para ser francos, ella ya se imaginaba aquello: era una mujer madura, y como tal sabía qué podía esperar y que no de aquello. Por su parte, Ray siguió hablando, ajeno a todo aquello – Pero dime, ¿en serio me considerabas como un dios?

Aquel comentario con tono humorístico seguro que dijo con toda su buena intención, para aliviar la tensión del momento, pero no hizo ese efecto en la joven. Se sentía mal por todo aquello, aunque en ningún momento se permitió llorar ("Llorar es de débiles, y los débiles son los primeros en caer"), y aquella especie de broma no hizo sino confundirla aún más.

- No lo entiendo – dijo la joven cuando por fin pudo hablar – Me sobrepasé con vos, me aproveché de vuestra amistad y vuestra confianza. Merezco un castigo.

Ray la evaluó con la mirada antes de contestar, y después acercó un poco su cara a la suya.

- No. Tú no. Yo sí.

Lyanna no entendió nada de aquel críptico mensaje y bajó la vista sacudiendo la cabeza, intento colocar aquellas ideas que no encontraban su lugar en ningún sitio. Todavía seguía igual cuando oyó a lo lejos la voz de Ray y subió la cabeza para obligarse a prestar atención. Pero Ray no estaba frente a ella, sino de pie, paseando de forma nerviosa por la sala. Su nivel de nerviosismo era tal que contagió a Lyanna, que tenía que poner todo su empeño en no levantarse y ponerse a pasear como él ante la atónita mirada de los criados.

- … es mi esposa, es la reina, pero solo por convenio. No la amo, pese a haberla dado ya un hijo y estar esperando otro. Intento no quejarme, pues desde pequeño he sido entrenado para esto, pero cada vez me cuesta más, Lyanna. Y en gran parte es gracias a ti. Algo despertó en mí el día que me besaste.

Lyanna se quedó mirándole estupefacta; se había quedado pálida, y habría jurado que hasta el corazón se le había detenido. "Algo despertó en mí el día que me besaste".

- No lo supe entonces, pero lo comprendí al encontrarme añorándote por las noches, mientras yacía con mi esposa. N-no… no negaré que no lo pasase especialmente mal – se ruborizó, avergonzado, perdiendo parte de la confianza de su discurso en aquella frase – p-pero… muchas veces te veía a ti en vez de a ella. Ya sé que es una locura, que eras una niña y yo un hombre casado,…

- Era una niña – dijo Lyanna con un hilo de voz, repitiendo como un robot las palabras de Ray, aún en shock. "P-p-pero ent-t-tonces…"

- Pero ya no. Mírate. Ahora eres una mujer, aunque no tengas todavía los veintiuno. – Ray le dirigió una mirada que la hizo sentirse algo cohibida; literalmente, el rey se la comió con la mirada, como si pudiese ver su cuerpo desnudo a través de sus harapos. La muchacha estaba tan cohibida y tan confusa a la vez que se sobresaltó cuando se encontró a Ray agachado a su lado para que sus rostros estuviesen a la misma altura. Se obligó a mirarle a los ojos cuando él la tomó delicadamente de la barbilla para atraer su mirada hacia él. Sus ojos mostraban ansiedad… y deseo – Y no eres una mujer cualquiera, Lyanna. – su voz, un susurro dulce y tierno, hacían que Lyanna se derritiese. Notaba las manos temblándola en el regazo, y Ray también lo vio; pronto su otra mano reposaba sobre las de la muchacha en un intento de calmarla – Eres mía.

Antes de que Lyanna tuviese tiempo de reaccionar, Ray había recortado la distancia que separaba sus rostros y había juntado sus labios con los de ella. Durante un momento, él fue quien llevo las riendas, mientras Lyanna, aún sorprendida, e incapaz de retener tanta información en tan poco tiempo, se dejaba llevar. Pero entonces, dándose cuenta realmente de lo que acababa de pasar, puso todo su empeño en estirar sus brazos para poner de nuevo distancia entre ella y Ray.

El rey la miró confuso y decepcionado.

- ¿Qué pasa? – el tono de él era confuso, pero después una sombra ocupó su rostro y le hizo hablar con voz monocorde, carente de sentimientos – ¿Hay otro?

Lyanna negó con la cabeza mientras trataba de disimular una sonrisa. No lo consiguió. Ray la miró aún más confuso que antes. Ahora era él el que no entendía nada.

- ¿Y entonces?

- Alguien podría vernos

- Ya te he dicho que no tienen lengua.

Ray intentó atraerla a sus brazos y volver a besarla, pero Lyanna se lo impidió. O al menos sus brazos; en su interior, solo pensaba en una cosa. "Bésale".

- Estamos en medio de tu campamento, Ray, y estos dos no son los únicos que podrían vernos… aunque sospecho que son los únicos sin lengua de todo el campamento.

Lyanna se apartó más de él y se levantó, con los brazos cruzados al pecho para no ceder. Se alejó de Ray de un par de zancadas y se puso a examinar los motivos de la tela de la tienda con tal de estar de espaldas a Ray y no verle la cara.

- En realidad hay otro más

Lyanna tuvo que esforzarse por escucharle, pues fue un murmullo entre dientes apenas inteligible, pero no pudo evitar torcer una sonrisa. Había ganado. Se giró, con la decisión plasmada en su rostro.

- Pues tres. Tres frente a… ¿cuántos otros soldados, sanadores y criados? Por no mencionar que entre tus sanadores también podrían estar mi madre y su… eh… esposo.

- Ellos no están aquí. Están en el río Leva con otros de mis hombres para atender a los heridos, y no creo que puedan volver hasta que no termine la guerra… si es que termina alguna vez.

Lyanna sonrió, aliviada, y por un momento casi manda al cuerno su tapadera de serenidad y frialdad para proclamar su amor a Ray a los cuatro vientos. La mirada que cruzó con los criados la devolvió a la realidad. "Me miran como si fuese un monstruo". Les fulminó con la mirada hasta que los otros apartaron la vista. Ella no era un monstruo, ¿acaso era tan horrible amar a alguien y ser correspondida?

- No podemos dejar que nos vean

La mirada que le dirigieron los criados difícilmente podría olvidarla. Y suerte que ellos no podían hablar, ¡no quería ni pensar que podría pasar si los pillase alguien que pudiese confesarlo! "O a Ray. A mí que me hagan lo que sea, con tal de que él sea libre". Pero en el fondo de su corazón sabía que no era así: Ray era el rey, un rey casado, y si era pillado con otra mujer que no fuese su esposa también tendría que pagar sus consecuencias. "No, Ray no". Giró la cara hacia él con el miedo reflejado en el rostro, y Ray se acercó a ella a pasos apresurados y la tomó de las manos. Aquella vez, Lyanna se lo permitió.

- No lo harán. Nunca. Nadie. Jamás. – depositó un beso en su frente y la abrazó con ternura, como si fuese de cristal, y Lyanna respondió de la misma forma – Te lo prometo.

- Aun así, debemos ser cautos. No somos dos chiquillos adolescentes que juegan a hacerse mimos. – Lyanna se separó y miró a Ray con decisión, cogiéndole de los hombros – Tú eres el rey y tienes una guerra en la que luchar. Y yo soy una sacerdotisa y tengo unos dioses a los que alabar.

- Todavía no lo eres.

- Pero lo seré algún día.

Sin decir más, Lyanna se dirigió hacia la salida de la tienda, pero justo cuando había puesto un pie fuera, Ray la agarró con fuerza de la muñeca y la hizo girarse.

- ¿Qué sucede?

- Todos los hombres de noble cuna tienen el derecho a exigirle a su dama una prenda como muestra de amor. Quiero algo vuestro.

- No puedo daros un jirón de estos harapos, Alteza; no sería digno.

- Entonces dadme otra cosa.

- ¿El qué?

- Un beso. Un beso como el de la primera vez hace dos años.

Ray cerró los ojos, aguardando su momento, pero los abrió cuando escuchó las risas de Lyanna.

- No os lo voy a poner tan fácil, mi señor. Si queréis vuestro beso, tendréis que venir a por él. – Ray hizo además de acercarse a ella, pero Lyanna extendió el brazo para impedírselo. – No. Sois rey, y tenéis una guerra que librar. Libradla. Ganadla. Sobrevivid. Y tendréis vuestro beso.

Lyanna se giró por segunda vez y extendió el pie para abandonar la tienda, pero de nuevo algo la detuvo. Esta vez no fue la mano de Ray en torno a su muñeca, sino su voz.

- ¿Dónde?

- En las cuevas, veintinueve pasos después de la mía. Antes vivían los Hunlard, pero fallecieron hace tiempo. Esta vacía, nadie nos molestará. Y…

- Y podreis darme mi beso.

- Y podré daros vuestro beso – repitió la joven – , pero solo si sobrevivís. No dejéis que os maten, mi señor, hacedlo por mí.

Lo dijo con un matiz suplicante. No podía perderlo, no ahora que lo acababa de ganar. Sería algo cruel, muy cruel hasta para los dioses, tan sabios y justos. "Por favor, por favor, no me quitéis a Ray, haced que regrese sano y salvo".

Ray asintió con la cabeza, con gesto serio. No había rastro de la ansiedad en sus ojos ni de su sonrisa, ni de nada. Aquel era el Ray-rey, y lejos de ofenderse, Lyanna estaba complacida. Ray iba a luchar por su beso. Ray iba a luchar por sobrevivir. Tal y como él se lo confirmó.

- Os prometo que ganaré la guerra por vos, Lyanna. Y podréis recompensarme con mi beso.




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Lyanna Dawson
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